Literatura

El Museo de Historia (relato de una experiencia paranormal). Tercera parte.



El Museo de Historia (relato de una experiencia paranormal). Tercera parte. - Literatura

Aterrado como estaba, ante la visión de aquella extraña niebla que, por momentos, se iba volviendo más y más densa, más y más oscura, y que parecía que tendía a adoptar  una forma concreta, pues se iban delimitando los contornos dejando claro que esto no tenía nada que ver con el humo o la niebla habituales, sin límites, o con límites pero difuminados, no pude hacer otra cosa que permanecer inmóvil.  Mi intención era la de salir corriendo y refugiarme en los brazos de mi madre, pero el pánico atenazaba  mis pequeños músculos y la idea de tener que pasar cerca de “aquello”, antes de poder alcanzar la puerta, se me hacía insoportable; parecía que se hubiera producido algún tipo de cortocircuito en mi ser y que mi cerebro fuera por un lado y mi cuerpo por otro, no obedeciendo a los dictados de aquél;  tampoco podía gritar, pidiendo auxilio a los que se encontraban en la habitación de al lado, pues además de que, a duras penas, podía abrir la boca, era absolutamente incapaz de articular sonido alguno.

Cuando ya aquel humo estaba adquiriendo, inequívocamente, la forma de una figura humana, realizando un enorme esfuerzo, fui capaz de llevarme las manos al rostro, para poder, así, tapar mis ojos y no ser testigo de ello, pues estaba seguro de que esa figura sería algo monstruoso; incluso, pude encogerme sobre mí mismo, intentando hacerme más pequeño de lo que ya  era, con la esperanza, creo yo, de suscitar la compasión de “aquello”, fuera lo que fuese, y que se marchara, dejándome  tranquilo. Pero eso no ocurrió y, por el contrario, como si pudiera darme órdenes sin emitir sonido alguno, bajé las manos, en contra de mi voluntad, para comprobar el aterrador resultado de aquella súbita aparición; y lo que vi sería un recuerdo que habría de acompañarme toda la vida: ante mí se encontraba la aterradora figura de una mujer vestida con unos hábitos muy parecidos a los de las monjas que había visto caminando por la calle de La Rosa, cuando mi madre me llevaba a saborear una de aquellas deliciosas horchatas, a la dulcería “La Alicantina”, casi justo enfrente del Hogar Escuela, el colegio en el que estas religiosas llevaban a cabo su labor educativa y pastoral; o a los de las que había visto por las inmediaciones del colegio Pureza de María, colegio que estaba cerca del Colegio Alemán, en el que estudiaban mis hermanas, sólo que los hábitos de las primeras eran de color marrón oscuro, y gris claro, en el caso de estas segundas; sin embargo,  en el caso de esta aterradora aparición, el hábito era de color negro, de un siniestro color negro, aunque lo más espantoso era su rostro…un rostro como no había visto, ni vería, nunca más en mi vida; un rostro que si se pudiera decir que el mal tiene rostro, este lo podría haber encarnado a la perfección; un rostro que se me quedaría grabado en mi memoria a fuego; un rostro que, a lo largo de mi vida, haría que,  muchas noches,  me despertara en mitad de una terrible pesadilla, con el cuerpo absolutamente empapado en sudor, aunque en el exterior estuviera nevando; un rostro que, a pesar de haberlo evocado en multitud de ocasiones, consciente o inconscientemente, no sé si voy a  ser capaz de describir, porque aunque fuera el mejor escritor que haya existido, que no es el caso ni de lejos, intentar hacerles ver el mal es como intentar describir los colores…y aquel rostro era el rostro del mal. Pero voy a intentarlo, aunque a medida que vaya escribiendo las palabras que pretendan dar forma a la terrible imagen que retengo en mi memoria, todos los músculos de mi cuerpo se pongan en tensión y sienta un escalofrío que, pareciendo tener su origen en la base del cráneo, en la nuca, desciende recorriendo toda mi espalda, como si de una corriente eléctrica que fluyera por mi columna, se tratara: un rostro con forma de óvalo y de una blancura semejante al del mármol de las más finas esculturas que llegara a contemplar a lo largo de mi vida, transmitiendo, además, la frialdad de ese mármol y “rota” solo por las cuencas de los ojos que se oscurecían para albergar los ojos más terroríficos que fuera a contemplar en mi vida y que dejaré para el final de esta descripción; esa blancura del óvalo del rostro que, enmarcada en lo negro del hábito, daba la sensación de ser mucho más pronunciada, aún; unos labios muy finos, casi inapreciables, no tanto por su delgadez como por la ausencia, casi total, de pigmentación; una nariz aguileña de lo más “ganchuda” que fuera a ver en mi vida; unos pómulos muy marcados y angulosos; los pómulos propios de alguien que no hubiera comido en muchos días, en semanas tal vez,  y llegamos a los ojos…unos ojos hundidos en unas cuencas oscuras que ya mencioné con anterioridad, pequeños, vidriosos, sanguíneos y con una esclerótica amarillenta…unos ojos que se te clavaban como puñales, pareciendo horadar el interior de tu ser. Pero, aún,  siendo terrible el rostro en sí, lo más aterrador era su expresión; era una expresión de maléfica diversión, como si disfrutara con el pánico que despertaba en mí; con una sonrisa que más parecía una desagradable mueca acentuando unas líneas de expresión muy pronunciadas alrededor de la boca y de los ojos; y los ojos… siempre los ojos…aquellos ojos de mirada fría y penetrante que parecían escudriñar en lo más profundo de tu alma.

