Literatura

El extraño caso de Siena Greco – Capítulo 1



El extraño caso de Siena Greco – Capítulo 1 - Literatura

SINOPSIS

Siena Greco es una chica hermosa, alegre, generosa y fervorosa creyente en Dios, así como lo es su familia. A pesar de que creció con su tía, vive una vida feliz. Pero no todo es de color de rosa para esta chica y los suyos. La fe de los grecos no ha impedido que, desde hace décadas, entidades sobrenaturales acosen su casa para quitarles la tranquilidad y la paz. Y aunque según ellos, se han acostumbrado, ahora Siena está pasando por una gran prueba. Una enfermedad terrible sin explicación alguna ha invadido su cuerpo, quitándole la bella sonrisa que siempre traía en su rostro.

Descubre junto a los Greco, como lograron vencer sus grandes obstáculos, mientras aprendían las verdades y leyes acerca de la vida y la muerte.

Un médico Inesperado

BRASIL. Belo Horizonte. 01 abril 2005
(Clínica del Doctor Catriel Da Costa – 08:00 a.m.)

Siena, Donato y Amaranta estaban en la sala de espera desde las siete de la mañana. El Dr. Catriel Da Costa los había citado a esa hora para escuchar su caso, pero eran las ocho y no había llegado. Hasta ese momento, no sabían la razón de su ausencia porque no se había excusado de ninguna manera. Siena se encontraba muy inquieta. Ya no sabía en que posición ponerse para sentirse mejor y no estar ansiosa. Ni siquiera el libro que estaba a su lado podía persuadirla a dejar los pensamientos que pasaban por su mente. Pensar que tenía que volver al día siguiente porque quizás al Dr. se le había presentado un problema, la hacía sentir fatal. Ella y su familia habían viajado desde Italia para exponer su problemática y conseguir una solución definitiva. ¿Y si tuvo un contratiempo? ¿Si no puede escuchar mi caso? Un sinfín de preguntas llegaban a su mente al grado de desesperarla.
Donato por su parte, pensaba que este médico era otro timador más, pero con más fama. Así que, viendo la intranquilidad de Siena le dijo:
— Ten calma. Recuerda que ya hemos gastado muchos euros. Si no viene. ¡Mejor! Nos estaríamos ahorrando ese dinero. Además, ¡Observa la sala! No hay nadie esperando. Esa fama que tiene como que es de mentira.
— Basta Donato. Vas a hacer que se sienta peor. Es mejor que salgamos un rato. Vamos a comprar un café. ¿Deseas algo Siena?
— No tía. Por ahora no.

Siena tomó el libro para comenzar a leer. En ese preciso momento la puerta se abrió; y entró en la sala, un hombre que medía como un metro ochenta, barba tupida con bigotes, corte de cabello bajo y ojos grises azulados. Llevaba puesto una bata blanca y traía un maletín. Era relevante la sonrisa que mostraba, ya que contagiaba solo al verla. El médico saludó al llegar a la recepción de la clínica.
— Buenos Días.
— Buen Día — respondió Amaranta de manera tímida, mientras contemplaba la figura del Dr.
— Buenos Días Doctor — saludó Dorothy. Quien era la secretaria de la clínica.
— Querida Dorothy. ¿Cómo estás hoy? — preguntó el Dr. mientras tomaba una carpeta que estaba encima de la recepción.
— Bien. Doctor. Gracias por preguntar.
— Espero que sigas mejorando.

