Literatura

Ella

Ella - Literatura

ELLA

Sí, después de tantos años anhelándolo, llegó el gran día. El día en el que he podido salir de donde he permanecido encerrado durante todos estos años. No puedo creerlo.
Creo que la última vez que desperté con semejante ánimo data de aquella fecha en la que pude hablar con ella por última vez. […]. Ella fue, sin duda, la mejor que jamás he conocido.
Fueron aquel día sus ojos una fuente de lágrimas al contemplar mi nacimiento en el hospital “La Paz” (un hospital muy significativo). Ella tomó aquel ser recién nacido entre sus brazos. Fue así como yo supe que siempre estaría protegido por ella.
Pero no. Estaba absolutamente equivocado. Cabría esperar que ella hubiera estado a mi disposición, protegiéndome y amándome durante todo mi camino. Pero no. Me abandonó sin ninguna explicación. Aceptando mi cruda realidad, me obligué a continuar sin su calor.
El recuerdo de ella se fue difuminando progresivamente ya que mis amigos del colegio conquistaron de forma paulatina mi confianza. ¡Ellos eran todo con lo que contaba! Aún recuerdo los motes que nos pusimos cada uno: “El tibu, el ruso, el muñe, el primi…”
A ella ya no la echaba en falta ya que ellos me complementaban en todo. Tenía a personas fieles a mi lado. Me comprendían, nos reíamos, nos divertíamos juntos… En fin, ¡”Los moteaos” era un grupo inseparable! ¿Quién necesitaba a ella teniendo a ellos?
Ellos me brindaron los mejores momentos de mi adolescencia. Veranos en la playa, risas y juegos en el campo de “el ruso” (el más gracioso de todos “los moteaos”), reflexiones con José (el más reflexivo del grupo, siempre dispuesto a dialogar sobre cualquier cuestión filosófica), inviernos fríos en los que sentí el calor de mi grupo… El colegio me regaló amigos y grandes experiencias.
Para mi desgracia, cierto día, un miembro de “los moteaos” decidió irse del grupo de amigos para unirse a otro grupo más popular. (Esa maldita popularidad de la que todos los adolescentes son esclavos). Temí intensamente por la unidad del grupo. Actué activamente para que no se disociaran “los moteaos”… Lejos de salir las cosas como planeé, mis demás amigos se fueron con el amigo traidor dejándome absolutamente solo. […]. Es cierto que tenía a mi familia en casa. Pero para mí, al igual que para muchos chavales de mi edad de entonces, era como estar solo.
Así fue como naufragué por mares de desilusión. Torbellinos de depresión me absorbieron. Repleto de vacío me ahogaba en los océanos de mis propias lágrimas. Desolado, de sol a sol a solas.
Sorpresa la mía al cabo de unos días cuando, de repente, la sentí. ¡Era ella! ¡Ella estaba conmigo después de que ellos me desampararan! Me olvidé de ella gracias a mis amigos. Esos que ahora me habían abandonado.
Conversé con ella durante días, sumido en mi más profunda precariedad emocional. Mediante cuchillos y pensamientos suicidas. Ella me pedía ir con ella, pero ya había perdido mi confianza. Si me abandonó cuando más lo necesitaba, ¿por qué iba a unirme a ella ahora? ¿A modo de última opción por sentirme solo? Ni de broma.
Ella me advirtió de que me arrepentiría: “Estaré contigo hasta el final”.
Obvié sus sucias palabras porque las de José me salvaron de aquel vacío. José, el reflexivo de mi antiguo grupo de amigos, dialogó conmigo. Me hizo entender que la vida sigue. Que debo perseguir mis sueños. Que la juventud es como aquel fruto que se ha de comer antes de que se pudra. En fin, que viva mientras pueda. Él me hizo olvidar a ella y proseguí con mi vida.
El karma no es ciego y supo compensarme. Al ingresar yo en el bachillerato, volví a encontrarme muy a gusto con la vida. Ella me dio amigos nuevos, grandes experiencias, viajes…Y lo más importante de todo: pude conocer a Ana.
