Literatura

Estar con vos

Estar con vos - Literatura

Están en una cena con amigos. Vos, él y la banda de siempre. Lucas y Pamela. Darío y Juana. Emilia y Joaquín. Lola y Andrés. Bella (vos) y Mariano (tu novio). Sentados en el quincho de Lola, comiendo unas ricas empanadas de delivery. Sí, ustedes poco y nada amigas de la cocina son. Y ellos ni siquiera saben donde queda. Se encuentran como cada sábado, entre las nueve y diez de la noche, para compartir noche de amigos. Y si los adoras tanto, es porque ése no era tu grupo. Sino, el de tu novio.

Porque Lola entro al grupo, cuando tenían sólo catorce años y dio su primer beso con Andrés. Desde ése día se hicieron inseparables. Joaquín y Emilia eran mejores amigos hasta que cupido les tiro al carajo la regla básica de la amistad. Lucas y Pamela son del grupo original. Y vos, entraste a los dieciocho, cuando una noche de nostalgia y tristeza te trajo como regalo a un rubio de metro ochenta, ojos marrones (o negros si estaba enojado), cuerpo deseado y cara de buen tipo. Lo conociste y pum… te enamoraste. A los cinco minutos ya ni sabías porque llorabas, porque la tristeza no formaba parte de tu guión. Y desde esa noche, él se encargo de llevarte de la mano hacia la felicidad. Bueno… a pequeños momentos, porque la felicidad son instantes. Esos que verdaderamente se disfrutan. Si no, no podrías distinguir una sensación de otra.

Sí, sí. Volvamos al origen. Hablan de facultad, de trabajo, de chistes, de enojos. Y todo va bien hasta que se toca el tema censurado. Se toca a Laura. Su ex. Conocida por todos ellos. Obvio, si ella formo parte del grupo antes que vos. Aunque las chicas insisten en decirte que nunca les cayó verdaderamente bien. Algo de lo que hasta el día de hoy tomas con pinzas. Y vos, Bella, también sabes quien es. ¿Por qué? Por protagonizar más de un escándalo frente a miles de personas. Entre ellas, podemos destacar aquel día fuera de un boliche donde le gritó al mundo entero que lo amaba a más no poder. También ése año nuevo en el que, en el club del barrio, donde se celebraba una fiesta, se le tiro encima para saludarlo. O cuando se apareció por su cumpleaños con una torta y un feliz cumpleaños, nano –así lo llaman. Aunque no la odias desde ese día. No, no. La odias desde que te dijeron que se llama Laura y vive a solo seis cuadras de Mariano. Que lo engañó y que quiere recuperarlo como sea. Pero bueno… hace cuatro años que viene fallando. Sí, es que tuvo algo mejor que hacer él en ese tiempo. Estar con vos.

-La vi ayer en el súper… esta re cambiada –cuenta Lucas.

-¿Cómo de cambiada? –pregunta Emilia.

-No sé… más calma, mas tranquila, más sencilla, más… –y los más te retumban en la cabeza.

-Bueno, mientras sea bueno para ella –se arriesga a decir Mariano. Claro, ya vio tu cara de póker.

-Pero en serio lo digo, de manera objetiva –alzas la mirada y lo miras fijo a los ojos. Pero Pamela, que siempre es tu aliada, salta con algún comentario picante.

-Bueh… muy objetivo no podes ser porque vos la pasaste por el cuarto –y todos ríen. Vos y ella con maldad.

-Amor, eso es un pasado muy lejano –y le guiña un ojo. Ella ríe pero no pierde su eje. Defenderte, porque odia tanto como vos que nombren a las ex delante de ustedes. Son celosas por naturaleza aunque vos poco lo demuestres.

-Si vos lo decís… –y ya te jode el tema. Contas hasta mil. No, no… reemplazas por diez mil.

-Pero en serio, hasta está más linda… -¡y tu bufido retumba por los aires! Todos te miran, pero ni un gramo de sonrojo en tus mejillas.

-Ey, calmen un poco… Bella está por estallar –Andy te gasta y a vos el humor te abandono desde que la nombraron. Sonreís por compromiso y jugas con tus manos.

