Literatura

El Marchante De Sueños

El Marchante De Sueños - Literatura

¡Loca, delirante, nauseabunda… pero divertida historia que nunca pasó! Sólo en sueños comprados

El Marchante de Sueños

DOs horas después de la hora acordada, trataba aun de llegar tiempo a la cita, con la esperanza -más que ciega- muerta de encontrarla a ella, fielmente en ese lugar. Esperando reducir el cuarto de hora que aun faltaba de camino, en un minuto. A pesar de tener todavía en contra ese par de horas y treinta y tantos segundos transcurridos. No sería posible confiar a la mujer tanta fidelidad, cuando la mía se había extinguido. Aun hubiera albergado esa esperanza, de no ser que ya había caído la noche en mi alrededor, por lo que deduje, irónicamente, el haber perdido más de las dos horas y pasadas. Ya que el encuentro debió de ser a las diez de la mañana de ese o (como estaban las cosas) del siglo pasado.

Así que dejé‚ de contar las horas y sus fracciones de esa manera arbitraria. Adopté un paso más pausado que el llevado anteriormente, para así, tener la excusa de sumergirme en esas calles que (ni de Dios ni el municipio, si no del diario), el de dar un mero paseo al aire libre. Dando propósito de dar un propósito a mi salida sin propósito. Tratando de distraerme de mi incorregible falta.

En el principio de mi vagar por la calle velada de negrura, y qué revestía así las casas que durante el día lo hacían de mugre y pobreza; se tildaba por deshabitada. O meramente desolada.

Desolación que se antoja infinita.

Nadie a la vista por aquí o allá. O en todo el mundo. Lo ínfimo del paisaje urbano me lo presentaba de esa forma sutilmente frágil.

 

Con ello, unos cuantos pasos más me sacarían de ese endeble error.

Muñeca de Luz

No muy lejos de aquella ambigua idea, frente a la entrada a un estrecho callejón, mi vista se posó sobre un hombre encaramado en la punta de un poste de luz, con el claro propósito de arrancar su arbotante, del que emitía una rala luz ambarina. Al pasar por debajo de esta singular escena, el sujeto de andrajosas ropas, se le oía escupir una y otras maldiciones en contra de la luminiscencia que trataba de robar. Sus sucias manazas se aferraban con fuerza a los toscos hierros del candil. Pese a ello, el pobre brillo no se inmutaba de su alta base, por más que se esforzaba el indigente en ese empeño. Tuve la idea de que aquel paria vocinglero se encontraba trastornado por fatigas y hambres vagabundas, y que sólo podía mitigar con sus vicios pecaminosos.

Traté de poner distancia a su descabellado intento, cuando éste, inesperadamente volteó su barbado rostro al percatarse de mi presencia. Lanzando rabiosamente una bestial mirada con destellos de la pálida luz a la que se aferraba. Gritándome:

-¡Por el callejón!- Al tiempo que expresaba un ademán con la greñuda testa. -Lo estaban esperando desde largo tiempo.

 

Y volvió a lo suyo, dando la impresión de ignorarme. Por lo que quise aprovechar la fina invitación para alejarme de él. Repentinamente, completó su necio diálogo con un…

“Tengo que llevarme este cocuyo a mi cuarto.

Alejándome por la callejuela apenas iluminada por la farola, y que tal, era solo eclipsada por el contorno animado del raro ladrón de luz. No supe más de éste.

Profundizando por la estrecha vía di vuelta en una esquina forzada, que me mostraba cuan larga era realidad. Extendiéndose mas allá de una barda posterior de algún templo que no alcanzaba a reconocer. Mi fatigada vista hubiera seguido todo el tortuoso camino hasta su lejano horizonte citadino, de no ser por una pequeña isla de luz mortecina surgida de un hueco impío de uno de los edificios que flanquean aquel costado callejero. Continué mi marcha movido por la morbosa curiosidad, pisando entre desperdicios y tierra suelta hecha lodo. Acercándome más, podía distinguir los detalles de donde me llamaba la atención. Sin prestar atención al inmenso lote baldío que crecía a mi derecha. Extenso en demasía. Y Sólo limitado por un enmohecido mallado de alambre. Qué caía, se levantaba o desaparecía totalmente, entre tramo y tramo de ésta.

