Historia

Europa: Continente Y Concepto

Europa: Continente Y Concepto - Historia

Desde el punto de vista estrictamente físico, un continente se define convencionalmente como una gran masa contigua de tierra generalmente separada de otras por el agua. Las islas se ajustan a esa definición, siempre que estén situadas en la plataforma continental, que es la parte estructural y el verdadero límite de un continente.

 

África, Norteamérica, Sudamérica, Antártida y Australia están, en mayor o menor medida, separadas entre sí. En realidad, Norteamérica y Sudamérica están unidas por el istmo de Panamá. Del mismo modo, Asia y África se conectan por el istmo de Suez. Sin embargo, los canales artificiales que cortan cada uno de estos istmos los dividen técnicamente, por lo que se considera que constituyen verdaderas barreras intercontinentales.

 

La definición anterior no se aplica a Europa y Asia. Las dos masas de tierra son contiguas y no están separadas entre sí por mares u océanos; más bien forman una unidad geográfica de proporciones colosales, un supercontinente: Eurasia. Lo cierto es que, geográficamente, Europa es una península –o mejor dicho una península de penínsulas e islas– del Asia continental, tal y como lo son el subcontinente indio o la península Arábiga, que incluso descansan sobre placas tectónicas distintas a la del resto de Eurasia.

 

Si bien la mayoría de las fronteras marítimas de Europa son evidentes –el Océano Ártico al norte, el Océano Atlántico al oeste y el Mar Mediterráneo y el Mar Negro al sur–, el límite que la divide del Asia continental al este ha estado históricamente sujeto a controversias. ¿Dónde dibujar la frontera oriental de Europa?

 

Europa como continente y como concepto

 

Desde la antigüedad clásica, la respuesta a esa pregunta ha sido establecer límites históricos y culturales arbitrarios que prevalecen sobre los criterios geográficos convencionales. En tal sentido, “Europa” es un continente y a la vez un concepto, cuyos límites han oscilado tremendamente a lo largo del tiempo.

 

Los antiguos griegos llamaban “Europa” a las tierras que los separaban de los persas aqueménidas, al oeste del complejo canal que fluye en el sentido sur-norte desde el Mar Egeo, siguiendo por los estrechos turcos y el Mar Negro hasta el Mar de Azov. En el siglo VI a.C., Anaximandro fijó el límite más oriental de Europa a lo largo del río Fasis (el moderno Rioni) en las montañas del Cáucaso, en la actual Georgia. Esa convención fue seguida por Heródoto, quien un siglo después dividió el mundo conocido (“Ecúmene”) en tres partes: Europa, Asia y Libia (como era conocida África en la antigüedad), con el Nilo y el Fasis formando sus límites. En el período helenístico, una nueva convención movió los límites continentales hacia el curso del río Tanais (el moderno Don), en la actual Ucrania, convención que fue mantenida por los romanos y atravesó la Edad Media hasta el siglo XVIII.

 

En 1725, Philip Johan von Strahlenberg, un geógrafo sueco de origen alemán, fue el primero en apartarse de la frontera clásica del Don, moviendo la línea divisoria más al este para seguir el río Volga al norte y luego a lo largo de los montes Urales. Esa convención tuvo el mérito de fijar los Urales como la gran barrera física entre Europa y Asia, un límite “natural” que separaría la Rusia “europea” de los pueblos “bárbaros” asiáticos. La frontera de Strahlenberg pronto encontró aceptación en toda Europa y en la misma Rusia. La curva hacia el sur a través del Volga fue más controvertida, y posteriormente muchos geógrafos eligieron el río Ural que se alza en el extremo sur de los montes Urales y desemboca en el extremo norte del Mar Caspio, al sur. A principios del siglo XIX, geógrafos franceses promovieron como la frontera sur de Europa las montañas del Gran Cáucaso, que conectan el Mar Caspio con el Mar Negro.

 

Desde entonces, la moderna línea divisoria entre Europa y Asia (de sur a norte) arranca en el Mar Egeo y sigue a continuación por los estrechos turcos (Dardanelos-Mar de Mármara-Bósforo), el Mar Negro, la cuenca del Gran Cáucaso, la parte noroeste del Mar Caspio y a lo largo del río Ural y los montes Urales hasta el Mar de Kara (en el Océano Ártico). Se trata de la definición más ampliamente aceptada, aunque no exenta de controversia, dado que no hay ninguna razón puramente geográfica que la respalde.

 

Turquía y Rusia: ¿naciones europeas?

