Literatura

Filosofía y mecánica cuántica



Filosofía y mecánica cuántica - Literatura

La filosofía se reduce a un esfuerzo por saber cómo es la realidad en sí misma, cómo es el ser (metafísica) y cómo lo conocemos. Es un esfuerzo por hallar una visión universal del mundo y desentrañar los primeros principios de las cosas. Las ciencias son particulares, toman una parte de la realidad y parten de principios, como que podemos conocer el mundo y que este está regido por leyes causales, etc.

Desde siempre el filósofo ha dicho que la realidad no es como la vemos. Los atomistas Leucipo y Demócrito creyeron que la verdadera realidad eran los átomos, que estos tenían posición, figura, extensión y dureza, pero no color, sabor u olor, cualidades secundarias que poníamos nosotros. Esta división de la realidad en cualidades primarias (propias del objeto) y secundarias (puestas por el sujeto) fue revivida por John Locke y dominó la física por siglos, porque fue adoptada por Newton. Todos estaban de acuerdo en que los objetos tenían posición, dureza, extensión y tiempo por sí mismos, pero no color, temperatura u olor. Cuando Ernst Rutherford mostró que el átomo era divisible, se dio cuenta de que la mayor parte de lo que llamamos realidad es vacío. La dureza, la impenetrabilidad, eran una ilusión causada porque las nubes de electrones que rodean los átomos repelen los electrones de nuestras manos. En realidad no tocamos la materia, sino que los electrones se repelen entre sí sin tocarse (fuerza electromagnética). Dureza, color, sabor, olor pasaron a ser cualidades que poníamos nosotros o que afloraban solo en contacto con nosotros. El colmo es lo descubierto por la mecánica cuántica: la posición de un objeto aparece cuando lo percibimos, pero en realidad el objeto está en varios lugares y tiempos y solo nuestra percepción lo concreta, lo objetiva. Eso fue comprobado por el principio de incertidumbre de Heisenberg y luego se ha extendido a todos los objetos. Un electrón está en varios lugares a la vez, pero también un objeto grande está en varios lugares mientras no lo vemos, cuando lo vemos se concreta en un lugar. Esto da la razón a Kant cuando decía que el yo espacializaba y temporalizaba al mundo.

En cuanto al yo, Santo Tomás probaba que podemos conocer nuestra alma por reflexión y Leibniz aseguraba que tenemos percepción y apercepción. Fue Hume quien mostró que no tenemos una percepción del yo (sustancia espiritual) ni de la sustancia material. La física moderna da la razón a Hume y Kant. Si la conciencia objetiva las cosas, las concreta en un lugar y un tiempo y es la que percibe dureza y color, hace lo mismo con el propio cuerpo. Es la conciencia la que concreta el lugar del propio cuerpo, el que le da solidez y posición. Pero la conciencia, que concreta todas las cosas, no se concreta a sí misma para percibirse. No podemos percibir a la conciencia, al yo, porque nada puede ser lo que percibe y lo percibido a la vez. Cuando reflexionamos miramos nuestro cuerpo, pero al mirarlo, lo transformamos. Pensamos en lo que hicimos, con la imagen de un yo anterior. O en lo que vamos a hacer, pero tenemos la imagen de un yo futuro, nunca del yo que está pensando, que no puede ser el que piensa y lo pensado a la vez.

¿Está nuestro cuerpo en un solo lugar cuando lo percibimos y en varios cuando dormimos y nadie nos ve, o cuando perdemos la conciencia por un desmayo?, ¿será que morimos en un lugar pero seguimos vivos en otro que nadie percibe y eso es lo que pasa con las experiencias de estar fuera del cuerpo? El cuerpo quedaría convertido en una ilusión. Habría una diferencia entre el yo empírico, el yo percibido por nuestra reflexión, y el yo trascendental, el que percibe y nunca es percibido, ese yo podría estar fuera del espacio y el tiempo y ser inmortal como pensaba Kant.

En resumen, después de tanto pretender conocer el mundo como es en sí mismo, descubrimos que no podemos conocerlo ni tampoco a nosotros mismos. Cada vez el mundo se nos ha hecho menos real, menos cosas le pertenecen a la realidad y más al yo. Para quien se siente encerrado en una realidad, como Borges («desgraciadamente el mundo es real, desgraciadamente soy Borges»), esto habría sido una gran noticia. El mundo es mucho más fantástico que esta estrecha realidad que nos da nuestra conciencia. Tal vez todos estamos en varios lugares a la vez y esos son los espíritus que han aterrorizado al hombre desde su aparición sobre la Tierra, quizá la conciencia, que objetiva todas las cosas, no muera cuando mueren los objetos.

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Acerca del autor

Luis Alberto Solórzano Sojo

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