Literatura

EL ESPÍRITU MURCIELAGUIL



EL ESPÍRITU MURCIELAGUIL - Literatura

 

La estricta disciplina, el ascético estilo de vida y el permanente silencio impuestos en aquella institución, le imprimían a su sistema educativo un perfil casi militar. El infringir cualquier norma, hasta la más pequeña, podía ser castigada con la inmediata expulsión.

En pleno siglo XX, el seminario era una réplica de hábitos y tradiciones medievales. Sin ser un monasterio, la formación era casi monacal.

Como centro de estudios clericales de alto nivel académico, contaba con un gran prestigio; pero en todo el mundo también era bien conocido su marcado enfoque tradicionalista. En consecuencia, obispos y superiores con especial celo por la tradición, la ortodoxia y la estructura jerárquica piramidal, enviaban a sus futuros sucesores o profesores a ese Centro; y los casi 300 seminaristas que lo integrábamos procedíamos de Europa, de América o de África.

Acababa yo de llegar a Europa, como uno de tantos estudiantes hispanoamericanos enviados por su superior. Me sentía extranjero y fuera de lugar. En mi país había figurado como buen estudiante, pero ahora estaba lejos de parecerlo. No sabía latín, ni griego; ni inglés ni francés. El mismo español lo hablaba con grandes deficiencias, y hacía pocos días el maestro de literatura no había vacilado en señalarme públicamente algunas de ellas.

Afortunadamente, al mes de haberme integrado en aquel Instituto entablé amistad con Ricardo, un joven y genial sevillano que cursaba el mismo nivel de estudios que yo. ¡En mi vida habría de conocer a nadie con más talento! Pero, sobre todo, ¡a nadie le debo tanto como a él el progreso académico que, a partir de entonces, gradualmente fui logrando! Las conversaciones con él fueron mis mejores lecciones de lógica, de metafísica y de activo cultivo de las principales habilidades del pensamiento. Aunque él nunca lo supo.

En aquella ocasión, era casi la media noche, y todas las luces estaban apagadas.

El reglamento señalaba que todos los estudiantes deberían estar durmiendo a más tardar a las 11. Y en cuartos y pasillos reinaba el más profundo silencio. Al menos eso parecía.

El viento invernal se filtraba implacable por los resquicios de las puertas y ventanas del viejo edificio, y el interior de las austeras habitaciones de los sacerdotes y seminaristas estaba, como la mayor parte del año, a temperaturas bajo cero.

– Hola Ricardo, ¿ya te dormiste? – le dije en voz baja, a través de un pequeño agujero que habíamos hecho en la pared para comunicarnos-.

– ¡Claro que no! –me contestó él-. Voy a ayudarte a terminar el ensayo que debemos entregarle mañana al maestro. En eso quedamos esta tarde.

Los compromisos académicos nos obligaban a muchos a robarle horas a la noche. ¡Corríamos el riesgo de ser descubiertos, pero había que hacerlo si no queríamos ser dados de baja por reprobación! Ricardo, cuya habitación era contigua a la mía, se desvelaba por gusto. Él, sin esfuerzo alguno, destacaba en todo.

A veces se desvelaba para ayudarme, como en esa noche. Para trabajar sin ser descubiertos, utilizábamos dos estratagemas: le planteaba mis dudas o propuestas, y él me escribía su parecer y sus sugerencias en una hoja que pasaba por debajo de mi puerta; o salíamos sigilosamente de nuestros respectivos cuartos para platicar por el pasillo. Esto segundo era lo más frecuente, y lo hacíamos después de las 11:30, cuando el prefecto de disciplina había hecho ya su última ronda, supervisando que todos estuviéramos con las luces apagadas.

– ¿Qué te parece si estudiamos el asunto en el pasillo? – me dijo Ricardo-. Al fin que ya hizo su ronda el enemigo.

– Estoy de acuerdo – le contesté-.

– Me gusta estudiar en la noche. Mi pensamiento vuela mejor, más libre. Soy como los murciélagos, que se mueven ágilmente y sin tropiezos en la obscuridad – comentó mi amigo.

– A mí me pasa lo mismo –le dije-. No sé qué tiene la noche que me relaja tanto y me permite concentrarme mejor. Me vuelvo más creativo.

