Literatura

El extraño de la escalera



El extraño de la escalera - Literatura

Ahora que se ha ido siento una integra soledad recorriendo mis venas, y más aún mi llegada y estadía al edificio. Ahora que se ha ido el umbral oscuro en el que divisaba su cuerpo sentado sobre el primer escalón yace más en penumbra, porque aunque su presencia no emitía luz me daba la certeza de que por las noches, al regresar tras un ardido día de trabajo, no estaba sola.

El extraño de la escalera fue eso, un extraño que llegué a conocer como a nadie. Nunca oí su voz, sus ojos nunca se detuvieron ante mis miles de miradas que noche tras noche posaban sobre él, un tanto interrogantes, otro tanto cómplices, y en otras ocasiones miradas que salían de mis ojos buscando algún tipo de refugio o respuestas a preguntas que no terminaba de formular.

La situación era extraña, casi tanto como él. Con su saco negro hasta los tobillos, fumando un cigarrillo algunas veces, mirando el vacío de la sombra espesa de su cuerpo que generaba el misero foco de luz que pendía sobre la puerta de mi departamento. Los labios finos, una barba abundante de 35 años y zapatos negro brillante de charol.

Nunca nadie hablaba sobre él. Ni el conserje, ni los de mantenimiento, ni siquiera el cobrador.  Durante cierto tiempo me resulto raro que lo dejaran permanecer en aquel lugar, pero me limite a preocuparme por mis asuntos y aquel pensamiento no fue más que una reflexión pasajera.

Hace cinco años que vivo aquí y la primera vez que lo vi fue aproximadamente hace un año y medio. Llegaba del trabajo rutinariamente a las 22:10  y vaya sorpresa e incertidumbre se adueñaron de mí cuando al abrir la puerta que daba al interior del pasillo lo vi allí sentado, sumergido en pensamientos que iban más allá de este mundo, abismado dentro de su ser, con su saco negro y el pelo más negro aún hasta los hombros,  las manos pálidas de dedos largos y esqueléticos sujetadas por encima de las rodillas.

Sin embargo, no tuve miedo como supongo que tendrían la mayoría de las personas y sobre todo una mujer que vive sola al ver a un extraño sentado en la escalera de su edificio. Mi primera sensación fue de asombro, pensé en preguntarle si necesitaba ayuda pero su presencia estaba demasiado ensimismada en si misma, supuse que quizá estaría esperando a alguien así que solo me limité a entrar a mi casa. Esa misma noche soñé con él, y en aquel sueño la escena vivida rato atrás se repetía. Yo llegaba al departamento, divisaba su presencia sentada sobre el primer escalón, y luego me metía a mi hogar sin más vacilaciones. A continuación el sueño permanecía negro durante un rato, y la escena se volvía a repetir reiteradamente hasta que sonaba el despertador.

Solo lo veía por las noches, cuando llegaba de trabajar o salía a la despensa a comprar algo. Siempre en la misma posición, con la mente navegando en un mar inmenso donde me gustaría algún día nadar. El extraño no estaba allí cuando llegaba los mediodías o a las 17:00 cuando regresaba a la oficina. Llegué a pensar que no le gustaba la luz del sol.

Los primeros días consecutivos a su llegada fueron un tanto atípicos, pues comencé a hacerme la idea de que no estaba esperando a nadie, y tras preguntarle a la vecina del departamento B si conocía a aquel hombre y ella respondiese que no había visto a nadie comencé a hacerme otra idea. Solo yo podía verlo, y llegué a confirmarlo cuando al llegar un fin de semana a casa con un muchacho que había conocido esa misma noche, éste atravesó el cuerpo de el extraño al pasar y subir el primer escalón sin ningún tipo de impedimento. Aquella noche no pude dormir, y me asomé varias veces por la mirilla de la puerta para ver si continuaba allí.

Tenia la certeza consoladora de que el extraño no tenia interés en hacerme daño, no parecía siquiera tener interés en mirarme y llegué a pensar que el no podía verme pero descarte la idea cuando al mirarlo una noche por la mirilla se dio vuelta y miró fijamente a la puerta notando enteramente mi presencia al otro lado de la puerta, para acto seguido sacar un cigarrillo de su bolsillo y levantar la mano ofreciéndome uno. El podía verme.

Algunas veces he tenido el repentino impulso de bajar corriendo las escaleras en medio de la noche y preguntarle su nombre, preguntarle que hacia allí. Pero durante año y medio esto no fue más que un vago pensamiento que nunca me animé a concretar. Pero aquí lo importante a destacar es como poco a poco fui aproximándome a el, y ustedes se preguntaran como puede uno acercarse a un extraño con el que nunca ha cruzado palabra, pero había algo que nos mantenía próximos y cercanos, una especia de atracción que se sentía en mi cuerpo al pasar por su lado, fingiendo que mis ojos no estaban buscando los suyos, verdes y húmedos como el moho, con destellos casi invisibles de vivencia inmortalizada atada a este mundo que no le pertenecía.

Ahora se ha ido y se que su partida no promete un regreso. Hace dos noches al llegar, no lo vi sentado sobre el primer escalón, y en su lugar encontré una foto con su rostro y la mirada fija en mis ojos, y en el revés de la foto escrito con tinta negra “Adiós”.

He pensado en mudarme a otro lado de la ciudad, ya que cada día al llegar me invade una sofocante sensación de melancolía y nostalgia, que se abraza con la soledad de mis noches dentro de un apartamento pequeño, y una escalera que resulta cada vez más alta y empinada, porque el extraño se ha ido, dejándome sola por las noches junto a una foto que posa en mi mesa de luz y un vacío en el pecho que no quiere decirle adiós.

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Acerca del autor

Candela Niechwiadowicz

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