Nunca me he podido explicar cómo lo hicimos, pero el caso era que nos comunicamos sin emitir sonido alguno, como si estableciéramos una conversación telepática; y a pesar de lo pequeño que era y de todos los años que han transcurrido desde entonces, recuerdo, con exactitud, todas y cada una de las palabras que me transmitió  aquella diabólica aparición:

-Voy a hacer que tú, y tu amigo, no volváis a reuniros nunca más. Tu amigo está infectado y lo está a consecuencia de cosas que él, o su familia, hayan podido hacer.

Pero lo más extraño era que sin que aquel ser perverso hubiera pronunciado una palabra, yo era capaz de “ponerle voz”; yo era capaz de asociar esas palabras a una voz cascada y aguda que se intentaba disimular “susurrando”; una voz que denotaba pertenecer a una mujer mayor.

-Carlos ha sido malo, y por eso Dios lo ha castigado con una terrible enfermedad que desfigurará su rostro; que consumirá su cuerpo. No debes de jugar con él, pues para purgar su pena, debe de experimentar todo el sufrimiento que sea posible-continuó.

-Carlitos no es malo-me sorprendí, a mí mismo, “replicándole”-Carlitos es bueno conmigo y, además es muy listo.

-¡Niño!, ¡no te atrevas a contestarme! Yo lo conozco mejor que tú, porque cuido de él, y sé de lo que hablo. No juegues más con él, o tú también serás castigado.

-Carlitos no es malo; Carlitos no es malo…-repetía yo, tercamente, sin posibilidad de hacer otra cosa, pues ya sabemos que, en nuestra mente, es imposible que podamos mentir; muchas veces hay discordancia entre aquello que pensamos y aquello que, cobardemente, por cuestiones de conveniencia, decimos, pero en nuestra propia mente es imposible no ser sinceros.

-¡Quique!, ¡Quique!-abrí los ojos y pude ver, sorprendido, que estaba en brazos de mi madre, que, a su vez, estaba arrodillada, en el suelo; frente a nosotros, de pie, y con expresión de asombro, se encontraban el médico, don Guzmán, y Patricia,  su enfermera. En ese momento he de confesar que estaba muy confundido y que no sabía si todo había sido producto de una pesadilla, pero el caso era que no podía recordar en qué momento fue que sentí tanto sueño como para tumbarme en el suelo, quedándome dormido. Y si eso era lo que había ocurrido, ¿por qué no me había subido a la mesa-camilla, para descansar? Al lado de esta había una especie de taburete con el que me hubiera resultado fácil hacerlo; no podía ni imaginar que mi cansancio hubiera sido tanto que hubiera decidido tumbarme en el suelo, habiendo podido hacerlo, mucho más cómodamente, con sólo haber recorrido un par de metros. Sumido en estas reflexiones, fui, súbitamente, sacado de ellas, por la voz de mi madre:

-¿Qué te ocurrió, mi niño?, ¿te quedaste dormido y tuviste una pesadilla?

-¿Cómo sabes que tuve una pesadilla, mamá?-le pregunté, confuso, pues no pensé que hubiera sido capaz de emitir palabra alguna; pensé que aquella conversación que había mantenido con la monja maligna, durante ¿mi sueño?, había sido a nivel interno…la verdad es que estaba completamente desconcertado, pues no sabía si todo había sido producto de una pesadilla durante la cual yo había estado hablando; si el encuentro con aquella monja se había producido, realmente, y si habíamos mantenido una comunicación telepática, de ahí que no me hubieran escuchado antes…todo en mi cabeza era un revoltijo, pues si ya de por sí, esa sensación habría tenido un adulto, de haber vivido esa misma experiencia, imagínense en un niño pequeño, por muy inteligente que ese niño hubiera sido.