– Sí, es verdad. Tenemos eso en común –agregó él.

– ¿A qué se deberá eso? -le pregunté-; ¿sabes si tiene un nombre?, porque parece algo opuesto a la llamada nictofobia. Tal vez debería llamarse nictofilia.

– No sé, pero ¿qué te parece si lo llamamos “espíritu murcielaguil”? –respondió con entusiasmo y humor.

Cuando algo le alegraba, Ricardo se volvía un niño. Movía todo el cuerpo, saltaba como un mono y simulaba moverse con un cuchillo en la mano, como se mueven los gitanos –según aseguraba él- cuando discuten o pelean.

– Sí, ¡vamos a llamarlo espíritu murcielaguil! -le dije, uniéndome a su entusiasmo-. Pero hay que precisar en qué consiste. Porque no es simplemente desvelarse. Si así fuera, el espíritu murcielaguil sería el don de los parranderos, o la enfermedad de cuantos padecen insomnio.

– En efecto, hay que definir bien el espíritu murcielaguil. Desde luego es algo complejo y profundo, algo así como el genoma del alma, algo así como la poliédrica razón de la sinrazón, algo así como… -todo esto lo dijo Ricardo con mucha gracia, impostando exageradamente la voz, haciendo guiños con los ojos y moviendo la mandíbula inferior de un lado a otro, parodiando la retórica de un conocido obispo-.

En este punto, lo interrumpí, retomando su propio discurso.

– Yo creo que el espíritu murcielaguil es algo así como una actitud filosófica, como la capacidad nocturna de observar con admiración lo cotidiano, como la habilidad de descubrir algo extraordinario en todo lo ordinario. Algo así como cierta predisposición interior a conectar la noche con la actividad crítica y contemplativa que cuestiona todo, incluso lo conocido, observándolo con la novedad de lo desconocido.

– Eso está bien –repuso él-, pero no se agota en la contemplación filosófica, en la problematización de lo supuestamente conocido. El espíritu murcielaguil es también contemplación mística; apertura al misterio, búsqueda de la sabiduría.

En Ricardo se conjugaban armónicamente la agudeza intelectual del científico y el talento artístico, la pasión del filósofo y la devoción piadosa. Era realmente ejemplar en casi todo. No se afiliaba a ningún grupúsculo, ni había vulgaridad alguna en su actuar, sentir o hablar.

– Tienes razón, amigo- aclaré-. La sola razón no basta. El espíritu murcielaguil consiste en mantener en estado de alerta tanto la mente como el corazón, como se dice en el libro El Principito, de cuyo contenido trata el ensayo que vamos a entregar: “Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”.

Hicimos un momento de silencio. Él ocupó su mente en algo que no me dijo, y yo en el recuerdo de una desagradable experiencia que había vivido ese día por la mañana. Luego retomó la palabra:

– También creo que deberíamos precisar que el espíritu murcielaguil no requiere de las sombras para activarse. Porque, si bien suele despertarse con especial vigor por las noches, ese espíritu de observación, contemplación y crítica nos acompaña en todo momento. Hasta en pleno día el alma puede estar perdida en la noche oscura de la indiferencia; y, asimismo, puede bajo el sol ardiente iluminarse y ampliar los horizontes de nuestra experiencia.

Su comentario parecía romper la relación del espíritu murcielaguil con la noche, pero en el fondo lo que hacía era ampliar el sentido material de esa relación al elevarla a un sentido metafórico. Así lo intuí, y acepté su propuesta con un movimiento de cabeza que indicaba conformidad. No había por qué discutir.

– Por cierto -continúo Ricardo-, esta mañana parecías muy preocupado.

– Aún estoy preocupado –le contesté-. Hoy tuve un diálogo poco amable con el superior del seminario. Tal vez me propasé en los comentarios y observaciones que le manifesté.

Mi amigo simplemente sonrió, y continué mi relato de lo sucedido.

– Le dije que su sermón sobre la obediencia había generado mucha inconformidad y una acerba crítica por parte de la mayoría de los estudiantes. Y que me presentaba en su oficina para proponerle que en el siguiente sermón subrayara los aspectos activos de la obediencia.

