Literatura

El viaje en metro



El viaje en metro - Literatura

Llegué al metro a las nueve de la noche. Había caminado hasta la estación de Avenida de América y al entrar busqué la línea cuatro. Aferré con fuerza mi mochila para evitar que algún amigo de lo ajeno me la arrebatara. La zona del intercambiador era un hervidero de personas.
Yo tenía mi tarjeta magnética en la mano, me acomodé en la cola para acceder a los tornos de entrada. Iba hasta Ópera, para lo cual debía hacer trasbordo con la línea dos en San Bernardo. Después de unos empujones pasé mi tarjeta por el lector y accedí, cuando llegué al andén estaba plagado de gente. Como tenía tiempo de sobra, decidí esperar a que se despejara un poco, dejé pasar los dos primeros trenes para no viajar emparedada entre cuerpos sudorosos.
Me senté en uno de los bancos dispuestos contra la pared y me distraje mirando a la multitud. Se alineaban al borde del andén en doble o triple fila. No sé cómo podían aguantar las embestidas los de la hilera de delante para no precipitarse a las vías. Ni se me ocurriría situarme sobre la línea amarilla. Ante mí había una pareja de adolescentes. Él llevaba un pantalón que parecía haber heredado de su padre; ancho, demasiado largo, a punto de bajársele y dejarle en calzoncillos de no ser por los tirantes que le servían de freno.
La chica era delgada, exhibía los colores del arco iris en el pelo. Se abrazaban y besaban sin reparar en nadie más. Me pareció que se trataba de una despedida. Pero no, cuando llegó el tren se abrieron paso entre la horda de gente apresurada para apiñarse con el resto en el vagón. Quedamos unos cuantos esperando. Había tiempo. Poco a poco se fue llenando otra vez el andén de nuevos pasajeros tan nerviosos y apresurados como los anteriores.
A los cinco minutos llegó otro tren. decidí dejarlo pasar igualmente y tomar el siguiente. Aún tenía una hora y media por delante, tiempo suficiente para hacer la conexión con la línea dos y llegar holgadamente a Ópera. Siempre he sentido horror de quedar encerrada en una estación durante la noche. Los túneles me aterran, disparan mi fantasía.
Y mucho más después de haber escuchado la historia que mi prima contó en Navidad sobre el fantasma de una novia y un degollado en los pasillos del metro, me parece recordar que en la línea uno. Y los quejidos que se escuchan a las once de la noche. Para no pensar en en ello, empecé a observar a un hombre que se paseaba impaciente por el borde, más allá de la línea de seguridad. Se asomaba a cada rato hacia el túnel como si pudiera acelerar la aparición del convoy. Vestía un traje azul marino y corbata a juego.
Debía ser agente de seguros o un ejecutivo a juzgar por el maletín que sujetaba en su mano derecha. Era de mediana edad y tenía buena apariencia, me fijé en que llevaba alianza. Primero llegó el aire que la máquina empujaba, después el sonido del traqueteo del tren, me levanté olvidando mis cavilaciones. Me situé detrás del supuesto agente de seguros para subir al vagón. El hombre se giró y me vio, tuvo un gesto caballeroso y con un ademán, me dejó pasar antes. Le dí las gracias y me acomodé en un asiento junto a la puerta de acceso. Comencé a contar las estaciones hasta San Bernardo. Eran bastantes, conté nueve.
El hombre también bajó allí, me precedió en el el trayecto del transbordo. No habíamos cruzado ninguna palabra, pero yo me sentía más tranquila sabiendo que no estaba sola. Esta vez no dejé pasar ningún tren. Sobraba tiempo y sólo tenía tres estaciones hasta mi destino. El hombre y yo pudimos sentarnos en el último vagón, había varios asientos libres. Era un tren corto y venía prácticamente vacío.
Viajaban en él una viejecita que sostenía sobre su regazo una cesta con margaritas, ya un poco ajadas, iba también un chico lleno de pearcings, una mujer elegantemente vestida, un anciano aferrado a su bastón y una pareja con un niño de unos siete años a quien su madre reprendía continuamente para que permaneciera sentado. Hicimos el primer trayecto hasta noviciado, pero nada más salir de la estación, la luz comenzó a hacer extraños y perdió intensidad, unos segundos después se apagó. El tren se detuvo. Estábamos en medio del túnel.
Solté una exclamación de sorpresa y escuché la de los otros pasajeros. “¡Dios nos ampare!” oí decir, por la voz cascada, debía ser la viejecita. “¡Madre mía!” Creo que era el padre del niño revoltoso. “¡Qué sistema de mierda!” El chico de los pearcings, sin duda. “¿Creen ustedes que tardará mucho en reponerse el servicio?” Esa debía ser la mujer elegante. “¡Tranquilos, seguro que vuelve enseguida la luz!” La voz sonó a mi lado, era mi supuesto acompañante. El niño comenzó a llorar, fueron vanas las palabras de sosiego de la madre.
Un cachetazo, sin duda propinado por el padre lo acalló. En otras circunstancias yo habría reaccionado con indignación; me parece una crueldad pegar a un niño asustado, pero bastante tenía ahora con poder controlar mis propios nervios. ¡Ojalá no hubiera dejado de fumar! Hacía dos meses que me había desprendido del paquete de cigarrillos y del encendedor que tanta falta me hacía en este momento.
– ¿Nadie tiene un encendedor, o una caja de cerillas? Pregunté esperanzada. “No, no, no…” Fueron las respuestas. Desde el fondo del vagón fue creciendo una luz que antecedió a un empleado de seguridad uniformado.
– El corte va a durar varias horas.- Dijo con tono neutro.- Y añadió.- Van a tener que caminar hasta Santo Domingo.
– ¡Pero yo no sé cómo llegar después hasta Ópera!- Exclamé desesperada.
– No te preocupes, yo voy también allí, precisó la voz tranquilizadora del agente de seguros.
El empleado de Metro abrió la puerta y nos invitó a bajar.
– ¡Si vuelve la luz de golpe nos electrocutaremos!- Lloriqueó la viejecita.
– No va a pasar nada, señora. Los carriles están desconectados.- Afirmó el guarda con impaciencia.
Alumbrados por su linterna bajamos ayudando a los ancianos. El paso era lento debido a ellos. Parecíamos los únicos habitantes del mundo, era como estar en una película de miedo. Yo no perdía de vista a mi compañero, las sombras parecían alargarse y querer dejarnos ante el resplandor de la linterna que sostenía el guarda.
– Creo que ya llegamos a la estación.- Dijo. Y continuó.- Esperen hasta que abra la puerta de acceso al andén.- Se alejó hacia el lateral del túnel
La luz osciló hacia la izquierda hasta que un muro de tinieblas se la tragó. Mi mano buscó instintivamente la del hombre del maletín y se encogió en el seguro refugio de su puño. Hace una eternidad que el guarda se marchó. Ya no se oyen las protestas de los otros viajeros. Un estremecedor alarido se expande desde el fondo del túnel, se me pone la piel de gallina, mis rodillas comienzan a temblar, me abrazo al agente de seguros. ¿No debería ocurrir esto en la línea uno?

