Literatura

El Último Round

El Último Round - Literatura

“Historia de ficción en el trágico del Inca Valero y su esposa”.

 
I
La sangre le había dado la victoria en muchas contiendas y le encantaba sentir el sabor a cobre de este fluido. “Sangre, sudor y lágrimas”, se solía decir al entrenar, sabía que ello era sinónimo de triunfo, era lo que le había enseñado su primer entrenador cuando apenas era un niño de doce años. Ahora estaba en la cima más alta del boxeo, sin embargo, su carrera estaba en peligro, las drogas y alcohol amenazaban con ser los únicos contendientes en derrotarlo. Pero él no se rendiría ante ellos, él era Víctor, el campeón mundial, el héroe de los venezolanos.

 

Víctor iba viajando con su esposa en su camioneta favorita, el viaje sería de al menos unas catorce horas en carretera, desde la ciudad de Mérida hasta La Guaira. Su bella y frágil esposa había logrado motivar a su esposo para tratar su adicción al alcohol y a las drogas en Cuba, donde el mismo Maradona y otros famosos más se habían tratado con éxito. Era la victoria de ella después de diez años de carrera boxística de su pareja, ahora solo estaba a catorce horas de llegar a La Guaira donde estaba el principal aeropuerto de Venezuela, solo catorce horas de viaje, parecía largo, pero no era nada en comparación con los diez años de infierno que ella había vivido.

 

Por su parte, Víctor podía sentir los nuevos vientos de victoria, sí superaba sus adicciones el pueblo venezolano lo perdonaría, un pueblo siempre está dispuesto a perdonar a sus héroes, siempre y cuando se rediman de alguna manera. Su último escándalo no había sido fácil de superar, nada fácil, había golpeado tan fuerte a su esposa que había roto sus costillas, y una de estas costillas rotas había perforado su pulmón. Gracias a su esposa no estaba en la cárcel porque ella había mentido a los médicos diciendo que se había caído de las escaleras, pero los médicos no le creyeron, así como tampoco le creyeron los venezolanos porque ya su historial de violencia era amplio, había golpeado en varias ocasiones a su señora madre así como a su esposa, sin mencionar todos los altercados provocados por él mismo en bares de varias partes del mundo; pero Víctor tenía una cara de ángel, su carisma y comportamiento en el mundo mediático era de primera, los niños querían ser como su campeón: el hombre de acero con puños de puro dinamita, el boxeador que había ganado todas sus peleas por la vía del nocáut, un hombre que hacía temblar a los representantes de los boxeadores más famosos, como los de Manny Pacquiao y los del propio Floyd Mayweather.

 

Víctor—durante el viaje en su camioneta—llevaba más de cincuenta mil dólares en efectivo, pero no solo llevaba dinero, él sabía que llevaba otra cosa, dentro del carro estaban dos botellas de vodka que habían quedado de la última fiesta donde estuvo, no obstante, estaba resuelto a no probar una gota más de alcohol.

 

—Lo harás bien Viticor, la gente te ama—le dijo su esposa y al mismo tiempo tocaba su pierna derecha. Víctor tomó su mano mientras él tarareaba un vallenato romántico que recientemente estaba de moda.

— ¿Los niños estarán bien cuidados?—preguntó Víctor sin dejar de ver la carretera.

—Claro, están con mis padres.

—Por eso pregunto—dijo Víctor y una mueca se dibujó en su rostro, estaba bromeando.

— ¿Tanto amor tienes a tus suegros?—susurró Diana, su esposa.

 

Después de tres horas continuas de viaje, Diana se había quedado dormida. El frío del aire acondicionado del vehículo y el vallenato romántico hicieron recordar a Víctor el ambiente de los bares de su ciudad natal; las botellas de vodkas estaban debajo de su asiento, y él lo sabía, “un trago no me vendría mal”, se dijo y continuó: “Diana no se dará cuenta, además, ya voy a estar en Cuba”. Se esforzó entonces por agarrar una botella sin que el vidrio de esta pegara con la otra porque el sonido de las botellas podría despertar a Diana.

