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Ciencia

El Sueño De La Sociedad Perfecta

El Sueño De La Sociedad Perfecta - Ciencia

Desde que el hombre se irguió y comenzó a caminar bípedamente ha perseguido el sueño de crear una sociedad perfecta, integrada por seres excepcionales conexionados dentro de una conciencia distendida y capaz de exponer el propósito más íntimo cercano a la simple existencia que nos une a todos en una singular cualidad innata al ser.

Grandes maestros han vivido por y para divulgar en su tiempo esta luz de la verdad más pura y humana; el principio fundamental de la vida y los misterios, pero la realidad histórica de nuestras turbulencias sociales les han oscurecido y agraviado.

Vivimos tiempos extraños, por un lado compartimos una época de transición donde conciliar lo nuevo con lo viejo es moderno, por otro compartimos un espacio desconcertante con ideas y tendencias que no sólo se oponen sino que se atacan, esto justifica la necesidad de un entendimiento integral para, una vez más, descifrar las necesidades imperiosas de armonizar cuerpo, mente y emociones para que lo natural responda en consecuencia a nuestra demanda de expansión.

Todas las culturas en su ideario lo establecen, pero la ciencia ortodoxa lo rechaza, Porque el hombre ha dirigido su voluntad y su mirada a satisfacer su egoísmo. Ha rehusado a sus propósitos naturales para recrearse en el vil metal.

El precio que pagamos es incalculable, rechazamos de dónde venimos sin saber hacia dónde vamos.

En realidad nada tenemos, nada nos pertenece sino nuestra propia vida, y tal vez, ni eso. Creemos equivocadamente que somos libres sin saber siquiera que la libertad no se conquista, porque se nace con ella, aunque pronto nos la arrebatan.

Con un simple cambio de óptica se aplacarían todos los males de nuestra era, ya sé que con ingenuas palabras escritas retóricamente no se logra nada, pero tampoco callando.

Tal vez seamos seres perfectos venidos a menos, es obvio que para alcanzar tales objetivos harían falta cambios trascendentales en el propio género humano. Las ideas sobre cómo mejorar la humanidad no son nuevas. Hace más de dos milenios, el filósofo griego Platón escribió: “Lo mejor de un sexo debería unirse con lo mejor del otro tan a menudo como fuera posible, y lo inferior con lo superior lo más rápidamente posible”. Pero no fue hasta fechas muy recientes que se realizaron las primeras tentativas serias de perfeccionar la raza humana. Surgía así una nueva disciplina: la eugenesia.

La eugenesia tiene dos caras, o dos versiones, como queramos decirlo. La denominada positiva, que busca potenciar la salud a través de la higiene, el ejercicio, una nutrición adecuada y la sanidad sexual. Y la eugenesia católica o negativa, un prototipo muestra de la perversión, es decir, que se centra el foco en la cuestión racial, en la crianza de los valores patrióticos. Bajo esta falacia, en España, Franco emprendió una represión contra el enemigo político cuya cara más trágica fue la separación de unos 30.000 niños de sus madres, con la atroz e inhumana intención de arrancarlos de las malas influencias maternas y prevenir el marxismo.

Pero tan atroz como la anterior fue la practicada en 1907 en Indiana (EEUU) destinada a prevenir la procreación de disminuidos psíquicos a través de la esterilización obligatoria, que se extendió también a Japón, Australia y parte de Canadá.

Las publicaciones que versan sobre los logros de la biotecnología recogen con frecuencia la expresión “jugar a ser Dios”. Quizás es pertinente que tomemos un tiempo para examinar el criterio de ese Dios sobre la búsqueda de la perfección. El libro bíblico del Génesis dice que, después de crear la vida terrestre, “vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno” (Génesis 1:31). Los primeros dos seres humanos eran genéticamente perfectos. Fue su rebelión lo que acarreó la imperfección y la muerte, tanto a ellos como a sus descendientes (Génesis 3:6) (Romanos 5:12).

Con respecto a ese aspecto leemos también: “Dios limpiará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no será más, ni existirá ya más lamento ni clamor ni dolor”. Estos grandes cambios no los producirán los avances científicos del ser humano, será más bien, como indica el pasaje: “Aquel que estaba sentado en el trono. Dios dijo: ‘¡Mira!, voy a hacer nuevas todas las cosas’” (Revelación 21:4,5).

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Aicrag

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