El Dr. Zacarías Rinaldi comenzó a caminar hacia su consultorio. Donato y Amaranta que se disponían a salir, lo abordaron con rapidez. Y Donato le dijo:
— ¿Usted es el Dr. Da Costa?
— No. Soy el Dr. Zacarías Rinaldi. El Dr. Da Costa tuvo que hacer un viaje urgente que no podía esperar. Ustedes son…
— Hablamos con el Dr. Da Costa la semana pasada. Él nos dijo que viniéramos a las siete de la mañana para exponer nuestro problema — dijo Amaranta.
— Claro. El me comentó sobre eso. Por eso estoy aquí. Debí haber llegado a las siete de la mañana, pero tuve que visitar a un amigo que lleva días hospitalizado. Perdonen el retraso — ¿Tu eres Siena Greco?
— Si. Mucho gusto — dijo Siena — ¿Usted nos va a ayudar?
— Por supuesto. Si no tienen problema con eso. El Dr. Da Costa va a regresar como en un mes. Yo los puedo atender mientras él no esté. Luego, cuando regrese, lo pongo al tanto de su caso y el continuará con ustedes. ¿Les parece?
— Pero. ¿Sabe tratar casos difíciles como el Dr. Da Costa? Además …
— Siena. ¿Qué pregunta es esa? — interrumpió Amaranta.
— Dr. Rinaldi. Disculpe. Quizás la pregunta le suene ofensiva, pero quiero que sepa que tenemos mucho tiempo con este problema. Por eso en su ausencia nos gustaría saber si tiene las credenciales necesarias para tratar un caso como el de nosotros — habló Donato con tristeza.

El Dr. Rinaldi sonrió ante las palabras de Donato y los tranquilizó diciendo:
— Por favor. Sentémonos para explicarles.

Ellos se sentaron en la sala de espera, mientras que el Dr. Rinaldi buscó una silla de recepción y se colocó frente a ellos.
— Tengo cuarenta años. Me gradué de médico a los veintidós. Hice la especialización de medicina intensiva por dos años más. Desde los veintitrés años hasta los treinta pude observar el proceso de la muerte desde muy cerca.
— ¿Por qué Dr.? — dijo Amaranta con cara de asombro.
— La especialidad que escogí está dedicada al cuidado intensivo en pacientes críticos. En pocas palabras, he trabajado con pacientes que están en la frontera de la vida y la muerte.
— ¡Guao! Es difícil ver pacientes morir — dijo Siena.
— Tienes razón. Mi misión era dirigir el cuidado y tratamiento de los pacientes gravemente enfermos, o que habían sufrido grandes traumatismos o accidentes, fueran adultos o niños. Tenía que observar y controlar síntomas y signos en ellos. Si estos indicaban que estaban cruzando la frontera. Yo debía impedirles el paso. Pero algunas veces fallecían ante mis ojos. Es triste ver los últimos minutos de una persona que está a centímetros de la muerte. La impotencia que sientes…

El Dr. Rinaldi se puso un poco triste y continuó:
— Fue en ese ambiente y bajo esas circunstancias que conocí al Dr. Da Costa. Tuvimos muchas conversaciones y me ofreció que trabajara con él. Y aunque muchos tenían una mala opinión sobre sus métodos. Le di el beneficio de la duda y continué luchando contra la muerte, pero ahora con un excelente aliado y nuevos métodos. Créanme que no me arrepiento de la decisión que tomé.
— ¿Quién es su aliado? — dijo Donato.
— El Dr. Catriel Da Costa. He trabajado con él desde hace diez años, viendo los casos más difíciles e irresolubles de la medicina convencional. He observado de primera mano a pacientes que han sido desahuciados por los mejores médicos del mundo, pero el Dr. Da Costa las ha ayudado a sanarse y tener una vida saludable. Sé toda su metodología y la he aprendido. La prueba a mi favor es que he tratado algunos casos sin la intervención de mi colega obteniendo un éxito del 100%. Puedo citarle un ejemplo. El famoso caso de Andreana Ferrari. Pueden abordarla en Roma y les contará que fui yo quien la traté. Ella estuvo desahuciada. Metástasis cerebral. Los médicos le dieron unos días de vida, a lo sumo, un mes. Hoy está más sana que nunca.
— Creo que es suficiente con lo que nos ha dicho. Gracias por entendernos — dijo Siena con una sonrisa en su rostro.
— Estamos más tranquilos — añadió Donato.

El Dr. Zacarías Rinaldi se levantó de su asiento y le señaló su consultorio y dijo:
— ¿Me acompañan?
— Por supuesto — respondió Amaranta.