 

Víctor cerró los ojos de placer por un instante, por  volver a sentir el fluido etílico deslizándose por su boca y su garganta, le encantaba el sabor del vodka y la que tenía en su camioneta había sido destilada y embotellada en la gran Rusia, esa era la mejor. Luego de cinco minutos, Víctor se debatía si seguir tomando o dejar la botella en su lugar, o mejor aún, podía arrojar el vodka por la ventana, pero eso no fue lo que sucedió.

 

 
II
 

— ¡Despierta, Diana!, ¡Despierta!—gritó Víctor con desesperación

Su esposa se levantó sobresaltada, había dormido seis horas de manera continua, su corazón latía rápido.

— ¡Qué ocurre, Víctor!—preguntó ella.

— ¡Nos están siguiendo!, me están siguiendo, quieren secuestrarme, quieren asesinarme.

Diana se fijó que la camioneta avanzaba lentamente, y eso era debido a que estaban llegando a una alcabala de la Guardia Nacional.

—Cálmate mi vida, estamos protegidos por Dios, no nos va a pasar nada—dijo Diana, su vista estaba un poco borrosa.

—No Diana, estoy seguro que nos siguen, estoy seguro—dijo Vítor con visible desesperación en su rostro.

Diana sentía miedo, pero también sintió desilusión. En el ambiente del carro había ese olor familiar que tanto le había causado dolor; dolor tanto físico como emocional; era el olor etílico aromatizado con vodka, lo que casi solía beber su esposo.

—Mi vida, estamos llegando al puesto de la Guardia Nacional, habla con ellos, estoy segura nos ayudarán.

Minutos después Víctor se encontraba en la casilla de la alcabala militar, se le veía muy expresivo tratando con los guardias, y los guardias nacionales quienes habían reconocido al campeón del mundo, mostraron particular interés, hasta pudieron perdonar el hecho de que estaba visiblemente tomado.

—Campeón, te vamos a escoltar hasta Carabobo—dijo el sargento en jefe de la mencionada alcabala. –Luego te diriges a Valencia, y pernoctas en el hotel Intercontinental. Vamos a estar en contacto contigo, tengo amigos por allá—el sargento seguía dando instrucciones y a la vez pidió un autógrafo para su hijo y una foto dónde saliera él con el campeón invicto.

Víctor se calmó, sabía que lo estaban siguiendo, él había crecido en los bajos fondos de Mérida y estaba al tanto como se movía la delincuencia para secuestrar a personas con mucho dinero. Tal vez el sargento de la Guardia Nacional no le creyó del todo, pero estuvo dispuesto a prestarle seguridad hasta que llegase al estado Carabobo, eso era algo que había que agradecer; por otra parte, él sabía que Diana no le creía y eso lo tenía algo molesto.

Después de una hora de trayecto, la escolta de la Guardia Nacional se estaba despidiendo de Víctor, y éste, como muestra de agradecimiento, envió ciento cincuenta dólares al sargento.

—Sé que no me crees, pero te digo que nos están siguiendo—comentó Víctor a su Esposa cuando ya se estaban acercando a la ciudad de Valencia.

Diana hizo un gran esfuerzo en actuar como si le creía a su esposo, aparte ignoró el hecho que él estaba bebido. Los ojos de Víctor estaban rojos y ya tenía esa mirada que causaba terror. “Falta poco para estar en Cuba, aguanta, actúa normal”, se dijo Diana. El haberse desviado al estado Carabobo en vez de seguir directo a La Guaira supondría horas de atraso, y también estaba el hecho que pernoctarían en un hotel, pero aun así Diana sabía que estaban cerca, cada minuto que pasaba era una agonía, pero también eran minutos menos de distancia entre el centro especializado de Cuba y su esposo. “Cada vez falta menos, cada vez menos, tú puedes”, sin saber que ella era la verdadera campeona y no su esposo. Era ella quien había resistido todas las batallas, aún con su frágil cuerpo, pero con una inquebrantable humanidad.

