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El Equipo para Orar – Parte 3 final



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El Equipo para Orar – Parte 3

“Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora.”
“De este tipo de oración”, dice Walter Hilton de Thurgarton, “habla nuestro Señor en un cuadro, a saber: ‘Y el fuego encendido sobre el altar no se apagará, sino que el sacerdote pondrá en él leña cada mañana… no se apagará.’ Es decir, el fuego del amor siempre estará encendido en el alma de un hombre o mujer devoto y limpio, el cual es el altar de Dios. Y el sacerdote cada mañana debe agregarle madera, y alimentar el fuego; es decir, este hombre por medio de salmos santos, pensamientos puros y un anhelo ferviente, debe alimentar el fuego del amor en su corazón a fin de que en ningún momento se apague.”
              El equipo la vida íntima de oración es sencillo. A veces no es fácil de conseguir. Consiste básicamente en un lugar tranquilo, una hora tranquila, y un corazón tranquilo.

 

Una corazón tranquilo

Para la mayoría de nosotros, quizá es aún más difícil tener un corazón tranquilo. En particular hay tres grandes (pero sencillos) actos de fe que sirven para mantener nuestra mente en Dios:

  1. Debemos, en primer lugar, reconocer que somos aceptados delante de Dios a través de la muerte del Señor Jesús.

“Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió” (Heb. 10:19-23).

  1. Es también importante que confesemos y recibamos del Espíritu Santo la gracia que capacita, sin quien nada es santo, nada es bueno. Porque es él quien nos enseña a clamar: “Abba, Padre”, que indaga para nosotros las cosas profundas de Dios, que nos revela la mente y voluntad de Cristo, que nos ayuda en nuestras debilidades e intercede por nosotros, “según Dios”. Y todos nosotros “mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, sois transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Cor. 3:18). Cuando entramos a la cámara interior debemos presentarnos ante Dios con humildad y confianza, y abrir nuestros corazones para que el Espíritu Santo entre y lo llene. De esta manera recibiremos del Espíritu que ora, y nos entregamos al Cristo que ora, aquellas peticiones que son de origen divino, y que se expresan a través de nuestro corazón finito y nuestros labios manchados de pecados, con “gemidos indecibles.” Sin el apoyo del Espíritu Santo, la oración se convierte en un asunto increíblemente dificultoso. Suelo pedir a Dios que tome mi corazón y lo coloque en sí mismo en Cristo, y cuando esté allí, que lo guarde allí. Muchas veces no sabemos qué orar porque somos tan ciegos, ni cómo orar porque somos tan ignorantes; bendecidos por gracia, sólo el Espíritu nos ayuda en nuestras debilidades.”
  2. Una vez más, como “el Espíritu se desplaza más triunfante en su propia carroza,” el medio que ha escogido para iluminar, confortar, despertar y reprender es la Palabra de Dios, por lo tanto, es bueno para nosotros al principio de nuestras oraciones dirigir nuestro corazón hacia las Sagradas Escrituras. Ayudará mucho a calmar la mente “contraria” si abrimos el tomo sagrado y lo leemos como en la presencia de Dios, hasta recibir de la página impresa una palabra del Eterno.

“Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, oh Jehová” (Sal. 7:8).
Guardemos silencio ante Dios, a fin de que pueda moldearnos.
 

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Acerca del autor

Hilda Y Gonzalez A

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