Al pasar la inconfundible estructura de la iglesia, vi elevarse la silueta del edificio de mi interés. Era ancho y techo bajo. Más común que importante. Daba la apariencia de estar abandonado desde hace varias décadas. Podría decirse, que lo era desde antes de haber sido concluido. De él, se recortaba en uno de sus flancos que comunicaba al callejón, una improvisada entrada. La cual se proyectaba en un nivel superior de éste. Una montaña de ladrillos y escombros daba a su acceso.

Apurando el paso, llegué al pie de la improvisada escalinata. La ancha oquedad en la alta pared era perfectamente delineada por aquella fría luz. Que a su vez, era hórmada por el perfil de cantos rectangulares. Un pobre marco para un cuadro matizado que su idéntico ribete. De esto, surgía un leve pregón irreconocible en donde me encontraba. Pregón surgido de una garganta humana con claros destellos afónicos. Una y otra vez, repetía lo mismo sin poder entender lo que voceaba. Tomando fuerzas de por aquí, de allá (o no sé de donde diablos), me dispuse a subir por entre los escombros y poder salir de mi duda.

El Llanto de Morelos

Con dificultad, trepé por el accidentado montículo. Más que escalando, gateando, temeroso de dar un paso en falso hacia los oscuros costados de éste; pese a tenerlas todas en contra mía, llegué sin aliento a su rala cúspide. De ahí seguir a su imprecisa entrada. Desde el lugar, pude escuchar con toda claridad el pregón aquel del principio:

“¡Sueñosss! ¡Lleve sus sueños de hoy! ¡Sueñosss…!”

¿Sueños?, me dije. ¿Aquí se consiguen quimeras libres? ¡¿Libres…?! ¡Si! Libres de todo impuesto masivo.

Sonaba increíblemente extravagante. Pero la oferta se antojaba tentadora. ¿Por qué no? ¿Un mercado negro de sueños? Aun no salía de mi asombro, al tiempo que contemplaba el interior de la habitación. La cual no tenía más piso que el de concreto terregoso. Limitado por paredes de tabique desnudo, sobre manchónes de yeso desteñido. El pregón se escucho de nuevo un dejo de duda, debido quizás al atisbar mi presencia. Ya no pude contenerme y crucé el ralo umbral. El cual, era custodiado por un viejo quinqué‚ del que emanaba la mencionada luz delatora. Tal artefacto posaba su existencia sobre el cuello serenado de un manquee‚ de aparador.

Aquella muñeca destartalada se erguía sombre su única pierna, ya que la faltante era remplazada por un tosco tablón de madera, conformando una astillada pata de palo. La coja Venus de Milo podía ser el resultado de algún artista conceptual anónimo. Presumiblemente perdida por alguna razón, como yo lo estaba. Pasando de largo aquella visión arrabalera, otra de tras mostraba a un hombre sentado sobre el impío suelo. Ante él, se extendía una lona desteñida en la que exhibía pequeñas matas de luces de colores. Chispas perennes que palpitaban con un brillo cristalino. Que lucían la leyenda: “Made in Taiwan.”

Al verme de pie admirando su mercancía, el heraldo volvió a repetir con mayor viveza su pregón de antes.

-¿Éstos son los sueños?- Pregunté sin que se me ocurriera algo mejor.

-Efectivamente, caballero.- Me musitó, sin perder la ocasión de agregar: “Tenemos de todo tipo de ellos. De todos los gustos y sabores.”

Sin siquiera dedicarle a él una mirada, empezó su letanía aprendida de años de repetirla:

-Aquí tenemos los mejores del mercado. Sin necesidad de pagar lujos innecesarios. Los mismos sueños que los grandes almacenes presumen en sus aparadores y… ¡Un momento, por favor!

Se interrumpió para sí, en lo que se aclaraba la garganta con un generoso trago de licor barato. Para luego:

“¡Ejem…! Como iba diciendo: Los mismo sueños que los grandes almacenes presumen en sus aparadores y vitrinas aterciopeladas. Por lo qué veo, usted reconoce la calidad de mi mercancía. La cual esta al alcance de cualquier bolsillo y, sobre todo, sin necesidad de mostrar la senda receta médica. No crea usted señor, que es por una irresponsabilidad

mía que nunca pido el parecer profesional de su doctor. ­No, jamás me atrevería a contradecirlos!

