Literatura

EL REGRESO



EL REGRESO - Literatura

EL REGRESO

Todas las tardes un padre, junto a su hijo van al parque. Mientras el niño juega con los demás chavales a fútbol, el padre se sienta en un banco a leer.

Un día, al niño se le escapa el balón y va a parar a los pies de un anciano, quién lo coge con la mano y empieza a darle vueltas. El pequeño no se atreve a acercarse, el viejo tiene cara de pocos amigos y acude a su padre para que le saque de apuros. Deja la prensa deportiva, con la que ese día se estaba entreteniendo, y se acerca al anciano pidiéndole educadamente le devuelva el balón al crío.

—¡Por supuesto!, —dice, al mismo tiempo que les entrega la pelota—, me encanta venir aquí, Yo también tenía uno, ¡aunque no como este, válgame dios!— El niño, movido por la curiosidad, y después de haber dejado sus temores atrás, le pregunta al anciano  cómo era su balón.

—Puedes llamarme por mi nombre, soy Jeremías ¿y tú? —El niño le dice que él se llama Sandro y su padre Martín—. Bonitos nombres, sí señor.

—Pues mira, —le cuenta, mientras el niño escucha con cara de embelesado—, mi balón estaba hecho con telas, muchas telas, de muchos colores, anudadas unas a otras. Desde luego,  no iba tan bien como tu pelota,  y no botaba,  pero te aseguro que pasé ratos muy agradables. Todos creados desde nuestra imaginación,  muchacho. Aunque, la verdad, poco tiempo teníamos para divertirnos. Eran otros tiempos.

—Disculpe, —Martín se dirige al anciano—, pero se acerca la hora de hacer los deberes. Vamos, Sandro, despídete de Jeremías.

—¿Estará usted aquí mañana? —Pregunta el niño, y Jeremías asiente con un gesto—. ¡Qué bien, así me contará más cosas de su infancia! ¿A qué sí? —El anciano vuelve a asentir y, mientras los ve marchar, cierra los ojos e intenta recordar su pasado.

A la mañana siguiente, Jeremías,  puntual como el reloj del Big Ben,  llega a su cita con el parque. El niño no ha llegado aún y eso le entristece un poco. “Hay que ver lo increíble que es coger cariño a un mocoso que simplemente le conociste el día anterior” —Piensa—. En su bolsillo lleva consigo un barquito pequeño hecho de madera y unas chapas. Aparte de su balón, esa era su otra diversión, había sido siempre un gran forofo de los océanos, desde que tenía uso de razón. Aunque, en realidad, tuviera miedo hasta de pisar la orilla de una playa y no supiera nadar. Pero ese secreto se lo llevaría a la tumba. Él, a ojos de todos, era el capitán Jeremías, héroe de los mares.

Al poco rato hicieron acto de presencia Martín y Sandro. Este último enseguida fue corriendo hacia el anciano y le dijo:

—Hoy no he traído mi balón, mire —El niño sacó una hoja de papel medio arrugada y se la tendió al anciano, el cual no pudo por menos que emocionarse, le había dibujado—Se lo he hecho para usted, ¿le gusta?

—Claro que me gusta, yo también te he traído algo—Le sacó el barquito y las chapas, y se las dio —¿Qué? ¿Te gusta?

—¡Qué pasada! ¡Papá, mira, ven! —Mateo se acercó a su hijo, quién le tendió el barco—. ¿A qué está muy bien hecho?— En efecto, pensó, y no pudo evitar dar la razón a su pequeño, el barco estaba perfectamente tallado y tenía absolutamente todos los detalles.

—¿Lo ha hecho usted? —Preguntó—. Desde luego, es una gran obra de artesanía.

—Así es, caballero, me entretiene y, al mismo tiempo, me ayuda a tener la mente ocupada. A mi edad, es algo que hay que ejercitar bastante.

—Bueno, —dice Mateo—, a su edad y a todas. —Jeremías asiente.

—Mira, —El anciano se dirige al niño—, estos son la tripulación y los pasajeros. Las tres chapas amarillas son los de la cabina de mando, las rojas y verdes la tripulación y el resto los pasajeros. La chapa blanca, que como verás es más grande que las demás, es el capitán del barco. Pero claro, si tú prefieres que el capitán sea una chapa roja, haz lo que quieras. El barco y su tripulación son todo tuyo.

Sandro mira a su padre, esperando su autorización y,  cuando ve que éste no pone ningún impedimento, coge el barco y las chapas y vuelve a darle las gracias al anciano.

—No tienes porqué dármelas. Al fin y al cabo, yo ya no sacaré provecho de este trozo de madera, así que me alegra pensar que alguien como tú le encontrará su utilidad. ¿Sabes? No tuve una infancia fácil, y con eso no quiero decirte que la tuya lo esté siendo o lo haya sido la de tu padre. Se puede decir que son infancias distintas. Pero, aún con todo eso, tuve una infancia feliz.

—¿Qué tal si nos lo cuenta? —Pregunta, Mateo—, y Jeremías comienza a contar su historia.

Sandro escucha hipnotizado, eso de saber que el anciano había nacido en una casa de alta cuna y que, por culpa de la guerra, lo había perdido todo y había vivido toda su vida a trompicones.

—Aprende a apreciar siempre lo que tienes, Sandro y, sobretodo, valorarlo. Porque un día, sin comerlo ni beberlo, te lo pueden quitar todo. Y, tal vez ahora eres muy pequeño para entenderme pero, sobre todas las cosas, valora el tiempo. Es algo que no nos damos cuenta de lo que cuesta y es lo más caro del mundo.

—No, jamás me he casado y tampoco lo he echado de menos— Manifestó cuando Mateo preguntó—. He vivido la vida a mí manera. Si no me he unido a otra persona, quizás se deba a que no me gusta vivir mi vida y la de otra persona. No se trataba de egoísmo, la verdad es que no sabría cómo explicarlo.

—¿Y su esposa? —Le dice a Martín—. El niño interrumpe y le dice:

—A mi mamá se la llevó un ángel. Durante el día es una nube, ¿la ve?, y por la noche se transforma en estrella. —El anciano sonríe y acaricia el pelo del crío.

—Pues seguro que es la estrella más grande y brillante del firmamento—Le dice.

Y así transcurren muchos días, muchos meses…Padre e hijo acuden al parque para quedar con su amigo. El niño ya no juega con los demás niños,  prefiere escuchar las historias de Zacarías.

Martín ha intuido que son fruto de la exageración pero no quiere quitar la ilusión a su hijo, ni la de ese anciano que, gracias a esos momentos, ha podido volver a sus recuerdos, a podido volver a “el regreso”

FIN

 

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