Literatura

El Tren Del Destino

El Tren Del Destino - Literatura

Ya me encontraba sentada en aquel maldito tren. Esa misma mañana, había salido de Andorra hacía Barcelona a toda pastilla en mi coche para poder alcanzarlo. Había reservado mi billete por Internet nada más avisarme de la mala noticia. Y ahora ya estaba todo dicho, podría haber decidido no asistir al entierro, ni a la lectura del funesto testamento. Sí, funesto es la palabra. Pero no había nada más que decir ya estaba dentro de ese tren.

Cogí mi libro y me puse a leer. Siempre leo cuando voy en algún medio de transporte. Me encanta leer y casi nunca tengo tiempo para hacerlo. Asique mejor leer que dejar pasar las horas muertas.

Pero mi mente no acompañaba a mis deseos y en vez de concentrarme en la lectura, miles de recuerdos asaltaban sin descanso mis pensamientos. De repente, el tren se paró rompiendo mi cadena de reflexiones y, no sé bien el por qué, me sobresalté. Estábamos en Cambrils si mis recuerdos no me engañan. Mi primer pensamiento fue bajarme del tren y correr. Correr sin rumbo fijo hasta caer agotada. Huir a mi destino. Pero el destino te atrapa y no te deja escapar. Asique me mantuve pegada a aquel asiento.

Seguro que ya os gustaría conocer la historia que tanto me afligía y asustaba. Pero luego no acusarme de loca. Porque lo que os voy a contar es increíble, pero a mi familia la persigue hace siglos una maldición. ¡Ya! ¡Reíros! Pero la cosa no es broma. Tan solo de pensarlo se me ha quedado la boca seca. Asique amigos tendréis que esperar un poco porque voy al café del tren para comprarme una botellita de agua. Así me refrescaré un poco.

La cafetería estaba casi vacía. Sólo había un par de personas leyendo el periódico y tomando un café. Miré mi reloj. Eran tan solo las seis y media de la mañana. ¡Normal la falta de movimiento! Casi todos los pasajeros estaban adormecidos en sus asientos con la grata ayuda del traqueteo incesante del tren. Pedí mi agua, pero… ¡No! -le dije al camarero- ¡Mejor deme una copa doble de whisky! Eso me iría mucho mejor para afrontar mis próximas palabras. Porque a mí también me costaba aceptarlas. Por eso me había alejado tanto de mi familia. Y me refiero a todos los sentidos que abarca la palabra alejarse: en kilómetros, en afecto, en contacto… ¡En todo!

Volví a mi asiento con mi copa en la mano. El whisky era una buena bebida para olvidar, pero el recuerdo se negaba a abandonarme hiciese lo que hiciese y haberme subido a ese tren no ayudaba mucho. Quizá había decidido por fin aceptar mi destino o puede que quisiera enfrentarme cara a cara con él.

¡Ah! ¡La maldición! Ya me había olvidado de que queríais conocer la historia. ¡Vaya! mi whisky se ha terminado. Me bebería otro si no tuviera tanta pereza de levantarme ahora. Ya podríais traerme uno. Bueno, hace siglos, en Egipto había una bella muchacha que atraía sobremanera al Faraón. ¿Qué faraón? Eso no lo recuerdo lo siento. Voy a contaros lo que a mí me contaron así que dejad de interrumpirme o no habrá historia. ¿Por dónde iba? ¡Ah! ¡Sí! La muchacha era soltera y estaba prometida a uno de los mejores soldados del ejército del Rey, le llamaban Seth. Era un hombre de confianza que jamás habría sido capaz de traicionar a su señor. Pero el señor sí que lo era. Estaba prendado de la muchacha y no le importaba pasar por encima de quien hiciese falta por tal de poder conseguirla. La mujer del Faraón también poseía una gran belleza y además era muy celosa y vengativa. Veía como su marido miraba a la doncella que además formaba parte de su séquito y planeó minuciosamente su venganza. El faraón llamó a Seth y le pidió ayuda para una misión muy importante. Había que ir a espiar un campamento nubio que se había instalado demasiado próximo a sus posesiones. El Faraón y sus consejeros temían un próximo ataque. El soldado aceptó sin poner el más mínimo reparo, no sospechando ni lo más mínimamente del engaño y la traición de su amo. Se dirigía hacia su funesto fin sin que nadie pudiera evitarlo. Y… ¡Vaya el revisor! ¿Y mi billete? ¿Habéis visto mi billete? Debo haberlo perdido cuando me levanté.