– ¿Y acaso nuestro superior se molestó por eso? –comentó Ricardo-. Sólo le dijiste la verdad. ¿Cómo decirnos que la obediencia es ciega, que no cuestiona, que es adhesión incondicional a la voluntad del superior, aun cuando ésta no la entendamos? Y el ejemplo que nos propuso no podía ser más inadecuado.

– También abordé eso –continué-. Le conté que se estaba haciendo mofa de su ejemplo de obediencia perfecta, según el cual, si él como superior le pedía a alguien plantar en el patio un palo de escoba y regarlo todos los días, la virtud radicaba en cumplir la orden sin cuestionar.

Mientras le contaba estas cosas a mi amigo, me estresaba saber que debía concentrarme en la preparación del ensayo, por lo que, sin más explicaciones, le pedí que olvidáramos el incidente y que me compartiera algunas de las ideas que podría yo integrar en mi trabajo. Pero él estaba demasiado interesado en lo que le estaba platicando, y para tranquilizarme decidió pasarme su ensayo ya terminado. A cambio yo debía contarle todo. Le agradecí su gentileza, y entonces me explayé con toda libertad.

– ¿Vienes a proponerme qué cosa? –dijo el director, mirándome con cierta incredulidad-.

– Le quiero proponer, y disculpe mi atrevimiento –contesté-, que en el sermón de mañana comente usted la parte activa de la obediencia, según la cual también es voluntaria colaboración en la consecución de los fines del legítimo superior. Creo que eso calmará los ánimos, ahora exaltados.

– ¿Te crees muy listo, verdad? –exclamó, claramente irritado-.

– ¿Qué cosa?… –murmuré entre dientes-.

– Digo que te crees muy listo –insistió-. Pero en realidad no eres más que un mediocre más, entre toda la bola de latinoamericanos que han venido a bajar el nivel académico de nuestra institución.

– Señor director, no he querido ofenderlo. Sólo pretendía apoyarlo y disminuir la tensión entre el estudiantado.

– Sí, seguramente –comentó con ironía y enfado-. Ustedes y sus sensiblerías que les hacen ver en todo monos con tranchetes, y tragedia donde más bien hay comedia. Como en el caso de tu paisano Silverio, que acaba de venir a hablar conmigo. Siendo ya un hombre de casi 50 años se puso a llorar como niñita cuando le dije que definitivamente este no es su lugar, pues no tiene la mínima capacidad intelectual para llevar adelante los estudios. Incluso le comenté que su obispo había actuado con él como si yo, para llenar el seminario, fuese al bar y a los más borrachos les ofreciera casa, vestido y sustento gratis con tal de que decidieran hacerse curas.

En efecto, cuando hacía unos minutos estaba yo por entrar a la oficina del superior, Silverio salía, secándose unas lágrimas con las mangas de su camisa. Al saber ahora por qué se le veía tan acongojado, sentí una gran pena por él, y al mismo tiempo un impacto de ira endureció mi estómago. Pero oculté mi enojo y continué.

– Perdone lo que le voy a decir, señor director. Usted acaba de señalar algo muy cierto: los latinoamericanos, en general, traemos un nivel académico muy bajo; y no quiero ser irreverente negando ese hecho. Pero, si somos justos, también habría que mencionar que todos nos esforzamos mucho por acercarnos cada día más al nivel que tienen los demás. Prueba de ello es que dos de los más destacados estudiantes de este Centro proceden de mi país.

A mis 17 años, recién cumplidos, me sobraba iniciativa, pero me faltaba prudencia y mesura. De eso era muy consciente yo en ese momento, por lo que agregué:

– El día que dejé mi país, mi papá, un hombre sencillo y sin estudios, pero de extraordinaria calidad humana, me dijo: “Allá en Europa, que no sé ni dónde queda, encontrarás hombres maduros, frente a los cuales tú serás sólo un mozalbete imprudente, pero no por eso merecerás menos respeto. Hallarás hombres muy ricos, antes los cuales no serás más que un pobretón; pero no por ello merecerás menos respeto. Y estarás entre hombres muy sabios, entre los cuales no serás sino un ignorante; pero no por eso serás menos digno de respeto”.

– ¿Qué quieres decir con todo eso? –me interpeló el superior, con el ceño muy fruncido.

