Literatura

El Vagabundo Ilustrado

El Vagabundo Ilustrado - Literatura

Ahí estaba él, a la vista de todos los pasajeros del tren y, a la vez, sin que nadie en el mundo lo mire.

Texto e Imágenes por Américo Valadez.

Ahí estaba él, a la vista de todos los pasajeros del tren y, a la vez, sin que nadie en el mundo lo mire; con su andrajosa estampa de clásica línea, qué no será necesario relatar su facha. Llevándose a la boca un indefinido bocado, el cual masticaba sin recato en la intimidad del chimuelo rictus. Sin que de él nada extraordinario saltara a relucir de otros más de su ideología. Una pieza defectuosa escapada de otras tantas que pueblan el mundo, sin que por ello no puedan encajar como parte del engranaje de nuestra gastada sociedad.

Sin mencionar, que lo más interesante de sus posesiones (no siendo muchas a mi vista), era una bolsa rectangular, tejida con algún tipo de fibra plástica; colgada del hombro por sus torcidas asas. De éste deforme bulto, exhibía por aquí o allá grandes machones negros, proyectados del interior hacia sus turbios costados.

Aquel paria aun masticando groseramente el pegajoso trozo, al tiempo que miraba fijamente a una mujer de edad mediana, quién -sentada en un asiento individual del vagón- se incomodó al sentirse vigilada por esas enormes pupilas de expresión loca; tratando de desviar su faz en otra dirección, de tal forma, que todo su ser lo hizo así. Pese a aquella demostración de rechazo, el hombre de la bola de esquinas angulosas, seguía sin quitar la vista a su blanco. Y con la torpeza que le daban su desamarrados zapatos, redujo la corta distancia que los separaba en algo parecido a la nada. Siendo ella, la que con su silencio la única defensa en contra de las oscuras pretensiones del desaliñado sujeto.

Salvado este mustio silenció, empezó a narrarle sus fantasías; sin dejar de registrar en el interior de su manchado bulto:

-¿Usted, señora, no ha visto las cabezas cercenadas que salen retratadas en los diarios hoy en día? ¡¿Eh…?!

La aludida aun seguía guardando silencio. Tratando de torcerse más y más sobre el taburete; hasta quedar totalmente de espalda ante él.

-Pues yo- siguió su terco relato, sin siquiera molestarse en buscar los claros ojos de la mujer (o si ellos lo hacían)-, al verlas tan nítidas las imágenes de éstas, tan reales, y mostrándolas desde casi todos los ángulos; las he recortado y moldeado, hasta darles esta apariencia…

Al punto, sacó finalmente de la impía bolsa una muestra de su trabajo. Usando ambas manos mostró a su pobre víctima, sorpresivamente… Lo que parecía ser una cabeza humana, a la par de una apariencia tan real; verdadera (sí me pregunta). Sus facciones, textura y expresión la hacía parecer recientemente separada del cuerpo, de no ser que del muñón del cuello salían burdas filigranas de papel periódico, con la que claramente fue elaborada.

Al verla, la mujer lanzó un alarido entrecortado, y una súbita palidez invadió su rostro. Estuvo a punto de desfallecer, pero algo dentro de ella la contuvo. Por lo que, el inmutable pordiosero fijó su vista en otra persona. Ahora su atención se posó sobre un sujeto gordo, que parado, cargaba un pesado envoltorio; qué observaba aquella singular obra de arte, arrancada de las páginas policíacas de los matutinos.

-Vea lo que logra los clichés digitales en la actualidad- continuó acometiendo sobre su nuevo escucha, él cual retrocedió tratando de cubrir con su voluminoso pecho, el bulto que llevaba entre sus manazas.- Los medios con que cuentan esas cámaras, sus mecanismos tan intrincados para corregir de errores, propinados por parte del usuario; la fina óptica de sus robotizados lentes, que ajustan la mala visión de sus operarios; y, sobre todo, hasta el seleccionar y editar los temas que deben plasmar en ellas, los improvisados fotógrafos. Por ello, he podido armar las imágenes en una escultura fiel del original. Gracias a los X zoom y a los ISOs que poseen; Megapixeles, Kilobytes; Giga “esto” o Mega “aquello”… Y demás denominaciones unitarias marcadas en cada uno de estos artefactos. Poniendo en cada gráfica impresa hasta el más mínimo detalle del objeto y de su hábitat que le rodea.