Mariano se da cuenta y se te acerca. Te abraza y sabes que lo hace porque para el sólo es un juego. Y he aquí la base del problema. Él nunca la frenó de mano. Siempre la dejó ser. Y el garrón te lo comes solo vos. Te da besos en la mejilla, los hombros (tu punto débil) y la boca. Te abraza y mima. Nano sabe como tratarte, como contenerte. Y así, juntos y abrazados en uno de los sillones plásticos del quincho esperan hasta que todos se organicen. Esa noche sale fiesta en un boliche muy conocido, y todos van a festejar. ¿El motivo? Estar juntos.

Llegan y la noche está en la cresta de la ola. Se separan y cada grupo va por su lado. Ellos a bailar, ustedes a la barra. Son lo opuesto a cualquier grupo común. Vos pedís un trago frutal y lo tomas de una. Te pedís otro. Y a los veinte minutos, salen a bailar en grupo. Y ellos se unen. Y toda va bien hasta que esa melena rubia que conoces aparece en escena. Entra segundo trago con fondo blanco. Y si te dijeron que las bebidas dulces no te ponen en pedo, te mintieron. Y la ves acercarse de a poco. Cada paso. Cada mirada que le regala a tu novio. Y llega a su cometido. Que él la salude. Y el grupo también. Pero vos te haces la viva y te das media vuelta antes de que se te acerque. Porque si hay algo que no sos es falsa. Y más de uno se sorprende. Porque si bien estás bien educada y nunca le diste vuelta la cara, esta noche decidís hacerlo. Ella y dos amigas (con pinta de gato, obvio) se suman a bailar. Y varios te miran de reojo. Vos te vas a la barra por el tercer trago y sabes que Pamela los está contando. Porque te vigila de cerca. Y cuando volves, la ves. Bailando con él. Con Mariano. Y sí, notas que él se distancia un poco. Que baila por compromiso. Que seguramente Laura se le tiro encima y él como de buen tipo pasa a ser boludo, la habrá dicho que si podían bailar una canción. Y te calentas. Jodido. Feo. Porque sabes, y pones las manos en el fuego que Mariano no te traicionaría, pero… tu paciencia no es eterna.

-¿Interrumpo? –y ella algo sobradora te mira. Pero claro, delante de Mariano no puede mostrar la hilacha.

-No negrita –te dice y trata de soltarse pero ella lo tiene agarrado por los hombros como gata en celo.

-Bueno, entonces permiso –y tu cuerpo acompañado del metro setenta la sacan. Ella te mira impresionada, porque nunca creyó que fueras tan brusca. Y él, Mariano, no sabe si reírse o agachar la cabeza. Pero ni lo dejas pensar. Le comes la boca de un beso y así pasan el rato.

-Amor –y no lo dejas hablar, porque si no se va a pudrir todo. Bailan un rato largo, hasta que las chicas proponen una vuelta.

El boliche en cuestión es enorme, con más de una pista de baile. Aprovechas y para sacar la tensión, te divertís criticando a alguna ridícula que se puso absolutamente todos los accesorios y de colores diversos. A esos dos que se manosean sin pudor alguno. Al flaco que le dan todas juntas hasta el amanecer. A la amiga que te abraza porque encontras borracha y que nunca te cayó bien. En fin, que no es tan amiga. A los que les gritan que harían cualquier cosa por ustedes (o que les harían cualquier cosa). En fin, una hora de distensión. Hasta… que la amargura te pega de frente- Laura otra vez está en los brazos de Mariano y directamente, no hay paciencia o buena voluntad que valgan. Te acercas y lo miras de frente. Hasta que ves que te focaliza y se queda serio –bailaban riéndose. Ella te mira y sigue agarrandolo de las manos. Y haces lo único que te sale hacer, encararlos.

-¿Qué te pasa flaca? –y no la tocas. Él la suelta e intenta hablar. Obvio, no lo dejas– ¿me estas buscando no? –no, a tu novio. Bueno esta bien, un chiste nomás. Sigo relatando.

-Para Bella –y todos tus amigos (porque no son sólo de él) te miran.

-¿Para qué? ¿Para qué? –y te das el lujo de empujarlo. No lo moves pero te hace sentir un poco mejor agredirlo– ¿vos no entendes, no? Él es mi novio. Mi novio –le deletreas en sílabas, y la mitad de los chicos voltean para reírse. Porque sos muy graciosa borracha.

-Te podes calmar –te impone Mariano. Nunca te vio así y no sabe como actuar.

