Literatura

Ese niño que solíamos ser



Ese niño que solíamos ser - Literatura

Ayer le pregunté a mi hijo si conocía a Lieonel Messi – No – me dijo, a lo que sentenció – Conozco a Mario Bros, el plomero. El es italiano y tiene un hermano, Luigui –

Por cada diez niños argentinos de entre 8 y 10 años que saben quién es Messi existe uno que no lo conoce, uno de esos es mi hijo. Y eso en cierto modo me tranquiliza, visto que a su edad yo también  sabía quién era Mario Bros y no tenía una mínima noción de quien era Diego Maradona.

Mi hijo y yo no vivimos en la misma casa, esto tiene una ventaja positiva y es que nunca llegué a canalizar en el todas mis frustraciones y mis complejos. De esta manera mi hijo creció con una identidad propia. Por ejemplo: a la edad de 3 años Camilo se sabía de memoria los nombres de los integrantes de los Beatles. No lo sabía por curiosidad ni por por melómano, los aprendió de memoria tal cual yo se los enseñé. Hoy, con 8 años, no tiene ni idea quienes son los Beatles, y cuando tenía 3 no tenía la capacidad de razonarlo, era sistemático, cuestión que nunca supo quienes fueron los cuatro de Liverpool. Pero si sabe quién es María Elena Walsh, y la escucha y le gusta por elección propia.

Entonces, la idea de que pase un buen rato jugando Mario Bros tal como yo lo hacía en mi infancia me dice que hubo una semilla que quedó germinando en su persona.

Entre el año 94 y el 96 no hice otra cosa que jugar al Super Mario Bros como si no existiera nada más. Mis padre compraron una consola de Family Games y desde entonces me pasaba tardes enteras jugando el videojuego. Había un único objetivo: pasar la final del Mario Bros. Nunca nadie en el barrio lo había logrado y yo, que para ese entonces ya había decidido dedicarme al fútbol y ser músico, sacrifique mis ratos libres para lograr la travesía. Y lo logré.

Para ese entonces corriamos con la desventaja que no existían las tarjetas de memoria, lo que hacía que el transformador de la consola siempre esté enchufado, caso contrario perderíamos todos los avances logrados. Los transformadores recalentaban y cada un mes había que comprar uno nuevo. Hoy día jugar videojuegos es tan aburrido como ir a misa. El avance tecnológico llego a hacer que los videojuegos sean tan realistas que ya no se sabe si los juegos son parecidos a la vida real o viceversa. Esto no da paso a la imaginación , es decir que mientras más real es el juego menos imaginación  desarrollan los niños al consumir videojuegos.

Entonces ahí estaba yo. Salvando a la princesa en la última pantalla del juego. Luego de eso fueron dos ocaciones más entre el 96 y el 99 y y una ya siendo grande, en un brote de nostalgia. Mi hijo no me cree, le resulta imposible pensar que yo con su misma edad haya pasado la final del juego. Desde entonces quiere lograr hacerlo más que nada en el mundo y hasta creo que me mira con una admiración  diferente.

Este relato debería de tener un remate más profundo y un mensaje para la reflexión, tal como me gusta terminar los relatos. Pero ocurre que viajé tan hondo en mi memoria que se me olvidó cual fue la razón por el cual decidí escribir esto. Quizá sólo encontrarme con mi infancia, tan simple como eso, infancia que quedó suspendida en el aire como un cometa y que cada tanto veo en los ojos de mi hijo, veo al mismo niño que fui, sin más nombre que ponerle al asunto.

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