Sociedad

El tuyo, la mía y el nuestro



El tuyo, la mía y el nuestro - Sociedad

Le sucedió al amigo de un amigo de mi amigo… Nooo, en esta oportunidad fue a los hermanos de un compañero de trabajo…
 
La historia la conocí por allá en el año 1997.
 
No sé con qué frecuencia sucedan estas cosas, pero una vez más se topó conmigo un caso digno de la ficción, pero que como el resto de las historias que he escrito sucedió en la vida real.
 
Alfonso, mi compañero de trabajo hablaba con frecuencia de sus sobrinos y sus hermanos y cada vez que lo hacía, brotaba un brillo en sus ojos, digno del amor que les tenía.
 
Yo, como siempre, escuchaba con detenimiento cada una de sus conversaciones y terminaba sacando cuentas porque algo no me cuadraba.
 
Era un muchacho bastante amable, no muy agraciado físicamente, pero con una actitud que avasallaba cualquier defectillo estético. No recuerdo su profesión exactamente, solo sé que algo tenía que ver con el mundo de la informática.
 
“Mi hermana María” (la mía)”, “mi hermano Juan” (el tuyo), “mi sobrino José”, “mi sobrina Ángela”, mencionaba a cada rato. No son sus nombres reales, pero no coloco esos seudónimos por el mero hecho de la privacidad, lo hago porque en realidad no recuerdo cómo se llamaban.
 
Hasta ahí todo iba perfecto, o mejor dicho, mi mente no estaba buscando el más allá ni el más acá.
 
Vivía en una popular zona caraqueña y él, era tan popular como el lugar en la que residía.
 
Haciendo memoria y durante jornadas de búsquedas en el baúl de los recuerdos, hace poco conseguí aquella tarjeta que me regalaron mis compañeros de trabajo cuando nació el primer hombre del que me enamoré: mi hijo mayor. La parte de Alfonso tenía dibujada un conejo maravilloso que ahora me hace dudar si su trabajo tenía que ver con la informática o con el diseño gráfico.
 
Para no seguir desviándome del punto de partida de esta historia, la de él era como la de muchas personas en el mundo. Sus padres, ambos casados en segundas nupcias, habían llegado al nuevo hogar, cada uno con su “paquetico”. Tampoco recuerdo de quién exactamente era “el niño Juan” y de quién era “la niña María”. Porque eso eran, niños, no adolescentes, ni adultos.
 

Con el pasar del tiempo, también como la mayoría de las parejas en esta situación nació “el nuestro” y ahí pasaron a ser la versión criolla de la película: “Los tuyos, los míos y los nuestro”, solo que en este caso era “El tuyo, la mía y el nuestro”: Juan, María y Alfonso (mi compañero de trabajo, al que sí le estoy guardando el nombre real).

 
Insisto hasta este punto todo era normal, o bueno hasta el día que en una conversación de sobremesa sumando y restando noté que había algo que me hacía ruido: sus sobrinos José y Ángela no eran primos.
 
Apliqué una sencilla operación matemática, de esas que nos enseñan en la primaria. Y en silencio comencé a resolver el problema.
 
Para mí:
“José” era hijo de “María”.
 
“Ángela” era hija de “Juan”.
 
También podría aplicarse perfectamente aquello de que el orden de los factores no altera el producto, entonces:
 
“José” era hijo de “Juan” y “Ángela” era hija de “María”, por lo tanto, antes de esa conversación creí que “José” y “Ángela” eran primos.
 
Entonces ¿si “José” y “Ángela” no eran primos? Pensé ¿será que “José” y “Ángela” son una especie de primastros? Podía ser lógico porque al ser hijo uno hijo de “María” y otro de “Juan” no había lazos sanguíneos por aquello de que María y Juan eran “hermanastros”.
 
El único dato claro hasta el momento es que ambos eran sobrinos de Alfonso.
 
¿Problema resuelto? No, estaba errada porque seguían faltándome un par de datos.
 
Acto seguido tuve que poner más atención a la conversación hasta que pude resolverlo.
 
Nuevo planteamiento:
“José” era hijo de “Juan”. El dato adicional: “José” también era hijo de “María”.
“Ángela” era hija de “María”, El dato adicional: “Ángela” también era hija de “Juan”.
 
La solución:
“Ángela” y “José” no eran primos, porque “Ángela” y “José” eran hermanos…
Luego de resolver aquella enredada ecuación, digna de aquellos profesores que les encanta colocar “conchitas de mango”. Mi imprudencia periodística (vale acotar que en aquel momento no había iniciado mi carrera) me hizo preguntar ¿tus sobrinos son hermanos?
 
A mi estimado Alfonso no le quedó de otra que extender la sobremesa y contarnos aquella historia de amor entre “Juan (el tuyo)” y “María (la mía)” -ambos hermanos de él (uno por parte de madre y otra por parte del padre)-, quienes aún y habiéndose criado como hermanos –desde muy pequeños- se habían enamorado, casado y engendrado a “José” y a “Ángela”. Así que sus hermanos terminaron convirtiéndose en una especie de “cuñihermanos o “hermacuñis””.
 
En el amor como en la guerra se gana o se pierde y en este caso, a pesar de los conflictos sociales y
aquella especie de “incesto no consanguíneo” ganó el amor.
 
De eso se trata la vida…

Vanessa Zambrano M.

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Acerca del autor

Vanessa Elena Zambrano Moreno

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