“Si escucha usted mis razones, ver que lo hago por mera caridad. ‘En el

mundo existen personas que sueñan con tener sueño’. Es decir, se apasionan por ellos, y al ir a comprarlos con la mejor intención, les son negados tercamente por personas ajenas a sus ilusiones. Seres inhumanos que argumentan el estar estos en veda penada. Y su uso es limitado con gotero, a precios exorbitantes.

“Yo, consciente por esos intereses sociales, pongo a las ordenes de todo el mundo dicho material, tratando de castigar los precios lo más bajo posible aaa… ¡Disculpe!”

Calló, y otro sendo trago de alcohol de caña se vierte por su reseca boca.
Si escucha usted mis razones, ver que lo hago por mera caridad
 El Viajero

Limpiándose los labios con la deshilachada manga del abrigo, volvió a la carga.

“Como decía: tratando de castigar los precios lo más bajo posible a favor del consumidor que anhela el soñar con dos o tres aventuras en una buena noche de descanso. Llenando de esa forma sus expectativas más caras.”

Y con un grandioso ademán, empezó el recuento mítico de lo que a la vista ofrecía:

“Por ejemplo, esta…” Y alzó con su negra mano una pequeña mota que resplandecía de blancura:

“Mire, tengo sueños espirituales como éste. De esos llenos de simbolismos cabalísticos, que descifran el porvenir de quien los encarna en su karma. “Mucha de la gente que me frecuenta, trata de marca su destino con ellos.”

Sin decir más, colocó en su sitio a la frágil brizna blanca. Para luego bañar su lengua sedienta con el aguardentoso elixir. Señalando así otro sortilegio rosada con su huesudo dedo:

“Éste otro, son de uso pedríatrico y -como dije-, su adquisición es bajo prescripción médica. Pero conmigo… ­J‚! En fin. Igual que esos amarillos de más allá lo hicieran para el empleo gedíatrico. Niños y viejos viven y reviven, respectivamente, sus limpias ilusiones. A decir verdad, ambos sueños son los mismo, pero utilizando el tinte correspondiente, se los ofrezco con exclusivo para ellos. Una mentira blanca no hace daño a nadie. Más, sí se tiñe de amarilla o rosa.”

Sonriendo cínicamente, llevó la botella ambarina a sus labios, con ánimo de proseguir:

“Rojos, para las aventuras intensas. Con ellas llegar a hacer el paladín o el némesis de ensueño; o quizás el ‘héroe villano’ o el ‘villano heroico’. Y si es más atrevido, resultar ser el ‘heroico cobarde’ o el ‘tonto con suerte’, y millones de combinaciones que a capricho de su subconsciente le pueda jugar. O qué decir de estas azuladas, quienes dan la facultad de volar a todo lo largo de ella. Olvidando toda frustración que lo enloquezca en la vida.”

Otra interrupción. Otro espontáneo trago. Y una nueva vuelta de hoja:

“¡Vea esta, jefe…! Esta cosita dorada le permite poseer grandes fortunas durante su corta duración. Fama y fortuna levitan vaporosamente cual corona de diamantes sobre su mente. Siendo fácilmente perdidiza dichas herencias que se desvanecen, y que usted trata de recuperarlas a base de asestar zarpazos reales. Pescándolas impotente de la nada al momento de despertar. Pese a ellos, puede tener a sus plantas a los poderosos, a los heredados y a las grandes masa, en un único instante.

“Grises o cafés para historias sinsabores. Intelectuales del momento las piden por mayoreo. Como por ejemplo, el soñar en despertar dentro del mismos sueño, o en rutinas mundanas, y de esas por el estilo. Materia virgen para crear, dicen ellos.”

Movió negativamente el rostro, sin perder la ocasión de enjugarse con otro trago:

“Tengo visiones de todos los sabores, en blanco y negro o en color. Ligeros, suaves o secos, cargados o dietéticos. Con trama final o a medio contar; con causa o sin ella. La mayoría incluyen sensaciones táctiles para darles un toque de realismo.

“Viendo que usted es un individuo serio, estos de aquí abajo son ideales para poner los cabellos de punta sin salir de su cama, y…(Trago, y seguido) Pruebe estos oscuros, que no son otra cosa que pesadillas en persona. Seres malignos e infernales, terrenales o ignotos; así como crímenes culposos y situaciones tensas lo acorralaran sin escape aparente. O sólo el verse con algún miembro faltante de su cuerpo que considere parte esencial de su masculinidad. ¿Qué decir de la pérdida de un ser amado y otras situaciones semejantes lo harán volcarle el corazón al instante mismo de despertar? Adrenalina pura, que intoxica de manera exquisita su ser. Si es su adicción predilecta. (Trago más). Y éstos y más, los tendrá al ridículo precio de un día de trabajo. Ahora bien… Podemos envolverle ahora mismo los que guste llevarse, señor.”

