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Enloverado



Enloverado - Literatura

Historia de amor, escrita hace 20 años pero tan actual de estos días, que es imposible que no hayamos cambiado en nada.

Su corazón palpitaba ruidosamente, mirando de reojo a sus compañeros de clase, no fuera que se alarmaran del hilo musical situado entre ellos; bastante tenía ya con el castañetear de sus dientes desde el comienzo del día, pues se había convertido en una auténtica banda de música que acompañaba a la rítmica entonación del profesor que intentaba explicar, sin mucho éxito, dado la cantidad de durmientes existentes en el aula, su respectiva asignatura; tales acontecimientos le hacían llevar un perfecto control del número de segundos que restaban para que concluyera la clase, y el lento transcurrir de éstos se había convertido en un auténtico suplicio.

Anhelaba la finalización de las horas lectivas, para poder así calmar esa impaciencia en la que se había sumido conforme se acercaba la hora de la salida: ese día vería a su amada, y la sola idea de hacerlo le provocaba tal estado de excitación que apenas había podido dormir la noche anterior, imaginando lo inimaginable de hacer en su compañía.

– ¡Eh, Hermenegildo! ¡Despierta!

Su compañero de clase le propinó un codazo en la cavidad torácica, que le hizo salir del ensimismamiento en el que se encontraba tan embobado.

– ¡Joder, tío! Fíjate cómo has dejado la mesa.

Apuntó con sus ojos azules al lugar en el que Esteban le estaba indicando, y descubrió que, distraídamente, se había dedicado durante su tiempo de ensoñación a limpiarse con la punta del lapicero las uñas de las manos, dejando en el pupitre los restos de su hazaña.

– Perdona – Con un ágil movimiento de sus manos, despejó la superficie, sonriéndole estúpidamente a su compañero – ¿Ya?

– Estás loco. ¿Otra vez pensando en ella?

– El amor, ¿me entiendes?

– No. Eres un guarro. Esto no lo harás delante de ella, ¿verdad?

– A ella no le importaría. Nos vemos mañana.

La clase había terminado, y hábilmente, con la experiencia de todos los días recogió sus bártulos y se dirigió hacia la salida del edificio, en donde tomó su pequeño ciclomotor, ligeramente estropeado con el paso de las generaciones, pues provenía de su hermano mayor y él era el cuarto en usarlo, y se dirigió a su casa.

Era inevitable pensar en ella con cinco kilómetros entre la Universidad y su hogar, dejando volar la imaginación de cómo sería si estuviera con él; porque, amándola como la quería, su interior se resquebrajaba en infinitos pedazos de dolor cuando la veía pasear en brazos de otro.

– ¡No es justo! – Se decía a menudo, pues sabía a ciencia cierta que su actual amante la maltrataba delante de cuantos hubiera allí para presenciar su brutalidad, escuchando la reverberación de sus lamentos toda la barriada.

Por las noches, su existencia se volvía insoportable, pues escuchaba los suaves ronroneos que ella y Vicente (el frenético manoseador que la maltrataba salvajemente) realizaban bajo su ventana, con aquella voz que le hacía alcanzar el más profundo éxtasis, imaginándose que esos amorosos momentos podrían pertenecerle a él algún día, en el que ella descubriera que había otro hombre en el mundo que pudiera hacerla más feliz.

Al llegar a su casa, su madre contempló en los ojos de su hijo la extraña nebulosa que cubría su visión, regañándole por su anhelo:

– ¡Hermenegildo! ¿Quieres dejar de pensar en ella? No te conviene en absoluto. Además, Vicente le da una caña…

– No importa, mamá. El amor es así. ¿Acaso tú no sentías por papá lo mismo?

– Pero es distinto, hijo. Todavía eres muy joven. Déjala.

Dejarla… Si todavía no había podido conocerla, pensó.

– Sí, no me mires con cara de palurdo. Conocerás a muchas mejores que ella, de verdad.

Eso no importaba. ¿Por qué no podía tenerla a ella?

La verdad era que llevaba dos años detrás, y ni tan siquiera había conseguido saber el nombre con el que Vicente la llamaba en la intimidad, pues sabía que no usaba el de pila. Dejarla. Ese pensamiento comenzaba a apoderarse de su ser cada vez con mayor frecuencia, y era consciente que ahí afuera había muchas más por conocer.

A la mañana siguiente, se encontró con la difícil tarea que en su espíritu había hecho mella los consejos de su madre sobre su amada. Comenzaba a sentir que gran parte de su amor se estaba esfumando, quizás por la incorrespondencia que sufría. Esteban, al verlo con los ojos bajos, supo lo que le estaba ocurriendo.

– Hermi, te veo fatal. Es por ella, ¿verdad?

– Sí. Mi madre dice que la deje.

– Y hace bien. No es bueno enamorarse de ella si pertenece a otro.

– Pero no es justo: la maltrata. Incluso a veces se la cede a sus amigos para que jugueteen con ella.

– En eso no te debes meter, porque es asunto de los dos, no tuyo.

– Pero…

– No, de verdad. No te tortures. A mí me ocurrió lo mismo, y es mejor que salga de ti que sufras porque no la puedes tener.

Durante aquel día, y los catorce siguientes, Hermenegildo permaneció confundido, indeciso entre ser práctico o dejarse llevar por su corazón; su padre, al verlo tan abatido, habló con algunas personas, consiguiéndole una cita con Briseida, no tan preciosa como la que le embargaba el alma pero sí podía ser la adecuada para sacarle el clavo que su corazón portaba.

Al principio aceptó, pero cuando la sintió tan viva, tan cerca de él, tan suya, fue cuando su pasión por la anterior se evaporó como los susurros de la noche al amanecer, enamorándose tan perdidamente de ella que en una noche la otra se le había olvidado.

Aún hoy, cuando pasea por entre las calles de la ciudad con Briseida – tanto a él como a su familia le gustan denominarla así, aunque en realidad sea una Yamaha SR verde metalizada- entre sus brazos, recuerda con alegría como la consiguió, y mientras está con ella, rara vez mira a cualquier otra, ni siquiera a la Kawasaki GPZ 500 S azul eléctrico del vecino, sabedor que las motos son como las novias, que ni se deben prestar ni maltratar.
(R) 1998 Alejandro Cortés López.

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Ale Cortés

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