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Esencia



Esencia - Literatura

Como tercer corto, me salto un montón de ellos (para no resultar tan pesado con los sentimientos, jajaja), y es de una época que me los publicaban en papel en un boletín que existió en la Escuela de Ingeniería Técnica Industrial donde estudié, que iban en una carilla y cerraba el boletín con mis creaciones… Todavía hay personas que los tienen como recuerdo (quien sabe si algún día valen algo más que ese recuerdo, jajaja).

Desde que desayunó estaba dándole vueltas a la cabeza: algo se le olvidaba, de vital importancia, que debía hacer sin falta, pero… ¿qué?

¿La calculadora? No, está en la mochila.

¿Los bolígrafos? No, en la cartuchera.

¿Los profilácticos? No, hay cuatro en la cartera.

Cogió la mochila y, justo antes de abrir la puerta, recordó algo: las vitaminas. No era eso, pero ellas eran importantes para aguantar un día como aquél.

Sobre el macetero de la cocina se encontraban las cápsulas por lo que, con un rápido movimiento, desprendió una de la tableta y se la colocó sobre la palma de la mano. La observó durante unos instantes: le pareció algo grande, pero quizás no se había despertado del todo; desapareció al ser ingerida junto a un buche de agua, respondiéndole su esófago con el rebuzno apropiado.

Descendió las escaleras a trompicones, por culpa de un cordón mal abrochado y, una millonésima de segundo después de cerrar la pesada puerta del edificio, lo recordó: ¡No se había duchado!

Comprobó personalmente el problema: bajo la camisa, una sensación pegajosa le indicaba que debía haber pasado hace dos días por la ducha, mientras un cierto tufillo se escapaba sigilosamente por sus axilas, impregnando cuantos tejidos se encontraran entre ellas y el exterior. Por si fuera poco… pero no: también le olía el aliento, con lo cual sería mejor quedarse en casa.

Se dio la vuelta y descubrió… ¡Las llaves! Su compañero de piso se había marchado una hora antes, para coger sitio, y se las había llevado. No quedaba otro camino: ir a clase y apechugar con las consecuencias.

Confiaba que no hiciera demasiado calor, pues si se llegaba a quitar el jersey, al que tuviera cerca le podía amargar la existencia con su aroma corporal. Pero cuando llegó a la puerta del aula y recordó la cantidad de alumnos que asistirían, fue consciente de su imprudencia: más de cien personas encerradas durante dos horas en una clase respirando el aire que otros hubieran inhalado con anterioridad, recalentándose el ambiente más de la cuenta tarde o temprano, y con que hubiese otro tan olvidadizo como él, la esencia que podría captarse sería realmente asfixiante.

– Hola, Cenobio. Te he guardado un sitio.

¡Dios! ¡Qué mala suerte!

Se trataba de Corina, una de las chicas que había en su clase; para su gusto, hubiera deseado que no lo guardara tan cerca de la ventana, pues si soplaba una ráfaga de aire le desvelaría inmediatamente la fuente de la fragancia a humanidades.

– ¡Ah! ¿Sí?

– Sí. Así podré copiar de ti lo que ponen en la transparencia. Va tan rápido…

Al acercarse hasta ella, comprobó que se había zambullido en ese perfume tan, tan… no sabía cómo definirlo, excepto por la forma en la que sus hormonas se convulsionaban cuando se encontraba en sus proximidades. Y ese día podía olerla hasta a tres kilómetros de distancia.

Comenzó la clase y, cómo no, sobrevino lo inevitable: el calor humano se reconcentró, haciéndole descubrir su descuido. Una sensación de impotencia se adueñaba de su ser, permaneciendo más quieto de la cuenta, con los brazos pegados al cuerpo, para no contribuir a la propagación de tan temido olor, pero su corazón se le disparaba por momentos. Una fugaz visión apareció por su mente: ¿qué color tenía la caja de vitaminas? Verde. ¿Pero no era naranja? ¿Qué me he tomado?

Para colmo de males, estaba en la típica clase en la que el profesor de turno establecía un largo monólogo entre él y la pizarra, aburriendo a cuantos fueran capaces de seguirlo; Cenobio odiaba esas clases, pero eran de lo más instructivas en cuanto a pensamientos de toda índole (en su mayoría relacionados con el sexo femenino).

De reojo, admiró a Corina, aumentando su hipersudoración hasta límites insospechados al contemplar cómo los fluorescentes arrancaban destellos rojizos de ese hermoso cabello que había heredado de su madre cuando, sin poder evitarlo, el bolígrafo se le escurrió de las manos, dirigiéndose al pasillo.

¿Qué podía hacer? Miró a su alrededor, para ver si algún compañero de clase se había percatado del suceso, pero todos permanecían, o bien dormidos, o bien pensando en otros menesteres.

Si no recojo el boli, me aburriré como una ostra, pensó. Y, de paso, podría admirar a Corina desde otro ángulo.

Se levantó sigilosamente, acercándose para recogerlo, pero con aquél movimiento provocó una agitación de sus glándulas sudoríparas, especialmente al alargar el brazo. Incluso se le olvidó mirar a Corina, pues el que más cerca se encontraba de él lo miró con cara de repugnancia.

En su interior, no dejaba de pensar: ¿Se habrán dado cuenta? ¿Tan mal huelo? ¿Qué estoy haciendo aquí?…

Fueron pasando las horas y, con ellas, el número de gente a su alrededor disminuyó paulatinamente. E incluso podía dar gracias, pues su constitución física era menuda. ¿Qué hubiera ocurrido si hubiera sido gordito?

Nada más llegar a casa se volvió desgraciado, pues se había tomado un supositorio de Paracetamol, utilizado por su compañero de piso para evitar los dolores de la muela del juicio. Discrepó momentáneamente sobre la forma de usarlo, pero su tarea más inmediata era ingresar en la ducha, permaneciendo allí hasta que sus bulbos olfativos dejaron de apreciar algún tipo de olor.

Al día siguiente, tras una noche fisiológicamente algo dislocada, no le guardaron el sitio, pero sí pudo convivir con sus compañeros de clase satisfactoriamente, dándose cuenta de la importancia que tiene la higiene personal, no solo para uno mismo, sino también con los demás.

 

 

 
(R) 1.997 Alejandro Cortés López.

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Ale Cortés

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