Literatura

El Museo de Historia (relato de una experiencia paranormal). Cuarta parte.



El Museo de Historia (relato de una experiencia paranormal). Cuarta parte. - Literatura

…y de su interior salió un sacerdote joven, que sobresaltó a mi madre, pues justo en ese momento, ella había entrado en la pequeña ermita, y todavía su vista no se había acabado de acostumbrar a la penumbra reinante en el interior, cuando, de repente, irrumpió aquel joven.

Yo, desde mi escondite, pude ver cómo el joven sacerdote, sonriéndole, enarcaba las cejas y, con un leve movimiento de su mentón, señalaba hacia la pila bautismal, indicándole así, que detrás de aquel ornamento religioso se hallaba aquello que ella tanto anhelaba encontrar, o sea, yo.

A pesar de que ella nunca había practicado deporte alguno en toda su vida, era una atleta natural que podía correr bastante rápido, incluso con tacones, y que gozaba de gran rapidez de reflejos, así que, cuando yo me di cuenta de que el joven sacerdote me había delatado, me incorporé y salí de detrás de la pila bautismal con la intención de adelantar mi plan de fuga, pero mi madre, de dos zancadas, se interpuso entro la puerta y yo, y, acto seguido, me sujetó por un brazo, para asegurarse de que no pudiera volver a escaparme.

-¡Me has dado un susto de muerte!, ¡no vuelvas a cruzar una calle, así!..¡a lo loco!, ¿me has entendido?-me dijo, más bien me gritó, visiblemente enfadada conmigo, abriendo desmesuradamente sus bonitos ojos verdes. Acto seguido, dándose cuenta de que no era muy apropiado pegar gritos en el lugar en el que nos encontrábamos, se volvió hacia el sacerdote, para pedirle disculpas:

-¡Discúlpeme, padre, pero es que este niño, en ocasiones, me saca de mis casillas!

-¿“Padre”?-recuerdo que pensé yo, extrañado, ante el hecho de que mi madre le dispensara aquel tratamiento a un hombre al que yo era la primera vez en mi vida que veía y que, además, parecía bastante más joven que ella.

-No se preocupe, señora, estoy seguro de que Dios sabrá perdonar su falta, dadas las circunstancias en las que se ha producido-bromeó el sacerdote con ella-Y, ¿puedo saber a qué obedece el hecho de que este hombrecito haya huido de usted, señora?

-Pues verá, padre, a mi hijo le ha empezado a dar pánico visitar el hospital que está ahí, enfrente, porque dice que se le aparece una monja con un aspecto terrible…-comenzó a decir mi madre.

-Por favor, señora, no se detenga ahora, porque, eso que dice, me interesa mucho-le dijo el joven sacerdote.

Y, acto seguido, mi madre se explayó, contándole al joven cura, con todo lujo de detalles, todas nuestras visitas al centro hospitalario, comenzando por mis encuentros con Carlitos… eso sí, sin aflojar, un ápice, la presión que ejercía, con su mano derecha, en mi antebrazo izquierdo.

Mientras tanto, el joven sacerdote escuchaba a mi madre con el máximo interés, asintiendo de vez en cuando, con la cabeza.

Pero, en un momento dado, mi madre alzó su brazo, para mirar la hora en su reloj de pulsera, interrumpiendo, abruptamente, su relato, para decirle al sacerdote:

-¡Uy, discúlpenos, padre, pero tenemos de irnos de inmediato, pues ya llegamos tarde a la cita con don Guzmán!

-Sí, sí…desde luego, vayan. Pero me gustaría hablar con usted, señora; creo que lo que yo tengo que contarle va a interesarle…y mucho-respondió, enigmáticamente, el joven cura.

-Desde luego, padre. Dígame qué día, y a qué hora, debo venir, y aquí estaré-le contestó, a su vez, mi madre.

-Yo doy una misa diaria, aquí, de ocho a nueve menos cuarto, aproximadamente, y, luego, permanezco en el confesionario por espacio de una hora para el caso de que venga algún parroquiano, aunque, luego, no aparezca ninguno; si vienen más, estoy aquí el tiempo que haga falta, pero, en principio, como mínimo, permanezco aquí hasta las diez. Puede usted venir entre diez menos cuarto y diez el día que le venga bien-le explicó el joven cura.

-Muy bien, padre. Probablemente venga pasado mañana, cuando solucione con quién dejar a Quique, porque, supongo que será mejor que venga sola, ¿no, padre?-le inquirió mi madre.