-No, no me calmo nada –te retobas y te acercas a ella– ¿te sale bien el papel de mudita, no? Sí, te sale genial. Sobre todo porque pareces avergonzada pero ni un pelo teñido tenes de vergüenza, estúpida –y ya desbarrancas. Lo miras a él y ves que está enojado por el alboroto pero no te importa. Explotaste, pero poco y nada. Te das media vuelta y tiras el vaso de fruta cerca de Laura, lo cual la deja toda decorada por frutas reales. Empezas a llevarte a gente por delante y más de una puteada te comes, pero vas ciega. Sorda y muda. Enojada con la vida, con él, con ella. Con todos. Bajas una escalera y recorres la mitad de otra pista. Y cuando por fin llegas a la última escalera caracol que te lleva a la salida, una mano te toma de la muñeca.

-¿Qué te pasa? –te grita porque la música está muy fuerte. Y porque también se siente descolocado.

-¿A vos que te pasa? –y te soltas de su mano.

-¿Estás loca Bella? ¿Estás borracha? –y baja un nivel porque tus ojos están llenos de rabia.

-¡No, estoy harta! –y agarras tu bolso con más fuerza– harta de vos, de ella, de tu juego de mierda –y te corta.

-¡Yo no estoy jugando a nada! –y se gritan. Y se lastiman.

-Sí, estás jugando… ¿cuántas veces hablamos de esto? ¿Cuántas veces te dije que la cortaras de un principio? Sabes lo que pasa, que yo no me banco esto, no me lo aguanto –y trata de hablar pero no lo dejas– ¿cómo te sentirías vos en mi lugar? ¿no te jodería que yo dejara que un tipo me persiguiera? Porque a mi ella me molesta, pero lo que me haces vos… lo que me haces vos me duele –le decís y él siente el impacto en sus huesos. Porque lo dejas sin aire.

Aprovechas y empezas a bajar las escaleras pero también te persigue.

-¿A dónde vas? –te dice con esa voz que mucha veces te derritió.

-A mi casa –y no lo miras.

-¿Cómo vas a ir? –y se hace el arrogante. Él te llevo al boliche. Pero vos sos peor. Usas la ironía y soberbia.

-Fácil. Termino de bajar las escaleras –y le mostras como bajarías las escaleras, cosa que sería graciosa si no estuvieran discutiendo– me paro en el cordón de la vereda y grito taxi cuando un autito de color negro y amarrillo se acerque. Él tipo te pone una tarifa, un poco cara por cierto, y le digo la dirección… y unas cuantas cuadras me dejan en mi casa. Abro la puerta si me coordina la mano y marco cuarto piso. Entro y mientras me acuesto, te puteo a más no poder –terminas tu relato con una sonrisa irónica. Te soltas y corres para irte.

Y haces exactamente lo que relataste. Sólo que con algunos cambios. Bajas las escaleras y casi tropezas en el último escalón, porque él te sigue de cerca y no queres que se te acerque. Viene un taxi, como en toda novela cuando la protagonista lo necesita, y te subís bruscamente. Él se acerca corriendo y te mira cuando te subís, y antes de que llegue a destino y te saque a los tirones, le decís al taxista que arranque. La tarifa es de cuatro pesos, la mínima y pensas que bien lo relate. Te recostas en el asiento hasta que diez minutos después, te paras frente a la puerta de entrada. La mano derecha está en rebelde y no quiere meter la llave en la cerradura. Hasta que la izquierda la ayuda, y abrís la puerta. Tiras la cartera, los zapatos y disparas al baño. Una ducha bien fría. Y la borrachera se va de golpe. Así como el dolor de cabeza aparece. Y Mariano también.

-¿Estás loca? –te dice con cara desencajada. Tira las llaves que vos misma le diste tiempo atrás y se cruza de brazos para escudarse.

-No, estoy perfectamente –y el orgullo aparece.

-No parece… sinceramente no puedo creer el show que te mandaste –y claro, la culpa siempre la tenemos las mujeres. Seguramente ahora te culpa de payasa, ridícula, celosa, borracha y loca, claro. Antes no formulo una pregunta, sino una afirmación.

-Y yo no puedo creer que de buen tipo pases a ser tan boludo –y le hablas sin gritos. Con la verdad como bandera– ¿cuántas veces hablamos de lo de Laura? ¿Cuántas veces me comí escenas como estás y nunca te dije nada? ¿Cuántas veces fuimos a lugares y te persiguió sin disimulo alguno? A ver… decime –y las manos en la cadera.