Siena, Donato y Amaranta siguieron al Dr. Rinaldi. Cuando ellos pisaron el suelo del consultorio, las luces se prendieron solas. En ese momento se miraron entre sí sin decir ninguna frase, pero sonrieron. Luego, observaron con detalle todo el espacio. Era inevitable que llegaran interrogantes a sus mentes. Es que ese lugar no se parecía a un consultorio de un médico común. Las paredes eran blancas, sin tener nada colgado en ellas. El piso era de granito, pero en él no había sillas, ni escritorio. Solo existía una mesa redonda de color blanco de tres patas en todo el medio y un poco más allá, una alfombra roja intensa que cubría el suelo. Pero antes que alguien dijera algo, el Dr. Rinaldi como adivinando sus pensamientos dijo:

— Estoy casi seguro, que al ver mi consultorio se sorprendieron. Les quiero dar un consejo. Tengan paciencia con lo que escuchen o vean. A su debido tiempo les explicaré. Por nada del mundo tengan miedo. Ustedes han llegado al sitio correcto para solucionar su problema. Y no solo eso. Tendrán respuestas a muchas de sus preguntas inquietantes acerca de la vida y la muerte. Solo les pido, en nombre de Jesús que tengan calma.
— ¿Usted es cristiano? — preguntó Amaranta con cara de asombro.
— Si. Pero no soy un cristiano convencional. En estos momentos no me congrego con ninguna iglesia. Después les explico el porqué.
— Hermano. Nosotros también somos cristianos — intervino Amaranta — Pero debería reunirse. Usted sabe que es importante. Sobre todo, porque estamos en el tiempo del fin.
— Tía. Después podemos hablar de eso — interrumpió Siena — Él dijo que después nos explicaría.
— Ok. Hija. Lo que pasa es que me apasiona hablar de Cristo. Disculpe Dr. Se que nos estaba dando un consejo y desvié la atención.
— No se preocupen. A mí también me encanta hablar del tema.
— Con respecto al consejo. Vamos a tener paciencia — dijo Donato — Pero vamos a ir anotando en una lista todas nuestras interrogantes. Para que no se nos olviden
— Está bien. No hay problema.

El Dr. Rinaldi comenzó a quitar la alfombra y mientras lo hacía, se descubrió una puerta en el suelo de color blanco con el símbolo de la estrella de David. Estaba pintada en negro y tenía una manija para abrir esa entrada.
«¡Oh Mamma mia! ¿Qué habrá allí?», pensó Amaranta.
«Dios mío. Menos mal que este Dr. Hablo de Jesús, porque si no saldría corriendo de aquí. Cualquiera pudiera pensar que estamos en una secta satánica», pensó Donato.

En cambio, Siena miraba casi sin pestañear para no perder ningún detalle de lo que hacía el Dr. Rinaldi.

El quitó toda la alfombra. La enrolló y la puso en una esquina. Después se acercó a la puerta y les dijo:
— Vengan. ¡Acérquense!

Cuando todos estaban frente a la entrada misteriosa, tomó la manija y la abrió. Todos pudieron comprobar que detrás de la puerta, había una escalera con seis peldaños para bajar a un pasillo que era muy parecido a donde estaban. Ese espacio tenía las mismas dimensiones, el mismo color de pared y el mismo tipo de piso. Solo había algo que los diferenciaba. Al final de ese pasillo estaba un ascensor subterráneo, con un botón rojo que decía Abrir.

El Dr. Rinaldi, comenzó a sonreír, bajó los peldaños y les dijo mientras estaba adentro:
— Esta es la entrada a nuestro verdadero consultorio. Síganme.
— Dr. Necesito hablar algo importante con ellos — dijo Donato — Pero a solas.
— Ok. Me voy adelante — dijo el Dr. Rinaldi — cuando escuchen un sonido muy fuerte, es que el ascensor llegó. Luego deben presionar el botón abrir. El mecanismo para bajar es fácil. Cuando estén dentro, deben presionar el botón que dice bajar y listo. El sistema cierra la puerta y coloca una música para que no se fastidien. Nos vemos abajo.
El Dr. entró en el ascensor y comenzó a bajar.

¿Te ha gustado el artículo? ¡Valóralo!

5.00 - 1 voto
Cuanto más alta sea la valoración más visible será el artículo en portada.
¡Compártelo en las redes sociales!

Acerca del autor

viratova

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Únete a la comunidad de NoCreasNada

¿Te gustaría compartir tus inquietudes y ganar seguidores por todo el mundo?

¿Eres una persona inquieta y quieres descubrir a más gente como tú? 

Únete a NoCreasNada.

Además, te pagaremos por las visitas que recibas.

Más Información