 

De acuerdo con cualquier definición que se utilice, Turquía y Rusia son estados transcontinentales con territorios tanto en Europa como en Asia. Mientras que Rusia es históricamente un país europeo con una historia de conquistas imperiales en Asia, la situación para Turquía es inversa, como la de un país asiático con una historia de conquistas imperiales en Europa. Sin embargo, pese a la convención geográfica, la pertenencia de ambas naciones al espacio histórico-cultural europeo siempre fue problemática.

 

Los detractores de Turquía y Rusia siempre tuvieron otra Europa en mente: el espacio unificado por Carlomagno en el siglo IX que siguió bajo la influencia de la cristiandad latina tras la caída del Imperio romano, y que comprendía las tierras al norte de la península Ibérica, las islas británicas, Francia, el occidente de la actual Alemania, las regiones alpinas y el norte y centro de la actual Italia. Esa definición se convertiría con el tiempo en la definición clásica de “Europa”, casi como sinónimo de “Occidente”. En tal sentido, Europa terminaba donde comenzaba Constantinopla (la actual Estanbul), primero con la Bizancio ortodoxa y posteriormente, en los albores de la Era Moderna, con la Turquía otomana, incluso cuando ésta avanzó profundamente sobre el continente propiamente dicho. Cuando los turcos controlaban grandes partes de los Balcanes, se consideraba que esas áreas estaban más allá de Europa, cuyo límite oriental era la frontera entre los imperios otomano y austriaco. No deja de sorprender que en sus comienzos, Europa era simplemente esa porción de tierra en el continente que los persas tenían que cruzar para llegar a la propia Grecia. Irónicamente, 25 siglos después, Grecia se convirtió en una parte indisociable de lo que se entiende por “Europa” (tanto a nivel geográfico como conceptual), mientras que el antiguo peldaño persa ahora se conoce como la Tracia turca. Su existencia avergüenza a los que niegan la “europeidad” de Turquía. Según la historia antigua, Turquía (o al menos Tracia oriental) podría pretender ser, incluso, la primera encarnación de Europa.

 

Asimismo, la definición “occidental” de Europa trató de excluir a los principados eslavos del este, incluyendo el que se convertiría en su estado más poderoso, Moscovia, cuya formidable expansión hacia el sur y el este de Asia daría origen al complejo imperio de “todas las Rusias”. Las raíces bizantinas, el reclamo apocalíptico de Moscú como la “Tercera Roma” tras la caída de Constantinopla, y su reivindicación como protectora de la fe ortodoxa y del mundo eslavo, no hicieron más que profundizar esa brecha.

 

La desaparición de los imperios autocráticos al final de la I Guerra Mundial reformuló completamente el espacio europeo, y en consecuencia el concepto mismo de Europa, a partir de la creación de varios estados basados en el principio de la autodeterminación. Sin embargo, la ilusión de una Europa libre, autónoma, pacífica y unida en torno a valores compartidos se mostró demasiado frágil, y fue rápidamente solapada en el transcurso de tan sólo dos décadas por el ascenso de los totalitarismos, comenzando con el abandono de España a su suerte durante la guerra civil y culminando con el sacrificio de la antigua Checoslovaquia y la desaparición de Polonia –la cuarta en poco más de 150 años. Terminada la II Guerra Mundial, la imposición del poder soviético sobre Europa central y oriental llevó a que la URSS y sus estados satélites del Pacto de Varsovia, así como la difunta Yugoslavia de Tito y la Albania de Hoxha –es decir: todo el espacio comunista del postguerra–, fueran completamente aislados y situados en las antípodas de “Europa”, cuyo concepto se volvió a reforzar como sinónimo de “Occidente” y de sus valores políticos asociados.

 

Una Europa única: ¿realidad o espejismo?

 

El concepto de “Europa” sufrió una profunda inflexión en la segunda mitad del siglo XX con la afirmación de los valores políticos “occidentales” como requisito indispensable para la pertenencia al espacio europeo. Sobre los cimientos de esos valores se edificaron entidades supranacionales que han redefinido Europa como una comunidad política única en la Historia.