 
III
 

Diana y el campeón mundial ya estaban en hotel. Mario, el recepcionista, se percató que eran una buena pareja, estaban sentados en el lobby del hotel, no podía creer que Víctor fuese un mal hombre que golpeaba a las mujeres, tal vez era publicidad negativa porque éste púgil era muy cercano al Presidente de la República, al menos cercano de manera mediática. Víctor por su parte estaba algo calmado, se sentía seguro en el hotel porque había muy buena vigilancia privada y esta vigilancia trabajaba de manera estrecha con la policía, no obstante, él sabía que no podía confiarse, un buen peleador nunca se confía, siempre está a la defensiva.

Ahora Diana solo le quedaba dormir, tenía que permanecer tranquila, su esposo estaba sereno pero ella sabía que su organismo—el de Víctor—se encontraba bajo los efectos del alcohol y de seguro de otra sustancia. Las horas de viajes y el hecho que su esposo haya sido el piloto y que no haya dormido ni un instante, era algo a su favor, debía estar muy cansado.

Ya pronto amanecería, aunque muy dentro de ella, había algo que la llenaba de angustia, no sabía que era exactamente, pero decidió ignorarlo.

 
IV
 

18 de Abril del 2010.

 

Los primeros y brillantes rayos del sol de la mañana habían despertado a Víctor, tenía resaca, pero no tan fuerte como en otras ocasiones. Se sentía mojado, se recordó una vez que amaneció empapado en su cama cuando era niño, pero él ya no se orinaba, nunca más lo hizo luego de aquella paliza de su padre. Víctor revisó sus manos, reconoció el color, era el color que le había dado tantas victorias, era sangre, sus manos estaban teñidas de sangre, dio un respingo e inmediatamente buscó a ver a su esposa, ella estaba allí, acostada y apacible, pero su abdomen estaba hecho trizas y el cuello de ella había sido degollado. La respiración de Víctor era muy intensa, mucho más intensa que cuando terminaba un round, mucho más intensa que cuando entrenaba. No lo podía creer, su esposa estaba allí, inerte, sin vida y llena de sangre por todas partes, las sábanas estaban empapadas. “Me jodí, ahora sí me jodí”, se dijo el Campeón Mundial”.

Víctor bajó a la recepción de lo más tranquilo, Mario estaba trabajando.

—Llame a la policía, he matado a mi esposa—dijo Víctor con serenidad.

Los ojos de Mario eran dos platos, no podía creer lo que acaba de declarar aquel famoso deportista, entonces creyó inmediatamente todo lo que la prensa escribía sobre Víctor Sánchez.

 
V
 

19 de Abril del 2010. Venezuela festejaba el bicentenario del 19 de Abril, Día de la Declaración de la Independencia, y ahora llegaba otro trágico suceso, como para que no se olvidara jamás.

 

Víctor estaba en ropa interior, su celda olía mal y había mucha humedad. Estaba preparando su pantalón tipo jean para que soportara la tensión. No iba a poder vivir con ello, no podría, era imposible. Tensó más el pantalón y lo amarró a la parte superior de la celda, luego amarró su cuello con éste y se lanzó, se lanzó con valor y de manera decidida, tal como cuando se arrojaba al cuadrilátero en cada pelea. Estaba dispuesto a derrotar otro contrincante, su último contendiente, y ese era su conciencia, Víctor la derrotó, se apagó para siempre. Víctor Sánchez nunca fue derrotado, solo él se derrotó a sí mismo.

Fin.

 

( Te invito a leer en mi próximo artículo una recopilación periodístico de los trágicos sucesos del Inca Valero. Búscalo como “LO QUE NO SE HA CONTADO DEL CASO VALERO”.)

 

El Inca Valero con su esposa Jennifer e hijos. (Ante las cámaras no se traslucía los problemas)

 

 

 

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PedroSZ

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