Sociedad

«Ése no es el uniforme». La absurda visión de la disciplina en la escuela.



«Ése no es el uniforme». La absurda visión de la disciplina en la escuela. - Sociedad

“Quítese el suéter, no es del uniforme”, “Córtese el pelo”, “quítese el piercing”, “el salón debe quedar ordenado con los pupitres uno de tras del otro”, “ordénense por número de lista”. ¿Alguna vez llegó usted a escuchar alguna de estas frases? Probablemente responda que sí en al menos una de éstas; a fin de cuentas, todos hemos debido pasar por el sistema educativo formal, puesto que “la educación es un derecho”; y vaya derecho, ¡que hasta repulsión a la vida académica puede generar!  Pero, ¿Quién no puede terminar odiando esto, si a estas alturas de siglo se siguen perpetuando una buena cantidad de elementos desprendidos de los modelos educativos tradicionales, ya desfasados de las nuevas necesidades sociales? Esto se puede observar en las acciones de numerosos docentes, y también en los manuales de convivencia; estos, muchas veces rayan en lo ridículo, puesto que se reducen a  aspectos banales al momento de abordar el comportamiento esperado dentro de una institución educativa, ¡Y es que estar pendiente de que un estudiante no lleve el suéter del uniforme, tenga el cabello corto, mientras mira silenciosamente al vacío, pareciera ser más importante que evaluar sus capacidades académicas y sus destrezas individuales!

No cabe duda de que la disciplina es fundamental para la construcción de ciudadanos responsables; pero esa disciplina debe estar enmarcada en la construcción de hábitos que realmente le sean de utilidad al estudiante al momento de enfrentarse a los retos del mundo exterior, tales como: hábitos de estudio, pensamiento crítico, responsabilidad en sus deberes, entre otros. Lamentablemente, la escuela tradicional tiende a valorar más la construcción de una masa uniformizada que se vista igual, que hable igual, que memorice una cantidad de datos inútiles, que no critique al docente, y, en última instancia, que piense igual, o, mejor dicho, que no piense. En este sentido, la exagerada importancia dada a los uniformes y al silencio, lejos de tener un motivo eminentemente académico, solo parte de la perpetuación de normativas que en su momento surgieron de la necesidad de formar trabajadores sin capacidad de discernimiento. Ello permite afirmar, en consecuencia, que la mayoría de estas normas han prescrito ya en el tiempo, frente a las nuevas demandas sociales que van surgiendo con el pasar de los años, puesto que el enfoque de la educación moderna debe ser la formación de ciudadanos con pensamiento crítico, y no de borregos rumbo al matadero.

Otro aspecto del que bien vale la pena hablar es el concerniente al corte de pelo. Esta situación, más que una normativa de disciplina, se asemeja más a un vulgar fetiche que tienen los directivos y los docentes con ver a un niño/ adolescente con el cabello corto. ¿Cuál es la funcionalidad de esto? ¿Acaso que el cerebro tenga más contacto con el calor del sol para acelerar los proceso sináptico? ¿Quizás es un método revolucionario para facilitar el proceso de aprendizaje y la velocidad de pensamiento? Absolutamente no. Todo ello lejos de pretender la construcción de individuos que incidan positivamente en la construcción de una sociedad justa y equilibrada, solamente busca perpetuar (de forma inconsciente quizás) modelos estereotipados y sexistas en la construcción de lo masculino y lo femenino, a fin de cuentas “las niñas tienen el cabello largo, y los niños el cabello corto”, ¿Verdad? (Introduzca usted la palabra absurdo aquí).  Nuevamente, se observa una normativa que no genera una incidencia positiva dentro de la construcción del estudiante como ser pensante, sino en la conservación de esquemas sociales que han perdido vigencia en las últimas décadas.

Más allá de lo anteriormente expresado, también se debe considerar, dentro de esos modelos arcaicos, la distribución de las aulas al momento de dar la clase. ¿Me creería usted si le dijera que aún hay instituciones educativas que en pleno siglo XXI mantienen la premisa de que los pupitres en un aula deben estar distribuidos uno detrás del otro? Aparentemente es más pedagógico ver la nuca de los compañeros de estudios, que sus rostros. Más perfecto aun será si todos se mantienen en completo silencio, mirando al docente, puesto que las actividades grupales generan indisciplina (Por indisciplina me refiero a ruido; bastante tonto, ¿no?) ¿Acaso nos olvidamos de que en discusiones y en explicaciones es fundamental ver el rostro de los interlocutores? ¿O que la distribución en herradura facilita el desplazamiento del docente y el intercambio oral con los educandos?

Sin embargo, y de forma irónica, a pesar de todos los esfuerzos de los docentes tradicionalistas por mantener estos contextos, los resultados no son para nada alentadores. Aunque se les intenta imponer un uniforme y se hacen esfuerzos sobrehumanos (y tontos) en eliminar cualquier elemento que los diferencien (suéter, piercings, entre otros), estos continúan ignorándola, a pesar de las sanciones (y con razón); a pesar de violar su derecho a desarrollar libremente su personalidad, ordenando cortar el pelo a aquellos que transgreden las imágenes “ideales” que tiene la escuela con respecto al género, estos,  estos desarrollan nuevas herramientas para evadir dichas órdenes (¡Enhorabuena por eso!); por más que busquen un aula perfecta, en la que no se escuche ni un mosquito, los estudiantes continuarán hablando entre ellos, o riéndose de una situación, puesto que son seres sociales, que requieren de interacción grupal (Lo cual debe ser motivo de aplausos)

Es momento de trascender a estas cosmovisiones ya retrógradas; se debe recordar que un aula no es un cementerio, es un caos controlado. La escuela, en este siglo XXI, como se había expresado antes, no tiene como finalidad formar seres pasivos y silentes, sino individuos críticos capaces de tomar sus propias decisiones y asumir responsabilidades a partir de éstas. El desmedido interés en uniformizarlos no genera ningún resultado, más allá de aumentar sus índices de desprecio hacia la educación. Así pues, la escuela debe deslastrarse de estos pesos muertos, y enfocarse en lo que es realmente importante: el desarrollo de seres críticos, autónomos, con habilidades y destrezas enfocadas en sus propios intereses. En otras palabras, y parafraseando un poco a un pedagogo cuyo nombre he olvidado, se busca el surgimiento de estudiantes que no solo piensen fuera de la caja, sino que además se salgan de ella, la quemen, y dancen a su alrededor mientras arden. Pero, ¿los docentes están preparados para dar este paso?

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Acerca del autor

Jesús Alfonso Peña Maldonado

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