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Fast fashion: la moda peligrosa



Fast fashion: la moda peligrosa - Medio Ambiente

La estética visual de la moda, junto con el cuidadoso proceso de marketing y publicidad, genera que el impacto que esta industria tiene en el medio ambiente pase desapercibido e ignorado por la mayoría de los consumidores. ¿Se trata entonces de no conocer o de no querer conocer?
Según la RAE, la concepción de moda hace referencia al uso, modo o costumbre que está en boga durante algún tiempo, es decir, algo efímero que cambia constantemente y no permanece. Siguiendo al pie de la letra esta definición, es que la industria de la moda no muestra intenciones de mejorar los productos o crear una nueva funcionalidad para sus usuarios, sino que respalda el hecho de comprar sin la necesidad real de adquirir un producto. Es más bien comprar deliberadamente, utilizar las prendas el periodo que la moda dicte y luego desecharlas. Hasta ahora, ya que en los últimos tiempos, más usuarios han empezado a cuestionarse de donde viene y cuánto cuesta realmente lo que se usa.
Es en este contexto donde se generan ciertos interrogantes: ¿Qué y quienes están detrás de las prendas de indumentaria que se consumen? ¿Cuál es el costo que debe pagar el planeta por tener en casa el último grito de la moda? Y, finalmente ¿Dónde van a parar los productos que ya no se utilizan y son simplemente desechados?
Como bien se explica en el artículo escrito por Lucia Lence en agosto de 2018 para el sitio Endemico, es necesario distinguir entre la industria de la indumentaria y la industria de la moda, ya que poseen distintos objetivos. La primera produce y comercializa prendas de vestir. La segunda, comercializa una aspiración, un estatus y reconocimiento social. Con su cadena de producción, las dos generan un impacto tangible y trazable en el ambiente. Sin embargo, es la industria de la moda la que, además deja una huella psicológica (intangible) ya que lucra con la inseguridad del consumidor. El objetivo es la compra inmediata, irracional e impulsiva a raíz de un sentido de pertenencia y estatus en la sociedad. La industria de la moda es la industria de la tendencia y por definición es desechable, no perdura ni genera un valor agregado.
Según explica en un comunicado el psicólogo de Quirónsalud Campo de Gibraltar, Ildefonso Muñoz, para un estudio del Hospital de Bellvitge en Barcelona, «el problema puede tener dos vertientes: por un lado la persona que experimenta un gran placer mientras compra y su cerebro libera una descarga de dopamina y endorfinas -las mismas sustancias que libera el cerebro cuando comemos chocolate o mantenemos relaciones sexuales, por ejemplo-; y por otro lado la persona que experimenta un malestar psicológico (e incluso físico) por no comprar y que únicamente puede evitar con la compra, es decir, el placer de comprar desaparece, y se genera algo que se puede diagnosticar como una adicción formal conocida como oniomanía».
«A la conducta compulsiva se llega a través del primer grupo de personas descritas», continúa Muñoz, «es decir, buscando la sensación de placer en las compras para compensar sensaciones desagradables de la vida diaria, como aquel que acude a la nevera y se da un atracón de comida». El especialista asevera que «debido a las nuevas técnicas de marketing que utilizan los centros comerciales, cada vez es más fácil caer en este problema, ya que determinados sonidos (música ambiente con bastante ritmo), luces, distribución de la tienda e incluso olores están estudiados minuciosamente para incitarnos a comprar, por lo que este problema está creciendo».

¿Qué y quienes están detrás de las prendas de indumentaria que se consumen?
En el documental “The True Cost”, lanzado en 2015 y dirigido por Andrew Morgan se muestra la cruda realidad que existe detrás de cada prenda que se consume. Es real que la cinta muestra imágenes crudas y sensibles, pero en lo personal no creo que sea haga desde el morbo y el amarillismo, sino más bien como un grito desesperado para que todos tomemos conciencia y empecemos a replantearnos el hecho de “comprar compulsivamente”. Morgan muestra el impacto social, económico y ambiental que la industria de la moda produce, la cual además se caracteriza por generar cada año más de 2,5 billones de dólares en utilidades, subcontratando a sus empleados en países del tercer mundo con sueldos poco éticos y pésimas condiciones laborales, como bien se evidenció con el derrumbe de una fábrica en Bangladésh en el año 2013, donde se producían prendas para alrededor de 30 marcas occidentales y que dejó 1.100 muertos y más de 2.000 heridos.
El documental genera una crítica al sistema capitalista que desarrollo lo conocido como “moda rápida” (fast fashion). Esta tendencia se basa en el continuo incremento sin límites de beneficios económicos para los grupos dominantes. Sin embargo, el plante tiene sus límites, ya que la moda contamina indiscriminadamente. A su vez, el planeta no es el único que tiene límites marcados, sino también los miles de trabajadores (la gran mayoría mujeres)  son explotados en países del tercer mundo, con pésimas condiciones laborales y sueldos miserables. «No quiero que nadie lleve puesto nada que sea producido por nuestra sangre», dice Shima Akhter, trabajadora textil que gana menos de tres dólares al día.