-Eeeeh…sí, ¡desde luego! Venga usted sola-contestó él, al tiempo que mi madre asentía, sonriéndole, a modo de despedida, y se giraba para emprender el camino hacia el hospital

Comprendiendo que estaba muy próximo el momento de volver a enfrentarme a aquel lugar que me inspiraba el pánico más absoluto, traté de detener nuestra marcha frenando con mis piececitos, al tiempo que inclinaba mi cuerpecito hacia atrás, en un esfuerzo estéril ante la superioridad física de mi madre.

El sacerdote, percatándose de mi angustia y apiadándose de mí, me acarició la cabeza, tratando de tranquilizarme, al tiempo que me preguntaba:

-Yo soy el capellán de ese hospital; es decir, soy cura del hospital; también trabajo allí, Quique-me explicó, cayendo en la cuenta, al tiempo que me lo decía, que un niño de mi edad difícilmente sabría lo que era un “capellán”-¿estarías más tranquilo si te acompañase?

Yo no sabía muy bien por qué, puesto que, debido a mi corta edad, no entendía nada de lo relacionado con la religión; con la fe; con las iglesias y los curas…pese a que mis padres me llevaban, todos los sábados por la tarde, a misa con ellos; pero el cierto caso era que el estar en una iglesia me inspiraba paz y que la presencia de este sacerdote me inspiraba confianza, seguridad, así fue que asentí con la cabeza.

-Muy bien, pues si tu madre no se opone…-comenzó a decir, mientras interrogaba a mi madre con la mirada-…les acompaño.

Mi madre, le sonrió y le contestó:

-Por supuesto que no me opongo, padre; es más, en vista de que a mi hijo le tranquiliza su presencia, le ruego que nos acompañe.

Y así fue que los tres emprendimos el camino en dirección al hospital; yo, en el centro, “escoltado” por mi madre, y por el joven cura, mientras  este no paraba de hablarme para distraerme y, de este modo, tranquilizarme:

-¿Sabes, Quique?, don Guzmán es uno de los médicos más veteranos y más queridos que hay en el hospital. “Veterano” quiere decir que es uno de los médicos más antiguos que hay en el hospital; no es “antiguo” en el sentido de que sea uno de los médicos más viejos, sino en el sentido de que es uno de los que lleva  más tiempo trabajando en él-dijo el sacerdote mientras encarábamos la ancha escalinata que nos llevaría a la puerta de entraba del hospital-Yo creo que este ha sido su primer, y único, destino desde que es médico, aparte de la consulta privada que tiene en el Puerto de la Cruz. Es un hombre muy querido aquí, pues nunca deja a ningún paciente para otro día y nunca se ha negado a realizar una visita domiciliaria cuando ha sido necesario hacerlo…

Evidentemente, yo no entendía muchas de las cosas de las que me hablaba el sacerdote, y este, por último, tampoco se molestaba en aclarármelas, pues de lo que se trataba era de hablar y de que yo pensara, lo menos posible, en que me encontraba en el lugar más temido por mí.

De pie, ante el mostrador de información que había en el piso “a nivel de calle”, esperamos a que alguien fuera a avisar a don Guzmán de nuestra presencia, pues, como ya es sabido, este había aceptado que esta última consulta se celebrara en la de un colega suyo, para evitarme el tener que pasar por el mal trago de tener que volver a ir a la suya. Mientras tanto, el joven sacerdote, que no dejaba de devolverle el saludo a mucha de la gente que pasaba por allí, continuaba con su incesante perorata, que versaba sobre don Guzmán y sobre el hospital, que causaba un efecto tranquilizador en mí.

-“Buenos días, padre Mario…”;”hola, padre Mario…”;”adiós, padre Mario…”;”¿cómo está, padre Mario?…”-estaba claro que el joven sacerdote era muy popular entre el personal del hospital y también entre los visitantes habituales. De esta manera fue que nos enteramos, tanto mi madre como yo,  de que se llamaba “Mario”.

Como a los diez minutos de haber llegado, apareció Patricia, exhibiendo su perpetua sonrisa:

-¡Hola, Quique!…doña Adela…padre Mario-nos saludó a todos, al tiempo que inclinaba la cabeza-Don Guzmán me ha encargado que le hagamos las últimas radiografías al caballerete, para asegurarnos de que todo esté  tan bien, o mejor, que la última vez; así es que, ahora, nos vamos a ir a “rayos”, para que se las hagan y, una vez que las tengamos, don Guzmán bajará para pasar la consulta.