Ana era una chica muy alegre con la que coincidía en varias clases. Siempre que yo llegaba atormentado a clase, ella me alumbraba con su energía. Me hacía ver la vida muy bonita. Tanto como yo la veía a ella. La amé en secreto durante el bachillerato, disfrutando de su presencia cada vez que coincidíamos en clase.
No pude aguantar las ganas, así que en la graduación me declaré a Ana. […] La tensión se hacía notar por todos mis vasos sanguíneos: ¡Iba a declararme ante la chica que había amado durante los dos años de bachillerato! ¿Y si me rechaza? ¿Qué será de mí si me rompe el corazón? ¿Podré soportar otra profunda depresión?
Mis dudas eran demasiadas. Pero no podía dejar que la rabia durmiera tras la tráquea, esclava del miedo que me angustiaba.
-Ana, ¿tienes un momento?
-¡Claro, dime!
-Me gustaría manifestar algo que lleva dos años dentro de mí.
-…
-Has hecho que estos dos últimos años hayan sido los mejores por tu mera presencia. Me has hecho muy feliz. Me preguntaba si quisieras seguir haciéndolo a modo de pareja… – es pésimo pero, ¡Nunca me había declarado a nadie y no sabía muy bien cómo hacerlo!
-¡Oh! ¡Muchas gracias por tus palabras! Solo que… Me voy a estudiar la carrera a otro país, con lo que no vamos a poder estar en contacto. Lo siento mucho.
¡Vaya! Menudo palo… La chica que había querido durante dos años me rechaza. En fin, debe estudiar fuera. Es su futuro. ¿Qué le vamos a hacer?
Desanimado por las calabazas, prosigo con mi vida. Me inscribo en la universidad de Valencia donde me formo en pedagogía durante cuatro años.
Comienzo mis clases allí y es maravilloso el principio de la carrera. Nuevos amigos, nuevos lugares, nuevas fiestas… ¡Es fantástico!
Un día cualquiera del primer mes de universidad me topo con algo insólito: ¡Ana en el jardín de la universidad besándose con otro chico!¡ La chica que me gustó durante todo el bachillerato morreándose con otro! ¿No se supone que iba a estar estudiando fuera del país?
Ya encerrado en mi casa, no podía asimilarlo. ¿Cómo me ha podido mentir en que va a estudiar fuera y liarse con otro en mi propia universidad? Aquella noche fue un infierno. La angustia era tan profunda que tan solo quería desaparecer.
Y fue cuando, de repente, la volví a sentir. ¡Era ella! ¡Otra vez!
Cuando mis amigos del colegio me abandonaron fue la última vez que la vi. Ella no lucía tan grande y cercana como en esta ocasión. Envuelto en mi pena, dialogué con ella mediante sangre mía en el suelo. Fue todo muy extraño. Pero al fin y al cabo, ella era la que nunca me había abandonado. Siempre estaba presente en mis peores y más depresivas épocas.
Lo admito, dejé que me besara. Ya nada importaba. Pidió un abrazo más cercano, estar conmigo para siempre. Pero me negué. Mi último contacto con ella fue cuando José me salvó de mi tormento mediante esa especie de psicoterapia amateur. Al igual que aquel día, en este yo encontraba una motivación: ¡los niños! Debía seguir peleando por llegar a ser pedagogo y trabajar con ellos. ¡Son tan pequeños y tan grandes a la vez…!
Ella insistió persistentemente en que permaneciera a su lado. Pero no. Ya me había abandonado en el pasado. Me había desilusionado con ella. Me despedí de ella y dije no querer verla más.
Con mucho esfuerzo, zanjé mi carrera de pedagogía. ¡Sí! Aquel día fue alegría en estado puro. Era el día de la graduación universitaria. Me puse muy guapo. ¡Estaba para comerme!
Me lo pasé muy bien en la graduación. Fue todo normal hasta que un acontecimiento insólito y extremadamente fantástico revolucionó la noche. Cada vez que lo recuerdo no lo asimilo.
Ana, la chica de la que estuve enamorado en bachillerato y la cual me mintió para irse con otro chico, se acercó a mí en la graduación. Estuvimos hablando toda la noche hasta que anuncié mi retirada debido al cansancio acumulado.
En ese momento, se paró el tiempo. La Tierra dejó de girar.