– Quiero decir tres cosas. Una, que sin duda tiene razón al decir de mí que no soy más que un mediocre; dos, que no estoy de acuerdo en que englobe a todos los latinoamericanos en ese adjetivo, y tres, que no entiendo por qué me habla usted así, si yo me estoy dirigiendo a usted con todo respeto.

Entonces el superior se levantó de su sillón, me observó con un gesto que a mí me pareció de desprecio –probablemente debido a mis sensiblerías-, y mientras tronaba los dedos me dijo:

– ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? Sabes que si yo lo decido puedo hacer que en este mismo instante seas expulsado de esta institución, y que seas enviado de regreso a tu país.

Para ese momento ya había perdido yo el control sobre mi lengua, a veces demasiado locuaz, aunque nunca irrespetuosa; por lo que, muy a mi pesar, solté información que mantenía cuidadosamente oculta.

– Señor director –exclamé, más dueño de mí mismo-. Eso no será necesario. No hará falta que me expulse. Yo me iré por voluntad propia. No soy católico, y el superior que me envió lo sabe muy bien. Desde los doce años estoy en búsqueda de la verdad sobre Jesucristo. Por eso estoy aquí. Sin embargo, si lo que usted piensa es lo mismo que piensa el obispo que ha abierto las puertas de este Centro a seminaristas de los diversos continentes, entonces no sólo ya no me interesa estar aquí, tampoco me interesa saber nada más de la Católica, a la cual usted representa.

Esto último lo dije con tanto énfasis y pasión que, por un instante, el superior pareció quedar perplejo. Pero inmediatamente añadió:

– ¿Y acaso crees que el obispo está a tu disposición? Él es un arzobispo, una persona sumamente importante y ocupada. Ni siquiera los sacerdotes pueden verlo fácilmente, menos lo vas a lograr tú. Así que, si has decidido marcharte, lo mejor es que lo hagas ya.

– No, no me iré sin antes haber hablado con el arzobispo. Estoy seguro de que después que sepa que llevo días esperándolo a la puerta del arzobispado, terminará escuchándome.

Al llegar a este punto de mi relato, mi amigo Ricardo se detuvo. No sólo porque una vez más habíamos llegado al final del pasillo, y debíamos dar media vuelta, sino porque comprendió la gravedad del asunto.

– ¿Entonces vas a dejar el seminario? ¿Finalmente vas a renunciar a tu búsqueda, sin haberte dado más tiempo? Creo que estás en un error muy grave. Porque has de saber que…

– Deja que termine de contarte todo –repliqué, sin permitirle continuar-.

Cuando el superior comprendió la radicalidad de mi decisión, puso en sus labios una sonrisa tan falsa como la que mostramos cuando nos van a sacar una fotografía. Luego rodeó su amplio escritorio, se acercó hasta la silla en la que yo permanecía sentado y con la actitud más hipócrita de la que he sido testigo, me dio unas palmaditas en la espalda y dijo:

– Muchacho, no te lo tomes tan en serio. Estoy bromeando contigo.

– ¿Es todo? –pregunté, mientras me ponía de pie-.

– Es todo –me respondió-. Puedes retirarte.

Ricardo se puso más serio que nunca, y su rostro enrojeció notoriamente. Sabía yo que sus comentarios me darían mucho material para reflexionar, por lo que me dispuse a escucharlo con atención. Y sin duda esa noche mi amigo habría iniciado un discurso tan largo que tal vez me habrían salido canas sin que él terminara aún de hablar. Porque entre todas sus grandes virtudes destacaba un tremendo defecto: sabía todo, menos ser breve. Pero en ese preciso instante la providencia divina vino en mi auxilio, y ocurrió algo totalmente inesperado.

Por alguna de las amplias ventanas entró un gran murciélago y comenzó a sobrevolar una y otra vez sobre nuestras cabezas. Esto hizo que por segunda vez resurgiera el niño interior de Ricardo, quien se llenó de alborozo y entró corriendo a su cuarto, sin cuidarse del ruido que hacía. Salió enseguida con una toalla y con gran habilidad la lanzó sobre el murciélago, haciéndolo caer. Luego se arrojó al piso, impidiendo que el ratón volador se librara de la toalla, y me gritó:

– ¡Trae algo con qué matarlo!

– ¿Pero por qué vamos a matarlo? Mejor hay que dejarlo ir –le respondí-.