 

El ejemplo más prominente, por su antigüedad, es el Consejo de Europa. Constituido en 1949 por diez estados con el fin de promover la paz y la democracia en una Europa entonces agotada por las guerras, el Consejo es la más antigua de las organizaciones de integración europea del siglo XX. Su ampliación progresiva a partir del postguerra culminó con una gran apertura hacia el este comunista después de las transiciones democráticas en Europa central y oriental durante la década de 1990. En la actualidad comprende 47 estados miembros (de un total de 51 estados considerados “europeos” en un sentido amplio), incluyendo aquéllos que, al no estar situados dentro de los límites geográficos tradicionales, se consideran fuertemente entrelazados con Europa por razones históricas, culturales o cualquier otra que les permita afirmarse y ser reconocidos por su “europeidad”. Por su parte, la Unión Europea, pese a comprender un número mucho menor de países (28), cuenta con mecanismos e instituciones de integración que abarcan prácticamente la totalidad de los estados europeos. Ejemplos de ello son el Espacio Económico Europeo; la Unión Aduanera de la Unión Europea; los Procesos de Estabilización y Asociación (que incluyen Albania y las ex repúblicas yugoslavas de Serbia, Montenegro, Bosnia y Herzegovina, Macedonia y Kosovo); la Asociación Oriental (establecida con las ex repúblicas soviéticas de Europa oriental y del Cáucaso: Bielorrusia, Moldavia, Ucrania, Azerbaiyán, Armenia y Georgia); entre otros.

 

Sin embargo, las primeras décadas del siglo XXI vieron el surgimiento de múltiples crisis que han puesto en entredicho el proyecto europeo. El estancamiento del euro, el Brexit, el avance del nacionalismo xenófobo, la crisis de los refugiados, las tensiones con Rusia, la deriva autoritaria de los estados de Europa central, la quiebra del pacto social, entre tantos otros factores, han producido nuevas y profundas divisiones dentro de Europa, que hoy por hoy amenazan fuertemente los cimientos y los valores sobre los cuales está construido el edificio europeo. De no instaurarse una nueva forma de ingeniería política que permita afrontar esas divisiones, el concepto mismo de “Europa” podría sufrir una nueva reducción histórica de su alcance, pese al relativo consenso moderno acerca de sus fronteras.

 

Los países transcontinentales de Europa

 

Rusia

 

La Rusia europea comprende aproximadamente un 40% de toda Europa, lo que la convierte en la nación más grande de dicho continente. Pero representa menos del 25% de la totalidad del territorio ruso. De acuerdo con el censo de 2010, alberga a aproximadamente el 77% de toda la población rusa (alrededor de 110 millones de personas) y la mayor parte de su industria y agricultura, además de Moscú y San Petersburgo, las dos ciudades más grandes de Rusia, y una densidad promedio es de 35 hab./km². El proceso de formación histórica de la nación rusa tuvo inicio en la parte europea del país. Por su parte, la Rusia asiática, equivalente a la superficie de China e India juntas, ocupa aproximadamente más del 75% del territorio ruso (zona denominada tradicionalmente Siberia), pero tiene sólo un 23% de su población (alrededor de 33 millones), y una densidad promedio de tan sólo 2,5 hab./km².

 

Turquía

 

La región de Tracia oriental, también conocida como Turquía europea, es la parte de la moderna República de Turquía que forma parte geográficamente del sudeste de Europa. Representa el 3% de la superficie terrestre de Turquía y comprende el 14% de la población total del país. El resto del país se encuentra en la península de Anatolia, geográficamente en Asia occidental. La ciudad más grande de Turquía, Estambul, se encuentra a ambos lados del Bósforo (uno de los estrechos turcos), por lo que es una ciudad transcontinental.

 

Georgia, Azerbaiyán y Armenia

 

La definición moderna de Europa coloca a las ex repúblicas soviéticas de Georgia y Azerbaiyán principalmente en Asia, específicamente en Asia occidental, conocida vulgarmente como Medio Oriente. Sin embargo, cada uno tiene pequeñas porciones de sus territorios situadas al norte de la cuenca del Gran Cáucaso, es decir: en Europa, de acuerdo con la definición convencional de los límites geográficos europeos. Aunque situada completamente en Asia, su suele incluir a Armenia entre las naciones euroasiáticas del Cáucaso, mayormente por su pasado soviético común y por sus fuertes lazos culturales con la Europa cristiana.

 

Chipre

 

Chipre es una isla del Mediterráneo oriental situada al sur de Turquía, frente a la costa de Siria y al norte de Israel. Técnicamente en Asia, es miembro del Consejo de Europa desde 1961 y de la Unión Europea desde 2004.

 

Kazajistán

 

Kazajistán, una de las ex repúblicas soviéticas de Asia Central, tiene dos provincias –Kazajistán Occidental y Atirau – que se extienden a ambos lados del río Ural, por lo tanto con porciones territoriales en Europa según la definición convencional.

 

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Acerca del autor

HELBERT LOPEZ SANGUINO

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