Dicho esto, todos la seguimos por el largo pasillo que nos llevaría a “rayos X”, en donde me quitarían los vendajes y me harían las “placas”, sin volverme a poner aquellos, porque era de suponer que me darían el alta.

Una vez que hubimos llegado a nuestro destino, mi madre y el padre Mario se acomodaron en unas sillas que había en el pasillo, mientras que Patricia abrió una puerta, empujándome hacia el interior de una estancia que yo ya conocía muy bien, pues la había visitado todas las veces que había estado allí. Antes de entrar, me volví para mirar a mi madre y al joven cura.

-Estaremos aquí, esperando por ti. No te preocupes por nada-me dijo mi madre, al tiempo que, ambos, me sonreían.

Una vez dentro, Celia, la enfermera que siempre estaba allí, y que no paraba un solo segundo, me dedicó la mejor de sus sonrisas, como siempre hacía, al tiempo que me saludaba:

-¡Hola, Quique! Me he enterado de que esta será tu última visita; te echaremos de menos. Y, ya sabes…la próxima vez que te vayas a bajar de la guagua, espera a que esta se pare del todo-dicho lo cual, los tres nos reímos.

-Corazón…-empezó a decirle a Patricia, al tiempo que le señalaba la máquina de rayos X, parcialmente desarmada-…tengo que ir a buscar a alguien de mantenimiento, pues la máquina no funciona; en cinco minutos regreso.

-Pero no tardes más de eso, Celia; pues, en un momento, tengo que ir a recibir a un paciente de movilidad reducida, al mostrador de información y Quique no se puede quedar solo-le informó, a su vez, Patricia.

-Sí, descuida.

Yo permanecí en una silla, sentado, mirando las viñetas, pues todavía no sabía leer, de un ajado “colorín” (asi llamábamos a los “tebeos” en Canarias) que allí tenían, mientras que Patricia ojeaba algunas fichas de pacientes que Celia tenía la paciencia de cumplimentar, y que custodiaba en el interior de uno de aquellos muebles metálicos que había en casi todas las oficinas de la época.

De cuando en cuando, la enfermera miraba, con gesto que denotaba impaciencia, su reloj de pulsera, pues estaba claro que los cinco minutos de los que había hablado Celia, hacía tiempo que habían transcurrido sin que ella hubiera regresado. En un momento dado, se dirigió hacia la puerta y la abrió, con la esperanza de ver aparecer a su compañera, al final del pasillo, pero eso no sucedió; tampoco mi madre y el joven cura debían de haber estado allí,  aunque si vio a otra enfermera que, en ese mismo momento, salía al pasillo, procedente de una estancia próxima.

-Raquel, ¿puedes venir un momento, por favor?-oí, cómo Patricia inquiría a su otra compañera.

Acto seguido, oí unas pisadas que se aproximaban a la puerta y oí cómo Patricia y esta otra mujer cuchicheaban algo. Seguramente, la enfermera de don Guzmán le explicaría a su compañera que yo no me podía quedar solo y que ella tenía que ausentarse por algunos minutos, así que, supongo, le pediría que se quedara conmigo.

-Sí, desde luego; vete tranquila-oí que le decía, por último, esta nueva enfermera, a la que no conocía y que entró en “rayos”, para sonreírme, antes de que Patricia se marchara, no sin antes darme algunas explicaciones:

-Quique, yo me tengo que ir por unos minutos, pero te vas a quedar con Raquel, hasta que, o bien yo, o bien Celia, regresemos, ¿de acuerdo?

Dado que iba a estar acompañado, no realicé objeción alguna y continué mirando mi “colorín”, mientras Patricia salía por la puerta.

De repente, la luz se apagó y la estancia quedó sumida en la penumbra, pues sólo quedó iluminada por la tenue luz que entraba través de un pequeño ventanal que quedaba en lo alto de la misma. Raquel, la nueva enfermera, rezongando, se dedicó a revolver las gavetas y los armaritos que había en aquella estancia buscando, supongo, una linterna, una vela o algo que sirviera para no estar en aquella semi-oscuridad y al no encontrar nada que sirviera para aquel propósito, súbitamente, me dijo:

-Voy a buscar una linterna; en dos minutos regreso…-y, dicho esto, sin darme tiempo a objetar nada, salió por la puerta. Esta, de repente, se cerró con enorme violencia, ocasionando un enorme estruendo, y, acto seguido, vi cómo el picaporte de la puerta se movía, frenéticamente, de arriba hacia abajo, accionado por la propia Raquel, que me preguntó, desde el otro lado de la misma:

-¿Has cerrado tú?