-Porque no parabas de gritar, repitiendo, una y otra vez, que “Carlitos no era malo”-me contestó mi madre.

Ya algo más calmados, y sentados, mi madre y yo, frente al pequeño escritorio de don Guzmán, este, mirando las últimas radiografías, alzándolas con una mano, para mantenerlas  frente a la ventana que había abierta, a su espalda, nos explicaba la situación, con indisimulado orgullo:

-Bueno, doña Adela, de la fractura ya no queda rastro; le mantendremos puesto el vendaje a este jovencito por otros veinte días, como precaución, y en la próxima visita, se lo quitaremos y le daremos el alta médica. Y, así,  la fractura habrá quedado en un mal recuerdo.

-No sabe, don Guzmán, cómo se lo agradezco. ¡Si usted supiera lo mal que lo pasé cuando aquel médico del Hospital Militar, me dijo que habría que ponerle un clavo a mi niño!-dijo mi madre, visiblemente compungida ante los recuerdos que, sin duda, estaba reviviendo.

-Lo sé, lo sé, doña Adela; recuerdo, perfectamente, lo angustiada que usted estaba, en nuestra primera entrevista-le contestó el médico bonachón, con cierta condescendencia.

Mientras tanto, yo, que no podía dejar de mirar hacia la habitación contigua, cuya puerta permanecía abierta, sin poder evitar que, de cuando en cuando, mi cuerpecito se estremeciera, me quedé con un único dato en mi mente: en veinte días realizaría mi última visita a aquel hospital, que era lo bueno del asunto, pero, luego, venía lo malo: ¡que en veinte días, tendría que regresar, otra vez! La idea me llenó de zozobra, así que no pude evitar preguntarle al médico:

-Y, si ya estoy bien, ¿por qué no me quitan el vendaje, ahora, y me dan por curado?

Cada vez que yo decía algo, veía la cara de asombro del médico que, luego, permanecía, invariablemente, por espacio de varios minutos, comentando con mi madre, lo inteligente que yo le parecía, que tenía un lenguaje, y unas ocurrencias, impropias de un niño tan pequeño.

Pero, a partir de ese día, comenzaría un calvario que duraría casi un año, pues iba a ser rara la noche en la que no tuviera pesadillas con aquella terrible aparición y durante la cual, no me despertara llorando, y gritando, despertando a todos los miembros de mi familia, de paso. En realidad, como ya he comentado con anterioridad, las pesadillas me han acompañado a lo largo de toda mi vida, pero especialmente vívidas, y terribles, fueron las que experimenté durante casi todas las noches de los siguientes casi doce meses a aquel primer contacto con aquella terrorífica aparición. Y así fue que seguí compartiendo habitación con mis hermanos, durante la siguiente semana a esa visita a la consulta de don Guzmán, pero en vista de que el rendimiento de mis hermanos había empezado a verse afectado, como consecuencia de la falta de sueño, fue por lo que mis padres decidieron que durmiera con ellos, en su habitación, al principio en su cama, en medio de los dos, y, luego, en una pequeña cama supletorio que colocaron junto a la de ellos, en el lado en el que dormía mi madre.

Y ello también acabó por afectar a mis padres, sobretodo a mi padre, que terminó por adoptar la costumbre de echarse una siesta, en cuanto volvía del trabajo, así era que, durante la misma, no había quien pudiera hacer el más mínimo ruido, en aquella casa.

Dejando a un lado este hecho, los días transcurrieron con normalidad, aunque yo, casi cada día, le preguntaba a mi madre cuántos días faltaban para que tuviéramos que regresar a la consulta de don Guzmán, comprobando, ya en ese entonces, lo rápido que transcurre el tiempo cuando está próximo a acontecer un hecho que no deseamos que se produzca, o cuando estamos atravesando una buena etapa que no deseamos que se acabe, aunque, en este segundo caso, la constatación de este hecho se produciría algo más tarde. Y así fue que, a medida que se iba acercando el tan temido día para mí, de tener que volver a la consulta de don Guzmán, mi inquietud se iba haciendo patente, pues no paraba de acosar a mi madre, con continuas preguntas acerca de si no cabía la posibilidad de que don Guzmán viniera a casa, en vez de tener que ir nosotros al Hospital; de si no sería posible que fuéramos nosotros a la consulta particular que don Guzmán tenía en el Puerto de la Cruz, localidad de la que era originario el buen médico…y, finalmente, comprendiendo mi madre el motivo de mi inquietud, cuando faltaba menos de una semana para que se produjera nuestra visita, me vino con lo que ella creía que sería una buena noticia:

-Quique, la consulta con don Guzmán la tendremos en otro “despacho”,  en otra “oficina” que es de un compañero suyo. Así es que no tienes que tener miedo de nada.