“¡Mírelo! El cabello desaliñado, los ojos vueltos en blanco, la empapada piel en su propia sangre, la abierta boca en signo de ahogo, la barba semi crecida exasperado el cutis, y la mocha base en donde debería estar el tronco inanimado; son tan exactamente representado que no fue difícil el armarlos. Sí de tratarse de un de esos rompecabezas en tres dimensiones, como los que se aprecian en los aparadores; y qué representan edificaciones célebres e interesantes de nuestro orbe.”

El hombre del paquete tembló visiblemente. Sin pensarlo dos veces, salió disparado por entre la doble hoja de las puertas automáticas del convoy, al abrirse éstas apenas de llegara a la estación vecina. Quién -literalmente-,

esfumó su obvia presencia del escenario subterráneo.

Sin dejar de hablar por ello, el repelente hombre, con cabeza en mano, apuntó su atención a un adolescente sentado al lado de su amiga, los cuales no dejaban de reírse de lo ocurrido en su presencia. Pero, al aproximadamente la nariz de cartón del modelo de nota roja a la del joven, cambiando éste su risa por una mirada de angustia; mientras su compañera de viaje seguía riendo al verle así.

-Usted señor, parece más conocedor que los demás, por su cercanía a esta tecnología de milagros mil. Puede ver que no esta tan alejada de la realidad, qué su virtuosismo se iguala con la cruda realidad. Usted, joven, me entiende mejor que nadie en este mundo, de lo que predico.

Instintivamente, el muchacho trató de alejar la empapelada cabeza con la mano, sin llegarla a tocara. Rápidamente, el sujeto, giró sobre sus gastados talones para volver a cambiar de escucha. Él cual, no era otro que un fulano de aspecto campirano; luciendo un gran mostacho. Tan grande y espeso, que daba la impresión de ser toda su cara. Un bigote con patas, bajo un sombrero de fieltro texano. En tanto, el adolescente trataba de recuperar el ritmo de su risa nerviosa, que aun mantenía su novia. Sin conseguirlo.

Gracias a los X zoom y a los ISOs que poseen; Megapixeles, Kilobytes; Giga “esto” o Mega “aquello”.

-Aprecie los tensos musculosa faciales, el terror reflejado en su ciega vista. La sanguínea hemorrágica fluida por cada orificio natural, la rigidez del cráneo, envuelto en sus mortuorios tejidos cutáneos; las cicatrices que en toda su vida coleccionó involuntariamente en cara y cuero cabelludo. E, incluso, los parásitos capilares que poblaban en este encantadoramente desconocido pedazo de cadáver.

Con hosca carácter, el “hombre bigote” alejaba disimuladamente su atención, como si el trotamundos y su necrófago trofeo, no existieran aquí o en otra parte de su ruda vida.

Por lo que, su ritual vagar lo obligó a cambiar al hombre de expresión serena, que plácidamente descansaba en un asiento solitario, a espaldas del de bigote a la Káiser. Y quién no sólo se limitó a escucharlo, sino recibir complacido la curiosa presea entre sus manos.

-¡Y no es la única que he manufacturado!- Agregó el pordiosero, al encontrar en ese hombre a “alguien” que daba pie a sus exhibiciones.- Miré esta otra, algo más trabajada que la primera.

De la palabra a la acción, surgió otra cabeza de papel maché, que correspondía a la de una mujer de facciones bellas (para no decir pequeñas), de no ser por una terrible herida que le destrozaba la mejilla izquierda. Pese a estar en tal estado, aun conservaba el exagerado maquillaje en boca y ojos, de los qué expresaba un mirar que se perdía a la derecha. Como si en el último momento de su existencia, aun pudiera ver a su verdugo, y con ello, el rose del arma que se valió para dárselo.