¡Billete, por favor! No lo encuentro le respondí. Pues me tendrá que volver a abonar el importe de su viaje. ¡Tome! ¿Sabéis qué? Me ha entrado hambre. Bocata de chorizo. ¿Queréis un poco? Pues tendréis que esperar a que termine, que yo soy muy mía en esto del comer. Y después iré al lavabo. Cuando esté lista para continuar ya os aviso. Pero, ya os lo aviso tener paciencia que hasta puede que tenga ganas de echar una cabezadita. ¡Son tan cómodos estos asientos!

Bueno, después de esta pequeña pausa, ahora me encuentro un poco más relajada. Y aunque parezca imposible, contaros esta historia me está ayudando mucho. Seth saló aquella misma noche solo para no llamar la atención hacia el campamento enemigo. Una sombra seguía de lejos sus pasos. El guerrero iba tranquilo sin sospechar que nadie le perseguía. Y después de caminar unas dos horas llegó al lugar donde le habían dicho que se encontraban acampados los nubios. ¡Allí no había absolutamente nada! Seth se quedó como petrificado mirando al vacío. ¿Se habrían marchado ya? Giro sobre sus talones. Vio una sombra. Un puñal asesino cortó el aire y…El final de Seth. Ahora el Faraón podría acercarse a la bella y joven Sulimán. Pues, no. Os equivocáis. Os he engañado. Me gusta poner un poco de teatralidad a las cosas. Porque el guerrero supo desde el principio que le seguían y el que resultó muerto fue el capitán de la guardia personal del Faraón. Pero ahora sabía que habían intentado matarle, que el Faraón, por algún desconocido motivo quería librarse de él. ¿Cómo volver y contarle a su Señor que le había descubierto? Muerte segura. Así que decidió seguirle el juego y regresó a Egipto delante de su señor y sus consejeros y les narró la siguiente historia:

“Anoche como me pedisteis me dirigí hacia el campamento nubio. Pero no fui solo, porque vuestro capitán se empeñó en acompañarme para cubrirme las espaldas. Yo me sentí mucho más seguro de saber que había alguien que protegía mis pasos y que no estaba solo. Llegué al campamento y vi que ya lo estaban desmontando. Así que pensé que ya no existía ningún peligro inminente de ataque. Me volví para reunirme con el capitán, pero llegué tarde. Los nubios habían enviado una avanzadilla con el fin de espiarnos a nosotros también y habían descubierto a mi compañero. Eran tres contra uno y no pudo librarse del ataque por sorpresa. Yo llegué tarde y solo les vi huir del lugar, no pudiendo alcanzarlos para vengar a mi compañero de armas Siento deciros que vuestro capitán yace muerto en un carro a la entrada de palacio y espero que se le entierre con todos los honores que merece por defender con su vida si país”

Imaginaros la rabia que sintió el Faraón ante estas palabras, pero hubo de contenerse para no descubrir su engaño ante los consejeros. Y premió a Seth otorgándole el cargo del fallecido en la lucha contra el enemigo. Las cosas quedaron así y el Faraón tuvo que contentarse con mirar de lejos a la joven. Pero su esposa eso era diferente.

La reina observaba las miradas del Faraón consumida por los celos. Así que decidió librarse de la joven, pero además dándole lo que ella creía que era un justo castigo por incitar las miradas de su esposo. Y la pobre Sulimán, en realidad no tenia ojos nada más que para su amado. ¡La desdicha los acechaba!

En el reino de Egipto había una famosa y malvada hechicera. La reina ya había contado en otras ocasiones con sus servicios y se dirigió a su pequeña y triste morada. La taimada bruja la atendió enseguida, haciendo salir a unas muchachas que esperaban para hacerse con sus servicios, casi siempre embarazadas que querían abortar o muchachas que querían alcanzar el amor de un joven que las ignoraba su presencia.

Entraron en la sala de la vieja y la reina le dio un saquito con monedas de oro. La codiciosa bruja las contó y sus ojos refulgían delante del oro repletos de ambición. ¿Qué desea mi señora? La reina le mostró un valioso colgante de oro. La vieja alargó la mano como si un imán la atrajera. La reina lo apartó. ¡No es para ti! Ya tienes suficiente pago con las monedas. Es para mi doncella Sulimán que se casará dentro de unos días y quiero hacerle un bello y… -una larga pausa embargo la adusta morada- …mortal regalo. ¡Quiero que muera! Pero no al momento. Mi castigo ha de ser mayor. Quiero que muera cuando está dando a luz a su primer hijo, que ha de ser obligatoriamente una niña, y que el niña se quede sin madre. Después su padre ha de regalarle el broche en recuerdo de su madre y ella ha de sufrir el mismo destino y así sucesivamente por los siglos de los siglos. Eso es lo que quiero que la maldición pase de generación en generación por hasta el fin de los tiempos. Eso es lo que quiero y tú te vas a encargar de ello. Así que lanza tus maldiciones a este broche y no falles o volveré y tú morirás en su lugar. Por eso no tengo hermanos. Todos somos niñas, por eso no tengo novio, no pienso casarme y no puedo ni tan solo mantener relaciones… Dejémoslo aquí y continuemos con los hechos. y ahora me toca a mí.

