Literatura

El pasajero misterioso

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El pasajero misterioso - Literatura

Todos fijaron la mirada en el hombre con aspecto demacrado que abordó el tren, iba solo y cargando en la espalda un saco cerrado con una gruesa soga.    Algunos detallaron manchas de sangre en sus manos y ropa.

El hombre encontró un espacio y colocó el saco a su lado, muy despacio.

El tren ya comenzaba a moverse por su camino de hierro cuando una joven saltó desde la punta del andén. Ella llevaba una pequeña mochila en la mano.

La muchacha no se fijó en el aspecto del hombre e intentó sentarse a su lado, junto al saco, pero la negación del este fue rotunda. Ella sonrió y ocupó un lugar en el asiento de atrás. Junto a un policía que dormitaba cansado.

El misterioso pasajero, en ocasiones, pasaba la mano por el saco y dirigía la vista al exterior del tren.

Una señora advirtió al policía, algo raro llevaba en el saco.

El oficial, despacio, fue guiándolos a todos hacia el otro extremo del vagón; preparándose para inmovilizar al «tipo». Mediante señales, todos habían coincidido que llevaba un niño amordazado en el saco. Y la vida de este niño dependía de segundos que pudiera tardarse la acción del agente.

Anunciaron la próxima parada y el vigilante hizo una silenciosa advertencia, cualquier cosa podía esperarse de aquel hombre; que poniéndose de pie y echándose el saco a su espalda caminó hacia la puerta.

La tensión aumentaba.

El tren se detuvo al fin, y el agente comenzó un lento movimiento acercándose al hombre que, antes de bajar revisó el andén de una punta a la otra. Después salió nervioso, como buscando algo.

A punto el policía de saltar sobre él, se escuchó un grito que mezclaba alegría, desesperación, ternura y quizás tristeza, la voz opacó todos lo demás sonidos posibles de escuchar en una estación, a la llegada de un tren.

—¡Papá! —Un niño de apenas diez años salió corriendo hasta los brazos del hombre que logró resistir el impacto de su hijo al lanzarse sobre él.

—Tu tía no pudo Rafael. —La voz sonaba recia y tierna a la vez.

El niño arrancó el saco a su padre, llorando lo abrió para sacar a su perra blanca, con los cinco perritos, blancos también.

Muertos los seis…

—No pudo resistir, los cachorros eran muy grandes.

Trataba de explicarle el hombre.

— ¿Pero mi tía no es médico de perros… —murmuraba el niño secándose las lágrimas.

El llanto fue interrumpido por la joven que había intentado sentarse junto al hombre. Ella sacó de su mochila un lindo y alegre chihuahua…

—Toma, te lo regalo.

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Omarmg

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