Y no formuló la pregunta con mucha convicción, pues a mí me habría resultado imposible levantarme de mi silla y cerrar la puerta, con aquella rapidez, y, por otra parte, yo no tenía la fuerza necesaria para cerrarla con aquella violencia.

-Nooo…-respondí con voz temblorosa, desde la intuición de que aquello que estaba sucediendo no era normal y que, por tanto, estaba asistiendo a uno de aquellos inexplicables sucesos de los que era testigo cada vez que visitaba aquel lugar.

-¡Intenta abrir tú, la puerta, desde dentro!, ¡tira del picaporte!-me gritó Raquel, desde fuera.

Yo, muerto de miedo, me levanté de mi silla, notando que tenía todos los vellos del cuerpo erizados y percibiendo la descoordinación motora que solía afectar a mis pequeños músculos cuando era presa del pánico.

Justo cuando alcancé la puerta, y me colgué del picaporte, con las dos manos, tratando de abrirla, empecé a percibir el nauseabundo olor de ocasiones precedentes, así como el mismo frío, tan intenso como súbito. Y, conocedor de lo que aquello significaba, comencé a llorar, aterrado, yéndome hacia uno de los rincones de aquella estancia, en busca de una inexistente protección, y envolviéndome sobre mí mismo para, de esta forma, hacerme todo lo pequeño que pudiera, con la misma vana esperanza, de ocasiones precedentes, de hacerme invisible a aquella aparición diabólica que tanto temía, y que se hizo realidad.

El humo que, en ocasiones precedentes, había precedido a la aparición de la monja venida del averno, se empezaba a hacer presente, en el centro de la estancia en la que yo me encontraba, a la vez, que, al igual que las otras veces, la temperatura comenzaba a bajar de forma ostensible. Y también, al igual que en las otras ocasiones, cubrí mi rostro con mis manecitas, para no ser testigo de tan aterrador espectáculo.

-Jajaja…hoy no has visto a tu amigo, ¿verdad?-oí que, en mi cerebro, me decía aquella aguda e hiriente “voz”-Eso se debe a que ya no está entre nosotros; al final he podido enviarlo al infierno, de donde ya no podrá salir, por lo negro de su alma.

Yo no quería contrariarla, para no incurrir en su ira, pero, como ya he explicado, nosotros no nos comunicábamos a través del lenguaje oral, sino que establecíamos una especie de canal telepático, de forma que ella podía “escuchar” lo que yo pensaba.

-No, eso es mentira; Carlitos no es malo y tú sí que eres mala. Carlitos me ha contado que lo castigas sin que te hubiera dado ningún motivo-pensé.

-No me lleves la contraria y…¡mírame cuando te “hablo”, niño!

Una vez dicho esto, alcé mi rostro, que había mantenido oculto entre mis manos, y estas apoyadas en mis rodillas. Y, otra vez, quedé impresionado por aquellos ojos hundidos en aquellas oscuras órbitas y, sobre todo, por aquella mirada que traslucía toda la maldad que imaginarse pueda.

-Te aterran mis ojos, ¿eh? Pues ellos son el reflejo de toda la maldad que han visto en este mundo. Y tú formas parte de este mundo y, por tanto, eres parte de esa maldad. Tú crees que hoy será la última vez que vengas a este lugar, pero volverás a él y nos volveremos a encontrar, y entonces…Recuerda mis palabras: aunque no lo sepas, volverás a este lugar-y, dicho esto, sor Sofía desapareció envuelta en la nube de humo en la que había aparecido, la cual, a su vez, también desapareció, difuminándose en el aire. Con la desaparición de ese humo, también desaparecieron el nauseabundo olor y el frío intenso que había estado haciendo que tiritase, todo el tiempo.

En esto que la puerta se abrió y apareció un tropel de gente entre la que se encontraba mi madre, el padre Mario, Patricia, Celia, Raquel, don Guzmán y un señor que sujetaba un destornillador, en una mano, y la parte del picaporte que daba hacia el exterior.

Mi madre me abrazó, y al ver que tiritaba, en un acto casi reflejo, me puso la mano en la frente, para ver si tenía fiebre. Todos estaban pendientes de mí, por eso nadie se percató de la reacción del padre Mario, al entrar en aquella habitación, pero yo sí me di cuenta de esa reacción porque, quiso el azar, que estuviera observándolo en ese momento. Al principio, puso cara de desagrado, como si estuviera percibiendo un olor insoportable; luego, se dirigió hacia una pared, para apoyarse en ella, porque parecía que estuviera mareado.

 

 

 

 

 

 

 

 

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