Sociedad

El Saber, de lo que no se puede saber



El Saber, de lo que no se puede saber - Sociedad

Un buen día te encuentras dando un paseo por el bosque, admirando el paisaje, respirando el aire fresco y sintiendo en las mejillas el rozar del viento. Nada parece fuera de lugar, nada extraño, tan solo tú y la naturaleza en un día común y corriente. De improvisto, algo sucede que perturba esa experiencia, algo que se teje dentro de tu mente. Te detienes un momento y de pronto: ¿Es esto real? ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Soy yo tan real como estos árboles? ¿Cuál es el sentido de las cosas? Las preguntas, como enjambre de mosquitos, revolotean en derredor de tu cabeza y son las protagonistas de una larga noche de pensamientos existenciales en la cual intentas dar respuesta propia a estas cuestiones, pero pronto te das cuenta de que no existe una sola respuesta a estas preguntas.

 

EL SABER DE LO QUE NO SE PUEDE SABER

¿Una cosa es real solo por el hecho de obtener estímulos sensoriales de ella? En otras palabras, ¿existe el viento solo porque puedo sentirlo? ¿La música porque puedo escucharla? ¿Los olores porque puedo olerlos? Un filósofo llamado Berkeley decía que los objetos de los cuales obtenemos estímulos sensitivos no pueden existir sin la precisa intervención de estos, y que aquellos pierden su existencia al mostrarse independientes de nuestros sentidos. Una idea bastante controversial, ¿quiere decir Berkeley que cuando yo dejo de observar este monitor de computadora deja de existir, hasta cuando de nuevo dirijo mi sentido de la vista hacia este? Bueno, no necesariamente, pues Berkeley planteaba que la información que recibimos de los sentidos no es infalible ni mucho menos representa la realidad, más bien, es sólo un reflejo de ésta. Estas impresiones vendrían a ser tan solo un boceto infantil de nuestra realidad. En este punto, cabe plantear que cuestionarse la existencia de las cosas es algo muy distinto a cuestionar su naturaleza. Ahora mismo, yo observo, toco y siento este escritorio. Es decir, mediante estas sensaciones soy capaz de corroborar que este escritorio sí existe. Pero hay una barrera que los sentidos no son capaces de superar: ¿qué es este escritorio? Los idealistas dirán que es un cúmulo de ideas que dan por resultado ese escritorio, otros dirán que es una idea proveniente de dios, y la madre ciencia dirá que son millones de partículas subatómicas en constante movimiento y produciendo vibraciones. ¡Bum! Ahí comienza el verdadero problema de la filosofía, el inmiscuirse en la naturaleza de las cosas. Y este es un ejemplo relativamente trivial, pero las cosas se ponen más turbias cuando enfocamos la misma lupa a cuestiones como la vida, dios y el ser humano. ¿Qué es la vida? ¿Qué es dios? ¿Qué soy?

Incansables mentes han trabajado duro para dar respuesta a estas y otras preguntas. Unos han dado mas o menos explicaciones digeribles, otros mas han emitido respuestas tan inauditas que hasta dan pena ajena. Pero al fin y al cabo lo han intentado y han descubierto que este es un terreno pantanoso, lleno de arenas movedizas, de pasadizos sin salida y paisajes inhóspitos. Pero en eso consiste hacer filosofía. Nace de la curiosidad y de una necesidad innata por saber. Después tenemos que buscar y construir una respuesta que nos sea satisfactoria y transformarla en un ideal. Primero duda, después duda, y al final, sigue dudando. A veces las preguntas son tantas que abruman el pensamiento. Eso es bueno, pues demuestra que somos personas pensantes, inconformes con esta realidad y exigentes con nosotros mismos. Cada día tenemos que destajar vestigios de nuestra ignorancia, arrancarlos como una imperfección en la piel. Cuesta, a veces es doloroso, pero al final es lo correcto para progresar a un conocimiento que nos lleve a la plenitud de pensamiento. Esto es ser humano; esto es querer saber más; esto es pensar…

Esto es la filosofía.

 

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Acerca del autor

R Carlos PD

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