Sin embargo, pese a las buenas intenciones de mi madre, en el sentido de querer infundirme tranquilidad, aquello no vino a suponer alivio alguno en mí, pues intuía que no podría estar a salvo en ninguna parte de aquel hospital; intuía que aquella diabólica aparición podría materializarse ante mí en cualquier punto que deseara de aquel hospital, que vendrían a ser algo así como sus dominios.

Y llegó el fatídico día; y mi madre me vio tan alterado, que decidió darme de beber una tila, antes del desayuno, para intentar mitigar, en la medida de lo posible, mi ansiedad; sin embargo, no debió de causarme mucho efecto, porque ya cuando íbamos por la calle, camino del hospital, me fui poniendo tan remolón, a la hora de caminar, que mi madre, después de mucho pelear conmigo, apremiándome para que lo hiciera más rápido, decidió cargarme en sus brazos. Y así fue que, en unos quince, o veinte, minutos, después de que hubiéramos dejado nuestro domicilio, nos encontramos ante la fachada del hospital. En ese momento, mi madre, sin duda cansada por el esfuerzo que le supuso el tener que cargar conmigo casi todo el camino, y teniendo la necesidad de buscar algo en su bolso, me dejó en el suelo y yo, movido por el terror invencible que me produjo la visión del hospital, emprendí una alocada huida, que me llevó a cruzar la calle de manera absolutamente suicida, sin mirar, siquiera, si venían coches o no, ante la que, supongo, horrorizada mirada de mi madre que saldría corriendo detrás de mí, al tiempo que suplicaba a Dios que hiciera que ningún coche circulara en ese momento; y Dios debió de escuchar sus súplicas, pues ningún coche circulaba por esa calle en ese momento y es por eso que puedo estar contando esta historia ahora. Aunque lo cierto es que en Santa Cruz, en aquellos tiempos, no había el tráfico que hay ahora.

Yo, por mi parte, habiendo alcanzado el otro lado de la calle, continué con mi alocada huida, con el único propósito de encontrar un lugar seguro en el que poder permanecer escondido de mi madre; mientras corría, me decía que sólo tendría que encontrar un lugar en el que poder permanecer fuera del alcance de la visión de mi madre, y permanecer allí, escondido, durante algunas horas, hasta que llegara la tarde, en la que ya los médicos no pasaban consulta; luego, yo sería capaz de encontrar el camino a mi casa, pues ya habían sido suficientes las veces en que lo habíamos recorridos, de ida y de venida, para haberlo memorizado.

Y sumido en estos pensamientos fue cuando, de repente, vi una puerta abierta, en una pequeña edificación de blancas paredes,  por la que, sin dudarlo un momento, me adentré. He de decir que me adentré porque el estilo de puerta me resultaba familiar y esa misma familiaridad era la que me inspiraba confianza; y, una vez en el interior de aquella estancia, pude comprobar que no me había equivocado, pues el olor a incienso; los largos bancos de madera con reclinatorio adosado; aquella especie de garita a la que denominaban “confesionario”; las imágenes de santos; de la Virgen; el Cristo crucificado; el altar…me vinieron a confirmar que  había entrado en una iglesia; una iglesia muy pequeña, eso sí; la más pequeña de las iglesias en la que hubiera estado nunca, en mi corta vida,  pero una iglesia, al fin y al cabo.

Lo que también sucedió fue que calculé mal y me metí allí demasiado pronto, sin haber dado tiempo a haber puesto suficiente tierra de por medio con mi madre, para que ella no me hubiera visto entrar allí, pero, de cualquier forma, a pesar de sus tacones, ella era capaz de correr más rápido que yo, y no me hubiera sido posible distanciarme.

A uno de los lados de la entrada, había una pila bautismal y el único pie de la misma era bastante ancho, así que opté por esconderme detrás de ella, y esperar a que mi madre, cuyo taconeo oía aproximarse a la puerta, entrara a buscarme, momento en el que aprovecharía para salir, sigilosamente, sin que ella me viera y, ya en la calle, mientras ella me buscaba dentro, buscar un sitio en el que poder esconderme mejor. Y así lo hice, en esto, que se abrió la puerta del confesionario…

 

 

 

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