-Y yo te dije mil veces que no la tomes en cuenta, que no importa lo que ella haga –se te acerca y vos retrocedes– a mi no me importa lo que haga. Y sí, tenes razón. Te pido perdón porque fui un boludo y acepte bailar con ella para no hacerla sentir mal. Y no, no pensé que te iba a joder tanto pero tampoco pensé que ibas a enloquecer así –y volvemos al foco del problema.

-Ése es el gran problema, Mariano –y cuando lo llamas por el nombre, algo o todo va mal– a vos te parece un juego, una escena de celos. Y a mí no. A mi ya no me jode que la dejes acercarte, a mi ya no me jode que tengas culpa por algo que no hiciste porque ella te engaño, a mi no me jode que quieras tener una amistad con tu ex novia, a mi no me jode que la dejes acercarse a vos –y él sabe que lo peor está por venir– a mi me duele –y volves a ver como impactan esas palabras en él– y yo no te voy a dejar lastimarme.

-¿Que me queres decir, Bella? –y sus ojos reflejan miedo.

-Que se terminó –y sus ojos se abren inmensamente.

-No digas las cosas en caliente, Bella –y quiere acercarse. Pero te alejas cada vez más.

-Si te vas… deja las llaves en la mesa –y lo dejas parado en el living de tu departamento.

Te acostas en la cama desplomándote y no haces lo que dijiste. No lo puteas. Bueno, sólo un poquito. El otro resto lloras. Por él, por ella, por vos. Porque odias esta situación. Porque te recordas en cada acción de esta noche y te das vergüenza. Porque odias a su ex. Porque te enoja que él sea tan bueno y tan boludo. Porque recordas el día que lo conociste, el primer beso y la primera vez como una secuencia de película. Porque lo amas. Porque no queres que nada se termine.

Si te vas… Obvio que él capto el mensaje. Porque entra en tu habitación (o la de los dos). Escuchas el sonido de su ropa al caer al piso. Corre las sabanas y se mete en tu cama (o la de los dos) y te abraza fuerte. Y así se quedan mientras vos lloras y él te besa los hombros tantas veces que ya perdiste la cuenta (amas contar cuantas veces te besa).

-Perdón, perdón, perdón –y a cada uno lo nombre despacio, con cautela y sentimiento. Porque lo siente y a vos te llega el mensaje.

-Vos también perdoname… me mande cualquiera –y te das vuelta para apoyar tu cara en su hombro y besarlo a él. Y lo sentís respirar fuerte y abrazarte hasta que algún músculo se queja.

-Yo soy cualquiera –y quiere que lo mires a los ojos– tenes razón. Nunca le puse un freno, nunca le marque los límites. Soy un boludo.

-Yo no quiero pelear con vos por ella, no quiero que terminemos nada por ella pero… a veces me colma la paciencia –y abrís tu corazón– nunca te hice una escena de celos pero hoy me cansó. Y no fue lo peor que hizo pero bueno, yo también tengo un límite –y sabes que te entiende.

-Sí amor, lo sé… y lo entiendo. Yo en tu lugar no me lo bancaria ni a palos –y al fin. Se puso en tu lugar, Bella– pero te aseguro que no va a pasar más. Y voy a hablar de una buena vez. Porque sinceramente a mi también me cansa, me jode y hasta me incomoda –y muchas cosas más que no vale la pena decir– pero yo quiero que te quede algo bien claro.

-¿Qué? –le susurras.

-Yo te amo a vos, Bella –y ése bendito tono de voz que pone cuando te habla– y no hay Laura, ni fulana que me haga olvidar eso. Yo sólo quiero estar y tenerte a vos. A ninguna otra.

-¿Me prometes que nunca nos vamos a separar? –y te niega con la cabeza.

-No, no te puedo prometer eso –y lo miras fijo a los ojos– yo te prometo que siempre voy a querer estar con vos –y… ¡que tipo te ligaste, piba!

-Te amo –le decís y lo sellas con un beso.

Y es claro Bella, él quiere estar con vos. Te elige a vos. Te ama a vos.

Tu brillo me ilumina
La oscuridad para poder mirar,
Si necesito pensar en los días sin sol,
Cuando aprieta el dolor, da paz
Estar con vos.
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paumunevar

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