-He estado pensándolo mucho tiempo y ya no puedo aguantar más. ¡Creo que estoy enamorada de ti!- exclamó Ana con ademanes nerviosos.
-…Claro. Por eso te liaste con ese chico en nuestra universidad, ¿verdad? No hay quien te crea, Ana.- respondí con contundencia.
– Mírame a los ojos. Me besé con ese chico, cierto. Pero adivina con qué chico he estado dejándome los sesos desde que se declaró.- justificó Ana penetrándome con la mirada.
-Si alguien tiene derecho a hablar de sufrir por enamoramiento en oculto soy yo. Tal vez no lo sepas. Durante los dos interminables años de bachillerato te quise en secreto. Observaba cada gesto, cada movimiento que hacías. Acumulé día tras día la ilusión por esa chica que jamás se fijaba en mí.- expresé con rabia.
-¿Seguro? ¿Quién se las ingeniaba para ponerse siempre al lado de ti en clase? ¿Quién te daba almuerzo cada vez que lo olvidabas? ¿Acaso no estaba para ti cuando estabas anímicamente destruido?- recordó Ana mientras escapaban las lágrimas de sus ojos.
Maldita sea. Tantos sentimientos y recuerdos juntos sobrecargaron mi cabeza. Resulta que esa chica que yo creía que pasaba de mí realmente no lo hacía. Proyectaba unos indicadores de interés que yo no sabía captar. Esto solo podía significar una cosa. ¡Ella también pasó el bachillerato enamorada de mí! La tesitura era realmente surrealista. Pero el tiempo avanzaba sin descanso y la conversación continuaba.
-He llorado por ti. He llorado mucho. Eres la persona por la que más he llorado. No quiero tropezar dos veces con la misma piedra.- objeté con tono severo.
-Si esta es tu decisión, no me queda otra que irme.- concluyó Ana mientras se daba la vuelta.
-¡Espera!- exclamé algo desesperado.
Ella se dio la vuelta y me clavó la mirada fijamente. Esta situación me desorbitó demasiado. Transcurridos unos segundos percibidos por mí como milenios, me aventuré a dirigirle la palabra de nuevo.
-Otra persona te rechazaría. El único obstáculo que me impide rechazarte es este sentimiento recíproco. Estamos muy enamorados.- concluí con una seguridad admirable.
Todo concluyó con un apasionado beso en mitad de aquel antro de ocio nocturno. En conclusión, acepté con mucha ilusión ser su novio. En la graduación de bachillerato soy rechazado por Ana y en la de universidad solicitado por la misma. ¡Las vueltas que da la vida!
La gran noticia es que me fui a vivir con Ana a una casa de alquiler. El dinero de nuestros padres consolidó nuestra fuente de ingresos. Yo cursaba un máster de pedagogía infantil mientras que ella trabajaba en una tienda de ropa. Éramos felices juntos haciendo lo que nos gustaba. ¿Qué más se puede pedir?
Involuntariamente, una noche me levanto muy alterado. Estaba tranquilamente en la cama cuando, súbitamente, un salto violento me saca de ella. Me dirijo al aseo mientras Ana duerme en nuestra cama. Y es en ese momento, en el aseo, a media noche, cuando la sentí profundamente. ¡Era ella! ¡Era ella con demasiada fuerza! La sentí con una intensidad inmensa.
Reprimió toda opinión que yo pudiera articular y me obligó a amarla. ¿Estás loca? He pasado toda mi vida con altibajos con el único objetivo de ser feliz. Ahora lo soy con la mujer a la que quiero, ¿y vienes a decirme que me vaya contigo? Desapareció repentinamente y yo seguí mi vida habitual.
-¿Te pasa algo?- me pregunta Ana a la mañana siguiente.