La persona tomo la femenina cabeza con una de las manos; sopesándolas, comparó así las dos piezas de fantasía computarizada. No sé si lo hacía por ver el detallado trabajo, o lo original de la idea, o sólo era un mero impulso malsano nacido de la ocasión que se presentaba.

Girando paralelamente ambas, una mueca pícara tachó su cara al coincidir con los cogotes mochos rellenos de papel, dando a entender una falla en el esfuerzo realista aportado por el vagabundo, qué no dejaba en paz su nutrido soliloquio.

-No se guíe por ese lado. Ya que en las imágenes de prensa, es la única parte que no retratan, quedando mi intento de veracidad en la ruina. ¡Tirado a la calle!

“En una ocasión, hablé en persona con el editor en jefe del periódico que mayor aportación da mi obra:

“Lo siento, mi amigo.” -Me dijo.- “Es que sabemos por experiencia de que esa vista en particular no es fácilmente reconocida por nuestros lectores. Les causaría confusión el tratar de descifrarla, pese al aporte que da el pie de foto que marcamos en su calce. Por lo que se podría tener un espacio muerto en nuestro tabloide; y con ello, desperdiciar una área vital para imprimir ahí, publicidad u otros artículos de mayor interés. Y no crea que lo hacemos por fabricar historias ficticias ¡No, mi amigo!…”

-¿Cuanto pide por ellas?- Interrumpió imprudentemente el interesado, que aun sosteniendo las representativas cabezas humanas.

-No las vendo, señor.- Y diciendo esto, guardo meticulosamente cada una de las piezas, de vuelta en su deshilachada bolsa, con una actitud de incredulidad en su proceder.

-¡Yo las hago! Y me gusta tenerlas… Aveces se las muestro a la gente que pasa junto a mí…- Su titubeo al hablar, hacía que su discurso perdiera velocidad y volumen; cual caja de música que pierde la cuerda que la hizo vibrar.

-¡Son mías!… No las vendo. En mi cuarto tengo repisas llenas de ellas. Sólo se las enseño a usted. ¡A ustedes…! ¡Nunca las venderé! No… (¡…!) Yo… Las hago. Y…

Al agotarse la cuerda que motivaba su terco monólogo, el pordiosero regresó a donde había comenzado. Pasando junto al muchacho, que ya habían recobrado sus risotadas sin razón. Pasando del lado del “mostacho con botas”, quién aun lo trataba de ignorar con su agreste desprecio. Cruzándose en el camino de la madura fémina; que ahora de pié, se disponía a bajar en la próxima estación de transborde. Ella, al sentir el roce de las humildes ropas del desafortunado escultor sobre las suyas, volvió a lanzar otro alarido (que más de terror) de asco. Hasta llegar a la posición inicial de su aventura.

Y si creen que todo esto es invención mía, debo de aclararles queridos lectores, que en honor a la verdad, están ustedes en un piadoso error. Ya que, todo lo contado aquí fue imaginado; quedando en sus marcas escénicas, el artesano mendigo, la mujer, el gordo del paquete, los risueños chicos, el paisano del bigote; y el incógnito marchante de arte criminalístico, digno imitador lombroziano.

Sacando otro indefinible bocado más de entre sus marchitos ropajes, el desamparado, alardeaba su poca educación que gozaba, volviéndolo a mascar descaradamente, entre su desdentada boca. Cuando, al salir yo del vagón al anden; observé de soslayo que el vagabundo miraba insistentemente a la señorona sentada en la butaca individual. Acortando éste, la efímera distancias que los separaba en algo parecida a la nada. En tanto, el colorido convoy subterráneo, se alejaba de la estación; sin poder atestiguar lo que ya había fantaseado con ellos, momentos antes de que ocurriera.

Sólo quizás, esta historia aparezca plasmada en una de tantas áreas vitales, del próximo número de cierro rotativo.

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Acerca del autor

Americo Valadez

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