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Europa: Según Quién Y Para Quién

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EUROPA: SEGÚN QUIÉN Y PARA QUIÉN

Cuando en julio de 2017 se cumplían años de la caída del bloque del Este, el primer ministro húngaro Viktor Orbán no vacilaba en sostener que Europa Central era el  futuro de Europa, comparándolo con aquellos años, donde Europa era el futuro para Europa Central. A ello le sumaba, lo que para él era, el “fin del mundo social-liberal”.  Claramente, estaba contraponiendo dos visiones sobre Europa, pero más allá de eso, estaba poniendo en cuestión la hegemonía alemana en el viejo continente.  ¿Es posible pensar en una nueva Europa, regida por nuevas reglas y nuevos dirigentes políticos? Tomando en cuenta el rol que juega Alemania en Europa, su política doméstica y el ascenso de nuevas expresiones políticas que le disputan su poderío, es posible trazar un análisis sobre el rumbo político de la región.

Una globalización no tan global

Para comenzar, es necesario situar el contexto general en que un discurso como el pronunciado adquiere sentido. El primer ministro húngaro pertenece a una nueva clase política que viene a plantear un desafío para el orden mundial globalizado y liberal. Y cómo expresión máxima de ese proceso globalizador, la Unión Europea (bajo el liderazgo alemán) es el blanco de las críticas.

¿Qué es lo que se pone en discusión? A priori, dos hechos: que las decisiones que se toman al interior de este bloque son más perjudiciales que beneficiosas para sus países; y que en caso de existir beneficios, éstos son capitalizados desigualmente. En consecuencia, las críticas recaen sobre los pilares del mundo libre: el libre flujo de personas; el libre comercio; la conformación de estructuras supra-estatales y la reducción del papel del Estado en este orden global.

Contestación social y electoral

¿Quiénes son los que desafían este orden? Existen dos vertientes que han canalizado el malestar social de esta globalización y regionalización europea: Por un lado, la izquierda, que ha tomado protagonismo ante el declive identitario y electoral de la socialdemocracia. Su postura es bastante clara: un cambio profundo en el statu quo europeo que permita una mayor participación de la periferia en las decisiones del bloque y una distribución más igualitaria de sus beneficios.

Por otro lado, los movimientos de extrema derecha, que han ascendido electoralmente ante la inacción o falta de respuesta política de la dirigencia tradicional. Su postura es más extrema: la Unión Europea constituye no sólo una amenaza para el funcionamiento del Estado-Nación sino también para la identidad y estabilidad económica-social de sus ciudadanos.

¿Hegemonía en cuestión?

Como se sabe, durante los últimos años, Alemania ha asumido el liderazgo de la Unión Europea y se ha convertido en el referente del mundo liberal y globalizado en Europa. Sin embargo, el protagonismo que han adquirido aquellas contestaciones ha puesto en duda, no sólo el liderazgo de Alemania bajo la figura de Angela Merkel, sino también la viabilidad de una Europa unida y a la vanguardia del mundo liberal. Esto ha planteado por primera vez una crisis dentro de la UE y no son pocos los que afirman que la hegemonía alemana podría estar llegando a su fin. ¿Es ello una posibilidad concreta? Analicemos algunos hechos y escenarios posibles.

Europa, ante una última oportunidad

Sin lugar a dudas, la victoria de la Unión Demócrata Cristiana de Angela Merkel en las elecciones federales de Alemania, junto a la formación de una nueva coalición con la Social-Democracia, ha representado un gran alivio para los eurooptimistas, sobre todo después del gran crecimiento de partidos de extrema derecha, tanto en Europa como en la misma Alemania (con “Alternativa para Alemania”). Así, la continuidad del ideal europeo quedó asegurada. Esto no significa que deba subestimarse el poder de estos movimientos, pero si la Alemania pro-europea sabe aprovechar esta nueva etapa, el apoyo a este tipo de partidos va a quedar muy reducido. Es por ello que el futuro del bloque dependerá de lo que se haya aprendido del pasado y de las reformas que puedan hacerse acorde a ello.

Si tomamos como ejemplo la política de puertas abiertas asumida por Merkel, el abandono de esta postura podría no significar necesariamente una solución. Pero sí una reevaluación de sus métodos y objetivos. En tal sentido, sería sumamente necesario que se implemente un plan de inmigración a largo plazo, donde no sólo se plantee un condicionamiento a la entrada indiscriminada de personas, sino también un plan de acción para integrar a aquellos inmigrantes que ya se encuentran en territorio europeo. Y por qué no, la posibilidad de extender el ámbito de acción hacia afuera del bloque, a partir de un plan de previsión en el cual la asistencia al refugiado/inmigrante se le brinde en su territorio de origen antes de que opte por la emigración como solución a su situación.

Pero claro está que ello no sería suficiente. Debería ser complementado con una democratización y redistribución de las competencias hacia dentro de la Unión, que permita no sólo una mayor participación de los países periféricos en los espacios de decisión sino también la igualdad entre sus miembros a la hora de aprovechar los beneficios y soportar los costos que la permanencia dentro del bloque trae consigo. Un primer paso hacia ese objetivo sería una reforma a la Convención de Dublín, que obligando a hacerse cargo del asilo al Estado por el cual el inmigrante haya ingresado por primera vez a la Unión, coloca todo el peso de esa tarea en los países periféricos, quienes son frecuentemente las puertas de entrada elegidas por estas personas.

Finalmente, una cuestión que no es menor es la cuestión identitaria. Es tiempo que se acepten las diferencias entre cada uno de los miembros del bloque, para evitar la aplicación absoluta de programas económicos que no respetan la idiosincrasia de cada país y que por ello muchas veces terminan en fracasos. Es hora de pensar en una “Europa a distintas velocidades”.

Un punto de inflexión

Todos ellos son escenarios posibles pero no los únicos. Lo que sí queda claro es que este momento representa un punto de inflexión que no debe ser desaprovechado. Escuchar las voces de los más postergados de la UE significa reducir el euroescepticismo y aislar los extremos políticos, sobre todo el ascenso de esta extrema derecha renovada debido a los errores del pasado. De esta manera, fenómenos como el BREXIT van a constituirse en casos excepcionales y aislados, y la ampliación y profundización de la Unión Europea va a ser, ya no un deseo sino también una necesidad. El que ello suceda va a depender exclusivamente de la voluntad de sus dirigentes. ¿Está la Europa globalizada y liberal dispuesta a aprender de los errores y hacer concesiones, o va a permitir que el “fantasma neoconservador” tome la iniciativa? Esa es la gran cuestión que queda abierta, por lo menos para los próximos cuatro años.

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