Él no me escuchó, y me apresuró a hacer algo diciéndome:

– Corre, trae de tu habitación lo que sea, lo que tengas para poderlo matar.

– Tengo alcohol y cerillos.

– Sí, eso servirá. Pero tráelos ya -me insistió-.

Corrí a mi cuarto. Tomé la botella de alcohol, la caja de cerillos y un rollo de papel sanitario. Los llevé donde él forcejeaba con el murciélago, y le pregunté:

– ¿Qué hago?

– Mira –me dijo-, lo voy a destapar. Está algo atarantado, pues creo que lo oprimí muy fuerte. En cuando le quite la toalla, tú le vaciarás el alcohol. Pero ten preparado un cerillo, pues le prenderás fuego inmediatamente. No lo dudes, hazlo bien y rápido; de otro modo se nos escapará.

Sin saber por qué, y sin pensarlo más, hice lo que me pidió. Creo que la exaltación de Ricardo y el nerviosismo que me provocó el recordar que el pobre animalito es agente de la rabia, me hicieron verlo como una amenaza, como un gran peligro del que debíamos deshacernos.

Para mi sorpresa, el murciélago no se hizo cenizas. Solamente se le quemó el bello aterciopelado y rojizo que cubría su cuerpo y sus alas, y quedó con el aspecto blanco y carnoso que adquiere la clara de huevo al freírse en aceite. Pero tampoco murió, sino que corrió a toda prisa por el suelo y comenzó a subir por las amplias escaleras de madera que conducían de un piso a otro dentro del edificio. Y cuando llegó hasta el sotabanco donde estaban los grandes tinacos de asbesto, llenos de agua, se dejó caer en el interior de uno de ellos. Los vimos aletear sobre el agua por unos minutos, hasta que finalmente se quedó quieto. Nosotros quedamos en trance, igualmente quietos y boquiabiertos; asustados y sin nada qué decir.

Luego reaccionamos y volvimos a la cordura. Estábamos en silencio, pero aun sin palabras parecía que compartíamos los mismos pensamientos: ¡qué cosa tan horrorosa habíamos hecho! ¿Qué estábamos pensando? ¿Qué tenía de simpático el matar aquella criatura de Dios? ¿Qué salvaje y primitivo instinto nos había movido a hacerlo?

Sin más comentarios, Ricardo me dio el esquema general de su ensayo, y nos encaminamos a nuestras respectivas habitaciones. Íbamos cabizbajos. Creo que nos sentíamos un poco avergonzados, por más que al vernos a la cara pugnaba por escapársenos una carcajada.

Esa noche no pude dormir. Terminé a toda prisa mi ensayo, y luego me puse a reflexionar sobre las consecuencias de lo que habíamos hecho.

Aquella chiquillada finalmente a nadie le parecería graciosa. Sólo había sido la reacción infantil de dos adolescentes ante un evento fortuito. Pero no lo entenderían así los adultos, para quienes no sería una simple travesura, sino una grave falta de piedad hacia los animales, una acción cruel y perversa de dos jóvenes inmaduros a los había que enviar al psicólogo, o, mejor aún, directamente al psiquiatra.

Estuve pensando horas y horas. Si el murciélago contaminó con el virus de la rabia uno de los tinacos que proveen de agua a la cocina –me decía-, ¿qué nos va a pasar a todos? ¡Debería poner en sobre aviso a la comunidad, y en primer lugar a los superiores! Pero, ¿cómo hacerlo sin ser expulsado? ¿Acaso no me acababa de amenazar el superior con la inmediata expulsión, tan sólo por atreverme a decirle que su sermón había sido muy malo?

Miedo, remordimientos, sentimientos de culpa, todo se agolpaba en mi interior, generándome una angustia incontrolable. Ahora sí tenía el superior una buena razón para enviarme de regreso a mi país. ¡Y ni cómo defenderme! ¡Era culpable! Lo peor era que, a pesar de todo, al recordar lo sucedido me ahogaba el pecho una risa contenida; y llegaba a mi memoria el dicho popular, paradójico, simpático y español de “¡ay qué pena, qué risa que me da!”, que por esos días le había escuchado a una señora.

