Literatura

El Síndrome De Un Ganador

El Síndrome De Un Ganador - Literatura
Hola señor, pase adelante
– Hola, como estas muchacho, agarra ahí. – Le da un billete de cien dólares – Me dijeron que eres el mejor.
– Gracias señor, pero estoy ganando dinero suficiente. Quizá los necesite otro día cuando pierda este trabajo – Pero mira los ojos de su interlocutor y rectifica – Aunque yo mejor me los quedo un rato por si acaso.
Vaya, ese no es tono de un ganador
– No señor, es tono de un psicólogo de vanguardia
– ¿Así llaman ahora a los perdedores?
– Hace falta dejar de jugar para observar a los que están jugando. A los que observamos nos llaman perdedores. Pero, por favor, pasemos al tema, al padecimiento de su alma.
– No es nada, sólo necesito un tratamiento para ir a la luna, voy a ser el primer presidente en la luna. Planeo vivir ahí, para ver mi planeta completo y bombardearlo tranquilamente. Si tan sólo consiguiera oxígeno. Imagínese que hay culturas que aún adoran a la luna a pesar de que saben que no tiene ni oxígeno… – Se percató de haber dejado notar sus intenciones y planes, cosa que su padre tantas veces le reprochó cuando niño – Bueno, de esta manera, usted sabe, fui criado por personas rigurosas, personas que exigen la perfección. Además, yo también adoro la luna si nos ponemos a ver. Pero más que todo adoro lo que soy.
– Imagino que deben desconfiar de usted por algo.
– Por qué sería. Yo estoy perfectamente, como nadie en el mundo, absolutísimante perfecto. Sé que soy igual que todos los demás en el mundo, pero me siento superior. Debe ser porque represento al mundo ante cualquier otro mundo que pueda llegar. Según la película Independence Day, pueden llegar marcianos. Así que ya estamos previendo una gerrita por ahí. De manera que tenemos que incrementar el desarrollo energético. Estamos pensando en …. GRHHH – Se detuvo, iba a comenzar a revelar información otra vez – Estoy perfectamente – cerró el presidente riéndose de lo que acababa de decir él mismo.
– Entonces por qué viene
– Me da mucha pena decirlo. Dicen que han notado en mí algunos gestos extraños, como si estuviera loco. Pero en realidad la persona que lo notó no es de confiar. De hecho desapareció, nadie sabe nada de él. Lo estábamos buscando la semana pasada para invitarlo a comer, y ya no está. No se puede confiar en alguien tan inestable.
– ¿Que tipo de gesto mostró?
– Al señor le pareció un poco agresivo de mi parte que agarrara un cuchillo y se lo clavara en el brazo a un cadete de la marina para probar su resistencia. Esos cadetes de la marina tienen que tener mucha resistencia, porque con ellos hacemos muchas cosas: invadimos, bombardeamos, socorremos…
– Pero no reconoce que está mal atentar contra la integridad física del cadete
– Déjeme decirle algo, muchacho. En la guerra no hay respeto por la integridad física. O acaso no ha visto las películas de Vietnam, como Rambo, o Comando o Pelotón (aunque esa no es tan buena), y ese tipo de películas donde muchas veces hasta hieren al héroe nortemarericano que los ayuda aunque ellos no quieran ser ayudados. ¿Qué país hace eso? No podemos seguir permitiendo la injusticia en contra del pueblo norteamericano, ni de los héroes norteamericanos.
– Entiendo que tiene muchos proyectos, pero mi deber es hablar sobre usted. Sólo conteste si es feliz.
– Claro que soy feliz. Soy el dueño del mundo… quiero decir, simbólicamente, como una metáfora ¿Sabe qué es una metáfora?
– Creo haber leído algo al respecto cuando estaba en la universidad. Por cierto ¿Usted estudió?
– No creo que haya que estudiar, al menos no todos los seres humanos. Yo, por ejemplo no debo estudiar tanto, porque puedo confundir cosas que requieren de verdades, de argumentos indiscutibles que sólo se heredan, no se transfieren. Yo formo parte de las tradiciones del nuevo mundo… El ejercicio del poder requiere de otras cualidades que no se adquieren en un salón de clase.
– Pero cuando uno estudia adquiere nuevos puntos de vista para ver las cosas, y eso alimenta el alma.
– Se equivoca, eso la confunde. Nosotros, los hombres como yo, no podemos ser de otra manera.
– Tengo la impresión de que usted piensa que los hombres no somos todos iguales.
– En cierta forma sí, pero no exactamente. Fíjese, cuando se destruyeron las torres en este país a todo el mundo les dolió, pero ahora que han muerto todos esos musulmanes a casi nadie le importa.
– Es posible que a quienes le importa todavía no puedan expresarse, y eso los hace inexistentes para quienes no los conocen, como usted y tantos.
El señor se le quedó mirando con una contención repentina. Levantó lenta, pero pronunciadamente los ojos.
Yo conozco mucha gente que habla como tú. Son enemigos de nuestro sistema.
– Usted parece que no quiere hablar de su problema ni quiere encontrar la forma de resolverlo.
– Yo no tengo problema, sólo vine a que lo corroborara y a que por favor medicara lo necesario para evitar el ruido visual cuando estoy hablando. Necesito concentrarme. De hecho creo que me equivoqué de habitación. ¿Cuál número es este?
– 133
El señor saca de su paltó un estuchito de lentes que tiene varios bolsillos de apéndice. De uno de los bolsillos saca algo como un pequeño celular. Lo abre, marca un número y lo pone en la oreja.
– ¿Cual es el número del departamento del psicólogo?… Ahhh. Ya, comprendo. Me equivoqué y entré al 133… Y sabes. Sí. Lo antes posible.
Colgó
– Muchas gracias señor. ¿Es usted psicólogo?
– No exactamente. Soy brujo. Tengo más de dos mil años rondando por ahí.
El presidente sonrió, no sabía que pensar. Por su parte el brujo sonrió también, y el señor no sabía lo que estaba pensando.
– Hasta luego – giró, abrió él mismo la puerta y se fue.
El Brujo miró por la ventana. Sabía que alguien vendría.
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Acerca del autor

Argimiro Serna

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