¿Cuál es el costo que debe pagar el planeta por tener en casa el último grito de la moda?
Según “El costo ambiental de estar a la moda”, artículo publicado por la ONU, en el marco de  la Conferencia sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), la industria de la moda es la segunda más contaminante del mundo, arrojando los siguientes datos:
-Se requieren 7.500 litros de agua para producir unos jeans.
-El sector del vestido usa 93.000 millones de metros cúbicos de agua cada año, una cantidad suficiente para que sobrevivan 5 millones de personas.
-La industria de la moda es responsable del 20% del desperdicio total de agua a nivel global.
-La producción de ropa y calzado produce el 8% de los gases de efecto invernadero.
-Cada segundo se entierra o quema una cantidad de textiles equivalente a un camión de basura.
-La producción de ropa se duplicó entre 2000 y 2014.
La manera en que se produce la ropa deja una gran huella ecológica, ya que para teñir las telas se utilizan químicos sumamente tóxicos sumado a mucha agua, que va a parar luego a los océanos, volviéndolos cada vez más ácidos. Se estima que el 20% de los tóxicos que se vierten en el agua viene de la industria textil. Y si se habla de agua, un elemento vital para la vida, pero que se vuelve cada vez más escaso, la industria de la moda necesita de toneladas de ella para fabricar la ropa. (Jackson, T. 2016).
Los otros materiales que llevan las prendas, como el poliéster, el nailon o el acrílico, hacen que se vierta hasta medio millón de micro plástico anualmente en los ríos que terminan en los océanos.
El documental River Blue, dirigido por Roger Williams y David Mcllvride, muestra cómo se tiñen los ríos más contaminantes del mundo ya que no existe un tratamiento adecuado para los residuos. La mayoría de estos ríos fluyen a través de cuidados industriales donde sus aguas se contaminan con la cantidad de tóxicos desechados por las fábricas, influyendo no solo en la calidad de vida humana con el desarrollo de enfermedades como el cáncer y afines a la piel, sino también en la perdida de la biodiversidad local con su flora y fauna.
El documental cita los países con mayor contaminación en sus ríos, los cuales, casualmente, albergan la mayor cantidad de fábricas textiles, claro está, en pésimas condiciones laborales. Se trata de China, India, Indonesia y Bangladesh, entre un par más.
Citando nuevamente el documental The Ture Cost, se añade un nuevo problema en el proceso de producción de la ropa: el algodón. Esta materia prima requiere de cientos de hectáreas de tierra para ser sembrado, y claro que utiliza agrotóxicos, los cuales no solo contaminan al planeta, sino que generan problemas de salud para los campesinos que trabaja la tierra. El poder de las corporaciones sobre los gobiernos y la gente, el poder de las farmacéuticas (el gran negocio detrás de las enfermedades, que es otro tema de debate), y el daño que hace la publicidad, no sólo por generar apetito consumista sino por desviar patrones de belleza, afecta física y emocionalmente a los consumidores.

¿Dónde van a parar los productos que ya no se utilizan y son simplemente desechados?
La ya mencionada “moda rápida”, crea prendas de bajo costo y fácil acceso, lo cual hace también que sean fáciles de desechar, terminando en vertederos.
Un estudio publicado por el sitio web, Ecnomía Digital, asegura que las personas en el mundo occidental compran un 60% más de ropa que a principios de siglo, pero la vida útil de las prendas se ha reducido a la mitad.
En España, una persona se desprende de siete kilos de ropa por año. Mucho más tiran en Alemania o el Reino Unido, con un millón de toneladas anuales, y Estados Unidos lidera el listado de ‘fast fashion’ con 13 millones de toneladas de prendas arrojadas de los armarios.
Con buena voluntad, millones de personas la depositan en contenedores de ONG’s a la espera que sus camisetas y jeans tengan una segunda oportunidad. Pero no siempre es así. Las estadísticas de un estudio realizado por la Universidad de Delaware indican que 4,3 millones de toneladas de ropa usada se exportaron desde EEUU, Alemania, Reino Unido y otros países desarrollados a India, Pakistán y Rusia. Estos estados no son el destino final, sino que allí se re-procesa y se vuelve a exportar a África. Pero apenas el 30% sirve para volver a ser usado: debido a la pérdida de calidad de las prendas, el 70% restante se recicla como paneles de aislamiento térmico, trapos, relleno de moquetas o tejidos para maleteros de coches, en el mejor de los casos. El resto termina en la basura.

La ropa creada en pésimas condiciones laborales con altos grados de contaminación en el tercer mundo, termina muchas veces creando montañas de basura en el primer mundo. El problema es global y la solución debe ser global. Para crear una verdadera moda sustentable es necesario contemplar tres dimensiones: aspectos sociales, económicos y ambientales; de lo contrario, no lo es. Es hora de replantearnos como sociedad si verdaderamente necesitamos esa gran cantidad de prendas que compramos, solo por estar a la moda o en oferta, a costa del daño indiscutible al planeta y del sufrimiento de miles de trabajadores textiles explotados.

Las fuentes citadas están especificadas a lo largo del articulo y la imagen fue tomada del documenta The True Cost.

Gracias por leerme.
Julia Garnero

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