Literatura

El Mejor Regalo

El Mejor Regalo - Literatura

Aquella mañana del año 2010, cuando me levanté, estaba nevando. Era el 21 de diciembre. Colocada detrás de la ventana y abstraída en mis pensamientos más íntimos, miraba como caían los blancos copos de nieve que, poco a poco, iban cobren el suelo. Estaba sola. No quiero decir en ese momento, quiero decir que me había quedado sin nadie con quien compartir mi vida. Y la próxima llegada de la Navidad me ponía aún mucho más triste.
Pero no crean que no me gusta la Navidad. Estas fiestas siempre me han fascinado. Me gusta ir a comprar los regalos, preparar los platos típicos de estas fechas, ver las calles ataviados con luces de muchos colores, la gente paseando … Pero, aquella Navidad era diferente; todo esto, que antes me gustaba tanto, ahora me molestaba. No soportaba salir a la calle y ver cómo las familias hacían sus compras; las luces, que tanto me habían gustado, ahora me parecían un desperdicio de dinero. Todo lo que se relacionara con estas señaladas fechas, en que las familias aprovechan para reunirse y celebrar todos juntos, se me hacía insoportable.
La realidad, que aún yo no quería ni podía aceptar, era que mi hombre me había dejado por otra mujer y yo me había quedado sola precisamente por estas fiestas. Estaba deprimida y no dejaba de pensar el porqué de su decisión. Aún peor, me culpaba a mí misma y me hacía las preguntas más estúpidas que ustedes se puedan imaginar: “¿Por qué me ha dejado?” -Me preguntaba-, “Tendré tenido yo la culpa?” … Y remataba el escena con mis tristes respuestas: “Quizás si hubiera sido un poquito más atenta …”, “Tal vez no le hacía bastante caso” … Pero nunca se me ocurría pensar que él podía ser también culpable de esta situación y , por supuesto, acababa mi mala interpretación diciendo: “Quizá se arrepienta de haberme dejado y vuelva a casa!”. Tristes reflexiones! -pienso ahora desde la lejanía que proporciona el paso del tiempo.
Pero, continuamos con mi historia. Por si las cosas ya no estuvieran suficientemente complicadas para mí, tenía vacaciones durante todas las fiestas navideñas. Demasiado tiempo libre para pensar sin ninguna obligación que al menos distrajera un poco mis funestas ideas!
Por la tarde, me llamó la Rosa, una amiga mía. Quería que salieran a cenar fuera para hacerme una proposición. No quise salir de casa, ya veía lo suficiente por la ventana. Así que la chica se presentó a las nueve en mi casa cargada con dos bolsas llenas de comida china:
– Te he dicho que no quiero ver a nadie -le dije.
Ella, haciendo caso omiso de mis palabras, dijo:
– He traído comida china! Sé que te gusta mucho!
– No tengo ganas de comer! -respondí.
– Pero, si ni siquiera lo has probado! Seguro que hoy aún no ha comido nada! Cenaremos, y, ya con el estómago lleno, te haré mi propuesta. Te aseguro que te encantó!
Tenía razón, pero sólo en una cosa. Abstraída dentro de mis reflexiones no había pensado en comida. Además, no tenía hambre. Pero, más que nada para que se callara y acabaran más rápido, acepté comerme un rollito de primavera y un poco de fideos chinos, nada más.
– Y ahora quisiera conocer tu propuesta lo antes posible que después quiero ver tranquila una peli que hacen en la televisión.
– ¿Qué muestras más efusivas de amabilidad! Pues, … Pasado mañana marcho con una ONG en Burundi y …
– No te enrolles, que yo no tengo ganas de hablar! A ver, al grano! Qué quieres de mí?
– Pues, … Quisiera que vinieras conmigo.
– No! ¿Qué quieres que haga yo me África? Yo lo que quiero es que te vayas de una vez de mi casa y me dejes en paz!
– Bueno, ya me voy. Pero, quisiera que hicieras un pensamiento! Salir fuera te vendría de maravilla. Tienes tiempo hasta mañana a mediodía para darme una respuesta.
– Fuera! -grité- Estoy harta de oírte decir tantas tonterías.
