Literatura

El oráculo de Potes



El oráculo de Potes - Literatura

El hombre se levantó casi a la misma hora de siempre, cuando empezaba a clarear. Se lavó la cara en la bomba y tomó unos mates sentado en el corredor. El paisaje manso del amanecer era apenas modificado por alguien que pasaba por la calle o por un pájaro que cambiaba de rama. Luego de una última chupada a la bombilla, que levantó más aire que agua, alzó las herramientas y se fue para el lado de los alambrados que había que arreglar.

Dentro de la casa, todavía acostada, pero con los ojos abiertos, Teresa escuchó el sonido inconfundible de las alpargatas a medio calzar, que se alejaron hacia el fondo. Hoy no se levantaría, y cuando él volviera empezaría el griterío de siempre, porque no habría nada para comer, salvo los chorizos secos que colgaban del techo, a un costado de la cocina a leña. A veces no encontraba la fuerza suficiente para salir de la cama: falta de voluntad, tristeza, melancolía. Así habían transcurrido los últimos diez años de su vida, desde que se casaron y se instalaron en esta vieja casa, a mitad de camino entre el campo y el pueblo.

Teresa tenía que recordar su niñez para encontrar algunos momentos de lo que podría llamarse felicidad. Ahora, junto a un hombre al que no quería y en una casa que odiaba y que se había poblado de arañas y de ratas, todo era oscuro. Tan oscuro como ese pozo sin fondo al que caía cuando su marido satisfacía en ella su masculinidad con actos secos y brutales.

Luego de meditarlo durante días (tal vez durante años), tomó coraje y, en busca de alguna solución para sus males, decidió visitar al viejo Potes, el curandero del pueblo. Se decía que, mediante ciertos conjuros, el viejo era capaz de hacer que llovieran pájaros muertos: esa y otras hazañas, repetidas de boca en boca, lo habían convertido en una figura legendaria y habían aumentado considerablemente su clientela.

Teresa fue a verlo por la mañana, bien temprano, luego de que su marido rumbeara para la quinta. El oráculo de Potes fue certero e inapelable: “Un hombre enterrado en la pieza”.

Volvió antes de que llegara su marido. Ni siquiera se le cruzó por la cabeza contarle lo que había dicho el viejo. Hubiera sido inútil. A pesar de que la idea del hombre muerto, enterrado en su propia pieza, no dejaba de obsesionarla, Teresa no sentía miedo, ni siquiera estando sola en la casa.

Una mañana, no aguantó más: esperó a que se fuera el marido, tomó una pala y empezó a cavar. Aunque sus músculos no estaban acostumbrados a ese esfuerzo, perforó el piso de tierra con un ritmo sostenido y hasta con algo de furia, como poseída.

Luego de un tiempo que ella no fue capaz de calcular, estaba empapada en sudor, sucia, metida en un rectángulo cuya profundidad le pasaba las rodillas. La tierra extraída se amontonaba a un costado, cerca de la cama. A pesar de tanto trabajo, no había encontrado nada: la pala chocaba de vez en cuando contra algo duro, pero solo se trataba de piedras o de algún pedazo de fierro. De todos modos, parecía satisfecha.

De repente, su cuerpo se tensó en una actitud felina, y percibió a lo lejos el sonido acompasado de las alpargatas, que se acercaban.

Su marido se detuvo y buscó algo en el fondo del corredor.

—Teresa, ¿no viste la pala de punta?  —Después entró en la cocina y se dirigió a la pieza—. Teresa, te estoy preguntando…

Se quedó parado en la puerta observando la obra de su mujer. Luego avanzó unos pasos.

—Pero ¿qué carajo estás haciendo?

Teresa salió de atrás de la puerta y le acertó un tremendo palazo en la nuca. Cayó boca abajo, como un pájaro muerto. Lo dio vuelta y lo metió en el pozo. El cuerpo entraba perfectamente.

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