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El Juego De La Vida



EL JUEGO DE LA VIDA

En un día cualquiera, en un atasco donde un número considerado de vehículos ha tenido que detener su marcha, de uno de ellos sale un hombre vestido con unos pantalones de pana marrón, un polo de manga corta color verde lima y un pañuelo blanco anudado al cuello. Es de estatura alta y lleva barba de tres días.

Se acerca al vehículo que tiene delante, el cual lo conduce un hombre más o menos de su edad. Castaño, de ojos verdes y mediana estatura, ataviado con unos tejanos y camisa color salmón.

—Disculpe, —le dice el señor de los pantalones de pana—, ¿sabe que ha ocurrido?

—Al parecer ha habido un accidente de tráfico, pero se desconoce el alcance del mismo, ni si ha habido víctimas. Lo que sí puedo decirle es que tenemos para un buen rato de estar aquí. Así que armese de paciencia como hago yo, o por lo menos lo intento.

­—¿Puedo acompañarle en esa espera? Así se nos hará más corta a los dos, ¿no cree? Tranquilícese, soy de fiar.

—Creo que no me queda más remedio que creer en su palabra. Además, me vendrá bien charlar con alguien.

—De acuerdo, voy a cerrar bien mi automóvil, cojo unas cosas y vuelvo. Ah, por cierto, mi nombre es Samuel, encantado.

—Javier, lo mismo digo.

Al cabo de cinco minutos, Samuel regresa con una caja y se acomoda en el asiento del copiloto.

—¿Sabe? —dice Javier—, a veces pienso que la vida es como un trayecto en carretera. Unas veces se puede circular libremente por ella, y, en otras, como ésta, se producen atascos que no somos capaces de resolver, ¿no cree usted?

—¡Por Dios, tutéeme!, creo que no somos tan mayores. Sí, puede ser, aunque yo comparo más la vida a una partida de ajedrez. A veces, tenemos libertad de movimientos, como el peón, y, en otras, estamos limitados como el caballo.

—Bueno, Samuel, si se trata de poner símiles a la vida comparándola con un juego de mesa, hasta se podría aplicar al parchís. Te quitas obstáculos de en medio, sean del color que sean, y avanzas a pasos agigantados y, otras veces, los dados del destino se empecinan en no querer sacar el maldito cinco y sigues y sigues atrapado en la casilla de salida.

—Vaya —dice Samuel—. Veo que estamos los dos igual de filosóficos. ¿Sabes qué?, como veo que esto tiene pinta de ir para largo, te propongo un trato— Dice, cogiendo una caja de mediano tamaño que había traído de su coche— ¿Qué te parece si jugamos “a vivir”?

—Pero, ¿que llevas ahí? ¿Un set de juegos?

—Sí, me apasionan, sobretodo el ajedrez, ¿te hace una partida? Si quieres, también traigo un parchís. A tenor de lo que me has dicho, ¿jugamos tu vida o la mía?

—Me da que nos da para jugar las dos, ¿blancas o negras?

Se escuchan cláxones, gente andando arriba y abajo, gesticulando. Pero, Javier y Samuel están demasiado concentrados en el tablero como para hacerles caso. Al cabo de un buen rato, se oye gritar a Samuel:

—¡Jaque Mate!

—Enhorabuena, amigo. Aunque debo decirte que en eso me viene bien justo saber los pocos movimientos de las piezas, jamás tuve la suficiente paciencia para aprender a jugar a este galimatías.

—No te preocupes, me he dado cuenta. Pero no creas, todos los juegos tienen lo suyo. Aunque pueda parecer simple, el parchís requiere pensamiento, destreza… ¿no crees? Por cierto, hablando de parchís, es tu turno ¿no? —dice mientras saca uno de pequeñas dimensiones.

—Pues nada, vamos allá —dice Javier.

Y, mientras nuestros jugadores escogen el color de sus fichas, llegan varias ambulancias y dos coches de policía. Pero, ellos, están demasiado enfrascados, y tampoco se han percatado de ello.

A lo tonto, a lo tonto, ha pasado casi media hora, Javier ha ganado la partida y Samuel le da la enhorabuena.

—Bueno, he tenido un poco de suerte, todo hay que decirlo.

—La vida también tiene sus partículas de eso, no lo olvides, aunque no venga sola.

—En efecto, por mucho que la gente crea lo contrario.

—Espera —dice Samuel—. ¿Soy yo, o esto parece que toca a su fin?

—Saldré a preguntar —dice Javier.

Nuestro hombre regresa a los dos minutos.

—En efecto, he preguntado al guardia y dice que en cinco minutos como mucho restaurarán el tráfico. Por suerte, no hay desgracias que lamentar, todos los heridos lo son de carácter leve.

—Un alivio —dice Samuel—. Pues nada, será cuestión de recoger mis pertenencias y regresar a mi coche, ha sido un verdadero placer. Gracias por hacerme esta espera más corta.

—No, por favor, al fin y al cabo nos hemos hecho compañía mutua. Por no decir que gracias a ti hoy he aprendido algo muy valioso.

—¿Sí? Que curioso, —dice Samuel—, porque yo también me llevo una lección de todo esto. Quién sabe, igual la vida, hoy, a los dos, nos ha adoctrinado de la misma forma. Hasta la vista, Javier, que te vaya bien. Espero que el destino algún día nos una de nuevo.

Pasados cinco minutos, el atasco se evapora y todos los conductores vuelven a poner sus vehículos en marcha y continúan su camino. Entre ellos, como no, los protagonistas de esta historia. Ellos han aprendido una lección, ¿y vosotros?

Pues es muy simple, amigos:

NADIE GANA LA PARTIDA, CUANDO SE TRATA DE LA VIDA DE LOS DEMÁS.

Fin.

 

 

 

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