Cerré de un portazo. Los nervios estaban a punto de destrozarme. De repente, me va a empezar a venir un fuerte dolor de cabeza. Fui a la cocina y me tomé dos aspirinas disueltas en un vaso de agua y decidí tumbarme en la cama un rato para ver si me pasaba. Pero, aunque sea sorprendente, me quedé dormida y no me desperté hasta la mañana siguiente. El dolor de cabeza, por suerte, se había ido.
Como la otra mañana me coloqué detrás de la ventana y me puse a mirar hacia la calle recreándose de nuevo en mis males. Pero, sin ni siquiera darme cuenta, me volvieron a la mente las palabras de mi amiga. Qué locura! -pensé. – Pero … ¿Y si no fuera una idea tan absurda? Y si sirve para distraerme un poco? La verdad es que en ese mismo momento el hecho de ayudar a los niños de Burundi no me importaba lo más mínimo. Todo me era bien igual. Esto que yo suelo ser una persona bastante solidaria! Pero, en este momento, lo único que tenía metida en la cabeza era mi desgracia que yo pensaba que era lo peor que me podía pasar en este mundo. Pero … -volví a reflexionar. Y sin más dilaciones, cogí el teléfono y llamé a mi amiga. Cuando lo cogió, sólo dije: – Voy! Pasa a recogerme mañana. Y colgué.
Así, al día siguiente, me encontré dentro de un avión que volaba hacia Burundi. Cuando llegamos a él, ya era de noche y sólo tuvimos tiempo de instalarnos en una especie de chozas hechas de madera. Nada de comodidades, por supuesto! Pero, de nuevo, tal vez por el cansancio y el estrés acumulados, dormí toda la noche de un tirón.
Por la mañana, el despertador sonó a las cinco de la madrugada. No me lo podía creer! Dónde íbamos a estas horas? -pensé- Nadie levantaba tan temprano! Pero mi sorpresa fue tremenda cuando al salir, vi que todo el mundo ya estaba ocupado en sus respectivas tareas.
Nosotros dos, la mañana, el dedicábamos a preparar la programación de las actividades que llevaríamos a cabo en las tardes con los niños: talleres de limpieza, de manualidades, etc. Algún día, los liberábamos de sus tareas habituales y hacíamos pequeñas excursiones para que nos mostraran las bellezas de su país, que la verdad son muchas. Los sábados por la mañana, dedicamos a jugar con los niños y les enseñamos a nuestros juegos infantiles más típicos. Ellos, como compensación, siempre nos regalaban una hermosa sonrisa.
Eran los mismos niños que por las mañanas antes de ir a la escuela, los que podían ir, dedicaban mucho tiempo a acarrear agua con un bidón durante largos trayectos. Algunos de ellos, incluso, cargaban en la espalda con su hermano de pocos meses. Además, solían ir descalzos y con la ropa sucia y rota. Pero, nunca perdían esa sonrisa que los caracterizaba. Por mínimo que fuera el detalle que tuvieras con ellos, a veces tan sólo una caricia o una palabra de ánimo, ellos te daban las gracias y te regalaban uno de esos sonrisas tan sinceros. Y me daba mucha pena pensar que yo me pasaba todo el día quejándome por cosas que en realidad eran futilidades si las compara con los problemas que sufría aquella gente que, sin todos sus males, aunque guardaban una sonrisa para ofrecerle t ‘lo y hacerte sentirte feliz de estar allí entre ellos. En Burundi, aprendí a valorar todo lo que tenía y dejar de ver tan solo las cosas malas que nos ofrece la vida. Este fue el mejor regalo que me han dado en toda la vida en Navidad: La sonrisa de un niño!
Cuando volví a casa, todo había cambiado para mí. Veía las cosas de otra manera. Finalmente, había vuelto a la realidad, pero con mucha más fuerza de la que antes poseía. Una mañana, paseando por la calle, me crucé con mi ex. Iba con ella de la mano. Yo sonreí y sólo pensé: “Tú te lo pierdes!”.

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Fabi

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