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Falacia de falsa autoridad y teísmo



Falacia de falsa autoridad y teísmo - Ciencia

Falacia de falsa autoridad y teísmo. Como es sabido, esta falacia consiste en invocar la autoridad de una persona conocedora en un campo para probar argumentos de otro campo. Es muy común en la publicidad, donde grandes deportistas nos cuentan los beneficios de tarjetas o bebidas de cuyas bondades no tienen ni idea. Se le llama también argumentum ad verecundiam, literalmente a la vergüenza, porque los medievales solían avergonzar a un estudiante al decirle que si creía saber más que Aristóteles o que el Espíritu Santo. La acusación de pretender saber más que el Espíritu Santo fue dirigida por algunos teólogos contra Copérnico, al decir que la Tierra se mueve a pesar de que un salmo afirma que la Tierra está bien asentada sobre sus cimientos y no se mueve. Hoy, muchas páginas cristianas acuden a la autoridad de grandes pensadores como Descartes, Leibniz, Newton, Robert Boyle -padre de la química moderna- y otros, que fueron creyentes, para probar la existencia del Dios cristiano. Cuando revisamos el pensamiento de cada uno de estos autores, vemos que su Dios es distinto al Dios medieval. Por ejemplo, para Descartes, al menos en un pasaje de su Discurso del Método, Dios puede ser un ente que dio el golpe inicial al universo y dejó que todo siguiera de manera natural. Eso hacía imposible los milagros y lo sobrenatural. El Dios de Leibniz lo determinó todo mediante armonía preestablecida, no hace milagros. Menos el de Spinoza, que es la naturaleza misma y no puede cambiarse a sí mismo. Todos creen en Dios no solo para quedar bien con los creyentes, como dicen algunos, sino por algo que era un dogma para todo el pensamiento antiguo y medieval: la causa siempre es superior al efecto y no hay nada en el efecto que no haya estado antes en la causa. Era algo lógico y evidente. Si hallamos un objeto caliente, es porque otro más caliente lo ha calentado. No puede ser que un hielo transmita calor a otro cuerpo porque, como decían los medievales, «nadie puede dar lo que no tiene», un cuerpo frío no puede dar calor. Si Dios es primera causa, no solo es causa del movimiento o de la existencia de las cosas, sino también de su esencia. Si los humanos tenemos inteligencia, voluntad, sentimientos… si somos personas, es porque alguien con esas cualidades en grado sumo nos las dio. Por eso hasta principios del siglo XIX no hay pensadores ateos. El primero en decirlo abiertamente fue Schopenhauer. Grandes químicos, como Priestley, Cavendish y, sobre todo, Lavoisier, demostraron que algo puede estar en el efecto sin haber estado en la causa. Por ejemplo, hidrógeno y oxígeno forman el agua, pero esta es más que la suma de esos elementos, es un compuesto en que aparecen cualidades nuevas. De allí a la teoría de la evolución, con la observación de que en los hijos aparecen cualidades que no están en los padres (y por eso una especie mejora o podría saltar a ser otra), hay solo un paso. Y de allí a la abiogénesis, o sea, la idea de que elementos no vivos se unieron y formaron algo nuevo, la vida, había otro paso pequeño. No se necesitaría una primera causa con vida, personalidad, inteligencia… esa causa podría ser un misterioso ente que explotó hace 13000 millones de años. Para un ateo, una causa de tamaño cuántico, como dijo Hawking, pudo originar este vasto cosmos, algo impensable para cualquier pensador anterior al siglo XX (a veces es impensable para cualquiera de nosotros).

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Acerca del autor

Luis Alberto Solórzano Sojo

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