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En Reversa - Literatura

Allanaron mi casa a eso de las once de la mañana. Cinco policías entraron con fuerza de gauchos y bien armados, todas ellos apuntándome. Yo no entendí por qué estaban aquí y, por sobre todo lo demás, buscándome. Está acusado de asesinato, me dice un poli. ¡Imposible!, replico, perplejo, asustado, y sin entender nada. He estado toda la semana aquí en casa. Ellos no prestaron atención y siguieron con el protocolo de llevarme a la justicia. Pero fui más astuto, me escapé por la ventana y di con el jardín delantero de mi casa, y salí corriendo. El clima, extrañamente, casi paranormal, había cambiado, era de mañana y había mucha neblina y frío. Corrí por toda la ciudad, y cuando supe que no me encontrarían ya detuve el paso, y ahora caminé, lento y sigiloso, tambaleándome en algunas ocasiones, culpa del frío, culpa del miedo. El tiempo pasó, se hizo ya de noche. Y topé con un vagabundo, caminaba en dirección contraria, iba muy arropado de telas gruesas. Yo lo miré unos segundos solamente. ¡Qué me ves!, me dice con ira entre sus chuecos dientes. Nada, caballero, le digo. Pero antes de siquiera parpadear, vi como el vagabundo se me lanzó directo a atacarme. Yo pude retenerlo unos momentos, pero era imposible quitármelo de encima. Entonces pasó lo que nunca en mi vida hubiera llegado siquiera a pensar. Sin buscar lo que entonces sucedió, lo maté con el cuchillo que traía agregado a mi navaja, le degollé de extremo a extremo su cuello. Quedé en choqueado, apenas podía respirar y el corazón me latía casi ya fuera de mi cuerpo. Salí caminando del indicio, muy sereno, tambaleándome en varias ocasiones. Y llegué a dar con un bar cualquiera, parecía uno lugareño, que muy pocos conocen y visitan con poca frecuencia, un bar dedicado a camioneros. Y tuve razón en todo lo que pensé al entrar. Le pedí al barman una jarra completa y un limón para acompañarla, y al cabo de minutos me entregó todo. Lo curioso es que, sin haber dado el primer sorbo, o siquiera oler el interior de la jarra, ya sentía el olor a cerveza impregnado a mi ropa, y un agrio mal sabor de boca.

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Matías

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