Pero Dios nunca se olvida de sus hijos arrepentidos, y, cuando parecía que tenía todo perdido, llegó hasta mí una luminosa y esperanzadora idea.

Como todas las mañanas, en cuanto llegó la hora de levanto (las 5:30 a.m.), me di una buena ducha, me puse ropa limpia y me fui a la capilla. Después de las primeras oraciones, busqué con la mirada al confesor. Sí, ¡él era la solución al problema! Fui hasta él, y en cuanto me pidió que le relatara qué pecadillos traía, le conté lo sucedido esa noche.

– ¡Caramba! Has urdido bien cómo zafarte del castigo, ¡eh! -me dijo, como si el asunto lo hubiese divertido-.

Y continuó:

– Ahora dime, ¿qué es lo que pretendes realmente al venirte a confesar?, porque yo sé bien que, sin importar tu buena voluntad, no crees mayor cosa en los principios de la fe católica.

– Disculpe padre, tiene usted razón. Quisiera creer, pero no puedo. Sin embargo, la confesión con usted me da paz interior.

– Qué bueno por ti- me dijo-. Pero, aunque la culpa que haya en lo que hiciste Dios te lo perdona, debes reparar el daño.

– Pero ¿cómo? –repliqué-. Yo no puedo decirle esto al superior, pues me expulsaría, lo mismo que a mi amigo Ricardo. Usted se lo puede decir, sin delatarnos, porque la cuestión se la traté en confesión, y de lo que se trata en confesión ustedes como sacerdotes no pueden hablar.

– Creo que esta argucia tuya es mucho más grave que la travesura que has confesado, pero ¡todo sea por Dios! –comentó-. Sin embargo, debo advertirte que tu plan no funcionará. El superior investigará y terminará dando con ustedes.

– ¡Eso es verdad! Pero, entonces, ¿qué puedo hacer?

– Te daré la absolución –me contestó-; y enseguida saldremos discretamente los dos de la capilla. Afuera te diré qué hacer.

Una vez fuera de la capilla, el padre confesor me dijo:

– ¡Vamos!, iremos al último piso a ver en qué tinaco cayó tu víctima.

– Pero –objeté- ¿no sería mejor ir directamente a la cocina y decirles a las religiosas que no usen el agua de las tuberías? Ellas deben estar preparando el desayuno, y tendrán que tirar la comida cuando sepan que el agua está contaminada.

– No te precipites –me dijo el padre-. Veamos primero dónde se ahogó el pobre animal.

Cuando llegamos al lugar, el padre ya no se aguantó y lanzó una carcajada.

– ¿Por qué se ríe? –le pregunté-.

– Porque ya no me aguantaba –me respondió-. Debes saber que el agua de estos tinacos desde hace años no se utiliza más que para regar los arbolitos del patio y las plantitas de los dos jardines del seminario. Por otra parte, el virus de la rabia es sólo una conjetura, y por su volatilidad sería imposible que hubiese contaminado nada.

-Sin embargo –agregó-, debes aprender la lección. Antes de hacer algo mide bien las consecuencias, e identifica con claridad tus responsabilidades. Duerme las horas establecidas y cumple el reglamento. Además, te aconsejo que esto quede entre nosotros y Ricardo. Lo mejor será que no lo cuenten a nadie. Y para concluir este asunto, sólo te pido que, discretamente, recojas al murciélago y lo entierres fuera de las mallas de alambre que rodean el patio.

Más tarde, después del desayuno, le conté todo a Ricardo. A él también le dio risa que yo me hubiese alarmado tanto por las imaginarias consecuencias de aquella travesura. Lo que sí le había preocupado, igual que a mí, era que el superior, de haberse enterado, hubiese tomado medidas drásticas contra nosotros.

Durante otra charla, con su típico sentido del humor, Ricardo me dijo:

– No sé si ya terminamos de definir lo que es el espíritu murcielaguil, pero no estaría demás precisar que no incluye atentar contra los murciélagos.

– No, desde luego que no incluye eso –asentí-. Pero sí implica el saber resistirse a quien atenta contra nuestra libertad, como lo hizo nuestro murciélago cuando le echamos encima la toalla. Y también presupone continuar el ascenso, aunque nos quemen las alas; y seguir aleteando, aunque parezca inútil, hasta nuestro último aliento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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espartaco

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