-No, no. Estoy bien- respondí firmemente.
No tardó en llegar una de las mejores noticias de mi vida: ¡Ana estaba embarazada!
No cabía en mi felicidad. ¡Iba a tener un hijo con la mujer que amo! Esto suponía hacer posible disfrutar mi pasión (los niños) con la chica que más quiero. ¡Es realmente fantástico!
Cuando no creía que mi vida pudiera ir a mejor, Ana me lanzó la maravillosa propuesta de casarme con ella. Aquello era lo máximo. Me regocijé en mi éxtasis placentero. Acepté sin dudas, sintiéndome el hombre más feliz del universo.
Con Ana embarazada de José (nuestro hijo, nombre inspirado en el gran amigo que me sacó del hoyo en mis depresiones pasadas) se produjo nuestra boda. El 12 de octubre fue un día fantástico. Mi boda sucedió en un ambiente de alegría infinita. Estaban “los moteaos”, mis amigos de la universidad, mi familia…
Recuerdo sentirme muy mareado y dolorido durante aquel día tan importante para mí. La volví a sentir de una manera muy fuerte. ¡Era ella! ¡De nuevo! No conversó conmigo. Tan sólo se redujo a mandarme besos y hacerse notar. Por más que le preguntaba por sus intenciones, ella solo me miraba y se reía.
El momento más aterrador fue cuando el cura pronunció las palabras: “¿Prometes amar a Ana hasta que ella os separe? Miré a ella de frente y a Ana también. Ella me miró y sonrió. Me dio la espalda al marcharse al mismo tiempo que yo afirmaba categóricamente ante la pregunta de aquel anciano sacerdote.
La noche del 4 marzo fue horrorosa. Posiblemente, la más oscura de toda mi vida. Me encontraba realmente mal. Vómitos constantes, extremos dolores de cabeza incluso alucinaciones. Entre una de ellas, la sentí de la forma más intensa que jamás la he sentido. ¡Era ella! ¡Con más fuerza que nunca!
Ana y yo acudimos rápidamente al hospital de urgencias. Me atendieron rápidamente y me analizaron. Una endoscopia reveló la noticia más funesta de mi existencia. Yo, marido de Ana, padre de José (todavía en la barriga de su madre), padecía de un avanzado cáncer de páncreas.
Me ingresaron en la unidad de cuidados intensivos como paciente de máxima vulnerabilidad. No recuerdo haber llorado tanto nunca. Durante mi tormento depresivo, la sentí con demasiada fuerza. ¡Ella me acosaba!
-No quiero verte, ¡vete de aquí!- exclamé.
-Por más que mires hacia otro lado, seguirás teniéndome enfrente. No puedes evadirte de mí.
En la habitación de aquel hospital, al lado de mi mujer embarazada, me vi obligado a asumir que ella era la única que me había amado siempre. Mi plenitud aumentaba agigantadamente mientras mi cuerpo se desvanecía en aquel hospital. Aquel día, por primera vez en mi vida, confié en ella y dejé que me abrazara.
Así fue como el río de la vida me arrastró hacia la desembocadura del fin. Hoy es el día. El gran día en el que he podido salir de donde he permanecido encerrado durante todos estos años. Sigo incrédulo. Abandono este mundo al lado de Ana. Acaba de quedarse viuda. Sin más recuerdo de mí que el ser que habita en su vientre, José. El niño que jamás conocerá a un padre al que le apasionaban los niños.
La dicha y la dura depresión me ahogaron en las dudas. Entre ellas hallé una certeza. Yo siempre estuve hecho para ella… […]

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Acerca del autor

Josagoras

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