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El Rey Akare

El Rey Akare - Literatura

El Rey Akare

Cuentan los nativos que la luna solamente alumbra cuando desea observar lo que pasa debajo de ella. Dicen que nada la entretiene tanto como las historias que ocurren en la sabana africana.

Akare descansaba junto a sus hembras, recostado con la panza llena sobre la verde sabana. Era una noche cálida y sospechosamente tranquila. Todos disfrutaban el placer de saber que dormirían con el estómago lleno, pero el rey tenía sus dudas, sabía que en África la tranquilidad no dura demasiado, estaba en lo cierto.

Un tenebroso rugido atravesó el misterioso sonido de la noche africana, el rey se levantó rápidamente, aunque no tan alarmado como el resto de la manada. Su reina corrió a gran velocidad y se colocó junto a Akare, sin decir nada, solo esperando.

Un segundo tono, distinto, pero más fuerte que el anterior atravesó los tímpanos de cada integrante de la manada. En ese momento se pudo entender con claridad lo que implicaba aquella exclamación, la guerra y la muerte se acercaban desde el este. Los rugidos de los invasores se hacían cada vez más fuertes y más cercanos, Akare supo de inmediato que se trataba de dos machos jóvenes y fuertes que se aproximaban a gran velocidad y solo podían pretender una cosa, apropiarse de su reino.

Agitó su oscura melena al tiempo que daba indicaciones fuertes y claras a todos los presentes, refugiarse siempre detrás de él y simplemente esperar. Luego se alejó unos cuantos metros y se ubicó bajo un enorme árbol, el único a la vista en cientos de metros cuadrados de verde llanura. La luna alumbraba brillante, emocionada, a la espera de lo que sabía, sería una gran batalla.

El rey llamó a sus dos hijos mayores, de unos 8 meses de edad. En sus cuellos comenzaba a notarse un intento de melena, indicio de que pronto serían lo suficientemente adultos para buscar sus propios dominios, sin embargo, aun faltaba mucho para ese momento.

Ambos felinos se acercaron a la expectativa de las instrucciones de su padre, el gran rey Akare, el más temido y poderoso de toda la sabana, seguramente algo podrían aprender de él.

Su padre los miró fijamente, sin demostrar ningún tipo de afecto, como era habitual en los leones. Aguardó unos instantes y comenzó a hablar:

Hijos míos, escuchen bien ese sonido, pues ese lúgubre rugido es el tono de la muerte que viene a buscarme. He vivido mi vida de la mejor manera posible, he logrado todo lo que me he propuesto, hoy es el turno de que ustedes inicien su camino hacia una vida similar. La sabana me ha brindado la dicha de no tener que ser yo quien los arroje fuera de esta manada, tal como hizo conmigo mi padre, hace ya tantos años.

En poco tiempo los invasores llegarán a nuestros dominios y querrán hacerlos suyos. Para ello, deberán matarme a mí y a toda mi descendencia. Sus hermanos menores son muy jóvenes para luchar o para vivir por su cuenta en la sabana, pero ustedes ya crecieron lo suficiente para partir, váyanse ahora, sin mirar atrás y vivan dignamente, como los hijos de un rey.

Los jóvenes se miraron entre sí, confusos y temerosos. Sabían que no estaban listos para vivir por su cuenta, no sabían cazar, no habían tenido su primera pelea y la noche de África está repleta de criaturas que harían cualquier cosa por tener el gusto de matar a un león joven. Cómo dicen en la sabana: “Un león bueno, es un león muerto”

Akare observó sus rostros y justo antes de que comenzaran a contradecir su decisión, inició de nuevo su discurso:

Es probable que piensen que son muy jóvenes para partir esta noche, por eso les contaré brevemente mi historia. Hasta esta placentera noche, he sido el rey más poderoso y temido de estas tierras. Lo que pocos recuerdan, es que hace ya tantos años, yo tuve que partir al exilio, víctima de nuestra propia naturaleza de leones. A mi padre yo no le agradaba, él era particularmente cruel, nunca hubiese conversado conmigo como yo lo hago ahora con ustedes. No puedo culparlo, somos leones, y solo el más fuerte y agresivo sobrevive.

Una tarde, inexplicablemente, mi padre intentó acabar con mi vida. Mi madre logró detenerlo, solo lo suficiente para que yo pudiese escapar, pero para ese entonces yo era tan solo un cachorro, prácticamente destinado a morir en las fauces de cualquier bestia.

Siendo yo tan solo un pequeñín, tuve que vivir exiliado y en la humillación, pues por ser tan pequeño aun no podía cazar presas respetables. Tal vez ustedes no me crean, pero por muchos años este rey tan majestuoso que ustedes observan tuvo que vivir de la carroña y de las sobras que podía robarle con esfuerzo a los coyotes y a los zorros. ¿Saben la humillación que representa para un león tener que robarle a un zorro?

No hubo orgullo de ningún tipo en esos años de mi vida. Corría de un lugar a otro para evadir a las hienas, los búfalos y los leopardos. Pasé semanas sin probar bocado, o sin poder beber agua limpia, y un millón de veces, tal vez más, pasó por mi mente la idea de simplemente darme por vencido. Hubiese sido mucho más sencillo dejar que las hienas me despellejaran, pero no lo hice, ¿saben por qué?

Porque aunque estaba en la peor situación que un león podía pasar, porque aunque mi cuerpo estaba débil y apestoso, en mi mente siempre estuvo una visión, una idea, un deseo inquebrantable de llegar a dónde debía y quería estar.

Los primeros meses vivía a escondidas. Mi mayor temor no era la muerte, tenía miedo de encontrarme con alguna manada de leones y que ellos vieran mi estado. Tenía más miedo a la vergüenza que a la misma desgracia que estaba viviendo, y eso, era lo que me mantenía sumido en esa oscura penuria.

Un día claro desperté y decidí asumir mi realidad. Dejó de importarme lo que pudiesen pensar los demás, e irónicamente, ese día mí realidad comenzó a cambiar. Comencé a comer sobras con total descaro, incluso cuando los leones me observaban y se reían de mí en mi propia cara. Ellos se divertían, pero yo me hacía más fuerte. Comencé a seguir a los leopardos y aprendí sus métodos solitarios y sigilosos. Comencé a pelear con los zorros, con los coyotes y con las serpientes. Poco a poco me hice más temible, día a día me hacía un mejor cazador.

Así pasaron los años, y aquel león desarrapado y flacuchento se convirtió en el cazador más escalofriante de todo el territorio. Ya nadie se reía de mí, así que llegó el momento de retar a un rey para tener mis propios dominios. Tenía varias opciones, sin embargo decidí desafiar al más terrible de todos y lo vencí, y como a él, a muchos más. Hoy en día todos me ven en la cima y nadie recuerda cómo llegué hasta aquí. La verdad que deben saber, hijos míos, es que todos se dan cuenta de lo que logramos, pero nadie tiene idea de lo que pasamos para obtenerlo.

Esta noche comparto mi historia con ustedes, porque estoy convencido de que tendrán que pasar por algo similar. Desde hace algún tiempo he comenzado a sentir el paso del tiempo, ya no soy tan fuerte ni rápido como antes y es muy probable que la muerte me llegue esta noche. Sus hermanos y yo estamos destinados, pero nuestro linaje puede perdurar en ustedes. Nunca pierdan la convicción y no permitan que lo que piensan otros de ustedes los detenga. Lo único que importa es su integridad, hagan lo que tengan que hacer, sean astutos, sean valientes, y yo les garantizo que pronto volverán a donde deben estar. Ahora vayan y vivan bien.

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Acerca del autor

Pedro M

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