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Acerca del autor

Aicrag

6 comentarios

    • jejejej. Por experiencia propia te puedo decir que cuando viajo en metro siento miedo, y sino me distraigo en observar lo que sudece a mi alrededor, este se intensifica aún más. Así que contra el miedo es mejor aplicar la distracción que la “técnica de la peor fantasía”… Y créeme, da mucho juego, surgen muchas ideas y aparecen muchos detalles para luego plasmarlos en un relato.
      Gracias por tucomentario.

  • Un excelente relato. Quizá el ritmo un poco lento pero el ambiente y los personajes están muy logrados. Me encanta el final, un final abierto. Mi interpretación es que la protagonista iba a morir y el agente de seguros era su ángel de la guarda. Me ha encantado.

    • Sí, efectivamente, he usado el recurso de un ritmo más lento en la escena para contar lo que ocurre a tiempo real, como si lo estuviéramos presenciando delante de nosotros, es decir, como una película. He intentado tomar un ritmo que vertebre los tres elementos: la escena, la descripción y el resumen.
      Gracias por tu aportación.

    • Bueno, a veces nuestros propios pensamientos moldean la imagen que tenemos de la realidad. Y pueden darse de una manera tan automática, que empezamos a tomarlos como si fueran un verdades en si mismos, incluso cuando son completamente inverosímiles.
      Gracias por tu comentario.

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