En su enésimo sorbo etílico, el hombre de barba rala miró a su alrededor de manera sigilosa. Con un dedo, me indicó acercarme a ‚l para contarme algo más en privado. Y lo mas extraño, es que estábamos ya en privado. En voz baja y con aliento alcohólico, sumó a su oferta, esto:

“Y sí al caballero no le ofende, tengo sueños eróticos. De esos que se marcan con XXX.” Metiendo así su mano izquierda al interior de una caja de cartón destemplada (la cual ostentaba en sus cuatro caras verticales, una cierta marca de detergente para ropa interior). Para luego, asomarla con tres borlas de luz fosforescentes y texturas carnosas:

“Vea su voluptuoso latir es en extremo pecaminoso. Tentador. Imposible de ser rechazar hasta por la persona m s recatada. Sabiendo, que éstas personas son las más susceptibles de todas de estos sueños íntimos. Con ellos ninguno de los que le rodea sospecharán que goza pecaminosamente con ellos durante su jornada de descanso.

“Así que, llévese cada una de estas al mismo precio de… ¡Hoy, por hoy!”

Escuché con atención estas palabras finales, que saboreé mal sanamente. Y sin embargo, aun no desidia qué hacer o cual de todos compraba. Para el ojo consumidor (experto en la materia), esto era simplemente irresistible. Irresistiblemente ilícito para la profesión médica o psiquiátrica. Y todo, con sólo dar cualquier día laborado.

 

Transcurrido un lago rato, sin lograr elegir entre el total de su mercancía era la que más me llenaría. Aprovechando la situación, el muy ladino al ver como se le escapaba la venta, lanzó su último ‘as bajo la mesa’, en desesperado intento. Digno de empedernido kamikaze que hubiera existido:

“Muchos que viene por vez primera aquí, padecen de esta ansiosa duda que no les permite decidir en su compra. Por esto mismo…”. Al decirlo, surge de entre sus ropas una coctelera plateada. “Le mezclo tres sueños diferentes por el precio de uno. Oferta del tres por el mismo precio. No aplica para pesadillas, cabalísticos o tres equis.”

En el trasto sucio, coloca tres al azar. Duda. Reflexionar, y al acto, coloca un cuarto más.

“Le regalo otro para que sea mi cliente frecuente.” Y cerró la tapa. Sin dejar de mezclar con sus hábiles manos. Cual profesional cantinero, sirve la fosforera amalgama en una copa cónica, ahogando una aceituna rellena dentro de ella. Alargando su brazo en signo de ofrecimiento, la cual ceñí con dos dedos por su esbelto talle. Pagando así la cuota ofertada sin remordimientos. Con curiosidad, bebí el extraño martini de un sorbo. Sin antes el comerciante dedicarme un brindis chocando su botella contra mi trago.

Su amargo gusto en mi paladar fue en extremo repelente. Todo empezó a dar vueltas. Licuando la luz de la lámpara de ferrocarrilera y su torneado pedestal, junto con las paredes desnudas manchadas de yeso, la entrada informe, y al hombre mismo, en imágenes que se embarraban en la retina. Sentí caer sobre la espalda con gran fuerza. Parecía inevitable el golpe. Cuando, desperté de mi profunda siesta…

Con dificultad, abrí los párpados que pesaban como el plomo. Me incorporé sobre las mantas de la cama, para luego consular la hora del despertador:

-Las seis y media.- Observé.- La noche terminó. Tengo una cita a las diez…!

Una idea tachó mi mente aun dormida. Miré, y miré a mi alrededor buscando en la penumbra del cuarto al indigente vendedor de baratijas para -sin razón alguna- el de encontrarlo y reclamale.

-¡Me estafó!- Rabioso grité. Sólo me dio un sueño por… ¡Maldición, no! Me había dado cuenta de que muy sinvergüenza me había dado sólo uno – el del mismo hombre del callejón -, en toda la velada.

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Acerca del autor

Americo Valadez

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