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El Vuelo Que No Fué



El Vuelo Que No Fué - Viajes y ocio

Imagínese el lector un ave en la cima de una montaña altísima a la que le costó mucho llegar. Ante ella, se despliega un paisaje majestuoso y onírico al que nunca se había enfrentado en su vida; un valle interminable y refulgente de vida, un territorio exquisito esperando por ser explorado que se extiende hasta donde la bruma permite ver, todo bañado por la luz cálida de un sol que sale en el horizonte.
El ave respira hondo y toma impulso para volar pero entonces descubre que en realidad ya no tiene alas; se le han sido despojadas por alguna razón desconocida. Lo descubre justo en el momento previo a saltar y entonces, demasiado tarde ya para volver atrás, cae hacia el abismo. Y mientras cae, no deja de preguntarse que fue lo que sucedió, lo que salió mal. Y en el fondo de aquel abismo solo espera el mundo del que aquella ave había escapado tiempo atrás.

Esta escena que acabo de describir y que no corresponde a ningún extraño documental era más o menos como me sentía yo o como interpretaba lo que me acababa de suceder.
El sueño se había terminado: me habían rechazado la visa de trabajo para Nueva Zelanda. Después de meses de espera, de trámites, de idas y venidas, todos mis sueños por establecerme y prosperar en ese país se habían esfumado; habían pasado de ser algo que daba por hecho, a ser una imposibilidad, un oasis ilusorio, un espejismo.
Estaba preparado para desplegar las alas y emprender hacía  lo que creía que era el vuelo definitivo de mi vida, el vuelo al que me habían conducido todos los anteriores vuelos de mi vida, el vuelo que marcaría, lo que yo creía, el punto de bifurcación más grande de mi existencia. Y justo al final de mi carrera previa al salto para volar hacia ese horizonte incierto… ¡zas! El destino me había arrancado las alas. Y hablo del destino en un sentido más figurado que literal. Quizás más adecuado sería simplemente decir que las circunstancias me habían arrancado las alas.

Estuve muchos días intentando descifrar porque me había sucedido aquello, dándole vueltas a todo, buscando en vano una especie de respuesta que me ayudara a entender lo que me acababa de pasar. Porque como humano que soy necesito entender lo que acontece en mi existencia y hacia dónde va todo. Y la única forma que tenemos de entender, es hallando o inventando un sentido.
Verán, no soy un ferviente creyente de que todo lo que sucede tenga un propósito que escapa a nuestro entendimiento, de la noción de que todo lo que sucede en nuestras vidas está preestablecido. No creo en ninguna suerte de providencia , aunque debo reconocer que he vivido cosas que a veces siembran la duda en mi mente. He tenido mis momentos “ todo sucede por una razón” y probablemente los siga teniendo mientras viva.
Hablar de destino es también más poético, le da ese aire místico a las cosas. Y nos sirve como consuelo también cuando las cosas salen mal. Decir que algo estaba destinado, es decir que sucedió de la única forma que podía suceder , de la forma que tenía que suceder, nos guste o no, lo entendamos o no. Y que ese algo que sucedió a la larga moverá piezas de formas que no lo alcanzamos a vislumbrar, en el gran puzzle de nuestras vidas. Estoy hablando , por supuesto, de frases típicas de cabecera de autoayuda y que también escuchamos con frecuencia en el dia a dia. Frases tales como “no hay mal que por bien no venga” o “La vida tiene otros planes para tí”. Y es entonces cuando empiezo a tener… grandes problemas con esta postura ya que todo esto choca con el Gabriel más existencialista que vive en mí. Ese que dice que las cosas no tienen un sentido intrínseco, que somos nosotros quienes necesitamos dárselo porque necesitamos desesperadamente darle un sentido a nuestras vidas, ordenar nuestra realidad en la gran escala cósmica, sentir que cada pequeña cosa va estar bien, como decía Bob Marley.

Supongo también que la idea del destino es buena en términos evolutivos ya que favorece la supervivencia. Como especie, necesitamos creer que todo va a estar bien , de que todo tiene una razón de ser para poder enfrentarnos al inquietante futuro, adaptarnos a los que nos toque vivir y garantizar mejor nuestra supervivencia y la de nuestra descendencia en este planeta. De ahí quizás que  tengamos tan arraigada en nuestros cerebros esta noción.

Pero, un momento…¿cómo llegue a esto y donde estaba en el relato que en definitiva intento contar? Quería hablar de lo que me pasó y cómo me siento y de repente esto parece una especie de ensayo filosófico sobre la idea de que todo está predestinado.
Ah sí…que sentía como si me hubiesen arrancado las alas justo antes de emprender mi vuelo definitivo. Y pues bueno, para zanjar un poco el asunto filosófico; a un nivel inconsciente, más instintivo, diría que había sido obra del destino y a un nivel consciente, más racional, diría que simplemente sucedió, sin más motivo que el que yo le quisiera dar.
No obstante, al transcurrir los días mi percepción de la experiencia comenzó a cambiar. Y nuevas preguntas asomaron en mi cabeza: ¿no estaba acaso viendo el asunto desde una perspectiva errónea? ¿No estaba ignorando algo más importante? O dicho de otra forma, ¿no me estaba acaso enfocando en la pregunta equivocada? . Y resolví que sí, que al final lo importante no era filosofar o divagar sobre el porque me había sucedido aquello, que al final la pregunta no era ¿por qué?. La pregunta era ¿y ahora qué?.

De nada servía buscar un sentido a lo vivido porque jamás encontraría respuestas satisfactorias y si las encontrara , serían inventadas por mí. Pero también, y mucho más importante aún, porque aquello en lo que me enfocaba, ese castillo de naipes imaginario que se me había venido abajo, ese muro que repentinamente me separaba de mis sueños y planes a futuro en Nueva Zelanda ya era historia. Era parte de mi pasado. Y nada que pensara o hiciera podría cambiar lo que había sucedido.
Lo realmente importante era pensar qué haría con mi presente, ya que en definitiva era a lo único que podía afectar de veras con mis actos.
Y mientras le daba vueltas a ello pensando en cómo iría a reorganizar mi vida, tuve la urgente necesidad de refugiarme en el arte y materializar todo lo que sentía.

Después de todo, supongo que empezar por hacer catarsis escribiendo sobre lo que me sucedió no es un mal comienzo, ¿no?

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Gabriel German

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