Una voz invadió el silencio que reinaba dentro de mi vagón: “Señores pasajeros lamentamos mucho las molestias, pero el tren tendrá que parar más tiempo del previsto en la próxima estación por motivos técnicos. Quienes lo deseen pueden bajar del tren para estirar un poco las piernas, pues estaremos parados entre quince minutos y media hora.”

Pues nada, a pasear un poco y a refrescarse las ideas. La estación era muy pequeña. Apenas dos bancos, una taquilla y unos lavabos. Estaba situada en medio de la nada. No se veía ni una sola casa en los alrededores. Pero los campos estaban llenos de amapolas y yo adoro esa flor roja como la sangre, como el fuego, como la pasión…Sí el rojo es mi color favorito. Aunque, manías que tiene una, si alguien tiene pensado regalarme una rosa, que sea de ese mismo color. Me en cantan las rosas tirando hacia el fucsia. En fin, que soy una amante de las plantas y de las flores. Mi casa parece un jardín y lastima no poder tener uno, pero toca conformarse con lo que hay. Cosas de la primavera, me olvidé de deciros que estamos en primavera.

Ensimismada en el paisaje, apenas escuché el silbato del jefe de estación avisando de que era hora de volver al tren a mi destino. Quizás habría sido mejor quedarme allí y esperar otro tren que me devolviera a Barcelona y de allí a mi vida normal. Mis plantas, mis escritos, mi trabajo…Pero algo me impulsó a subir de nuevo.

Esa joya me atraía. Esa era la realidad. A la vez de no desearla y tenerle miedo por todo lo que me habían relatado acerca de ella, sentía unos deseos enormes de poder comprobar que esas cosas podían ser realidad y no fruto de la mera casualidad. Porque para creerse que tiras un broche al fondo de un lago y a la mañana siguiente te lo encuentras en tu mesita de cabecera hay que tener un poco de imaginación. Pero así lo cuentan. Y también dicen que un ladrón entró en casa de mi abuela y se lo robó. Y al día siguiente tembloroso, ojeroso y lloroso se lo devolvió. Dicen que la joya le habló. Imaginaros la situación tan espeluznante. Yo tengo mis dudas y esas dudas pueden ser mi perdición.

La Bruja hecho unos polvillos por encima del broche y dijo unas palabras ininteligibles.

Sulimán estaba preciosa el día de su boda con Seth. La Reina la llamó a su presencia y le dijo lo bellísima que estaba, pero –comento- te falta algo. La muchacha yacía arrodillada a los pies de su Señora, ésta se levantó y colgó el magnífico colgante con su cadenita de su cuello. Levántate y mírate en mi espejo. La muchacha lanzó un gritito de sorpresa. En su cuello lucía una joya deslumbrante. Pero, yo no puedo aceptar…-dijo- sin poder acabar sus palabras porque la reina le contesto: “Es tuya. Es mi regalo de bodas”.

Dos años disfrutaron de su amor la joven pareja. El tiempo que Sulimán tardó en quedarse embaraza. Estaban muy contentos ante la venida de su pequeño, pero la joven se marchitaba de día en día sin que nadie pudiera remediarlo. El día que dio a luz a una preciosa niña, estaba en los huesos y unas profundas y negras ojeras rodeaban sus grandes y negros ojos. No sobrevivió al parto y la niña se crió sin madre. Y cuando cumplió los catorce años su padre…Ya sabéis lo que pasó ¿o no? Su padre le regaló la joya de su madre. Y la muchacha tuvo una niña y falleció en el parto y…La misma historia durante siglos

Ahora a fallecido mi tía y la joya debe pasar a ser de mi posesión. ¿Qué no os cuadra? Bueno, pues deciros que hay quienes escaparon a la maldición por no casarse, como es el caso de mi tía que murió de vieja y no por la maldición, pero la joya se encargó de que hubiese sucesores. Mi abuela antes de morir tuvo gemelas.

 

¿Te ha gustado el artículo? ¡Valóralo!

3.00 - 2 votos
Cuanto más alta sea la valoración más visible será el artículo en portada.
¡Compártelo en las redes sociales!

Acerca del autor

Fabi

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Únete a la comunidad de NoCreasNada

¿Te gustaría compartir tus inquietudes y ganar seguidores por todo el mundo?

¿Eres una persona inquieta y quieres descubrir a más gente como tú? 

Únete a NoCreasNada.

Además, te pagaremos por las visitas que recibas.

Más Información