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El reinado de las transnacionales



El reinado de las transnacionales - Sociedad
El reinado de las transnacionales. ¿Nos deshumaniza la tecnología? Hace pocos días escribí un texto sobre la novela La hora 25 de Constant V. Gheorgiu. Uno de sus protagonistas, Traian Koruga, muestra su pesimismo ante el auge de los «esclavos técnicos», las máquinas que nos imponen su ritmo y modo de ser. El hombre que trabaja mucho junto a una máquina termina convirtiéndose en máquina, sentenció Marx. El empresario compra una máquina que hace el trabajo con rapidez y exige que el operario trabaje al mismo ritmo que ella. Pero hay aspectos en que la tecnología nos ha deshumanizado más: la guerra y el desempleo.
Decía Desmond Morris que entre los lobos de una manada es muy raro que se produzcan combates mortales. Por lo general, el animal vencido ofrece su cuello al macho dominante. Este da un leve mordisco y se considera vencedor. El gesto del perdedor apacigua al triunfador. En las guerras antiguas, con lanza y espada, los vencidos hacían gestos de rendición y eran convertidos en esclavos. En cambio, nos dice el mismo Morris, en las guerras actuales es fácil matar a distancia y sin sentir culpa alguna. Un líder ordena el lanzamiento de un misil contra una ciudad, provoca miles de muertos y ni siquiera se salpica con su sangre. Puede repetir el hecho porque no ha visto las consecuencias de este. Cuando las empresas eran pueblerinas y todos se conocían, el patrón podía establecer cierta amistad con sus empleados, conocer sus necesidades y le costaba despedirlos pues se sentía culpable ante los familiares del operario. Hoy, que estamos en manos de transnacionales, los accionistas de la casa matriz ven los números de la empresa, notan que apenas ha crecido un 2% mientras la competencia un 4% y, sin mayor necesidad, ordenan recortes en las subsidiarias. No se salpican con la sangre de los empleados despedidos porque son solo números para ellos.
Este es uno de los muchos problemas derivados del reinado de las transnacionales. No he llegado a leer ninguna distopía, llámese Un mundo feliz, 1984, Fahrenheit 451 o Himno, que hubiese predicho el imperio de estos entes a raíz de la globalización; todas apuntaban a un crecimiento desproporcionado de los estados, nadie calculó el eclipse del estado-nación, países condenados a ser atractivos para la IED (inversión extranjera directa). Las firmas no solo dominan económicamente los países en que se asientan, sino culturalmente. Recuerdo haber tenido estudiantes que trabajaban para algunas de ellas. No podían celebrar las fechas patrias, como el día de la independencia nacional, pero sí el 4 de julio.
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Acerca del autor

Luis Alberto Solórzano Sojo

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