Humor

El final de una jornada que empezó con ilusión

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El final de una jornada que empezó con ilusión - Humor

Dada mi precaria situación económica, mi ocio se basa en la búsqueda de chollos. Cuando deseo hacer algo en mi tiempo libre, realizo una búsqueda en Internet añadiendo la palabra “gratis”. Siempre sale algo.
Esto no quita que me guste investigar aquellas actividades que están fuera de mi alcance.
En una de estas búsquedas hallé un curso de narrativa que no podría permitirme jamás. Curioseé el temario, la duración, la titulación final. Era tan interesante que me suscribí por correo electrónico para conocer las novedades.

Por azares de la vida ayer, con ocasión del Día del Libro, recibí una invitación para una jornada de puertas abiertas a este centro.
Impartirían gratuitamente tres clases del máster, impagable con las pelusas de mi bolsillo en condiciones normales.

Salí escopetada y muy ilusionada del trabajo, pertrechada con mi perenne libreta y bolígrafo. Era tal mi felicidad por ser uno de los quince afortunados que ni siquiera me entretuve en ponerme una tirita en la rozadura que el zapato me iba haciendo.
Medio coja y con el meñique casi grangrenado llegué puntual a la cita, en un piso de la zona de Bilbao, con suelo crujientes por el antiguo parquet, techos altísimos rematados por grandes lámparas y rosetones de escayola.

No tan de época eran los personajes que allí estaban. Acallé de mi mente denominarlos “pandilla de frikis”. Me regañé mentalmente por pensar eso; eran “bohemios”, “místicos”, escritores todos ellos. Al fin y al cabo yo no pertenezco a su mundo, de ahí que me encontrara algo fuera de lugar.

Pasamos a uno de los “salones” (allí no hay “aulas”) y da comienzo la exposición.
El jefe de estudios nos explica en qué consiste el “máster” (allí no se imparten “cursos”), los logros que se pueden conseguir, las editoriales con las que colaboran (no conocía ni una, y creo que no por ignorancia, sino porque eran de medio pelo) y por último, el precio: 12.000€

Por fin da paso a uno de los profesores. Mucho saludo en la puerta, unas fotos, un par de admiradores sonrientes que desean estar presentes. Todo muy impresionante, me siento afortunada por poder estar allí.
Se trata del profesor de relato corto y cuento. Buah!, qué potra he tenido, lo que más me interesa. Libreta en ristre espero a que comience. Noto que se toma su tiempo, pienso que es para fardar. Se quita el reloj y comienza con estas palabras:

– So…so…son las, o sea, las si…si…siete menos, o sea, diez. Te…te…nemos hasta la…las ocho.

Me concentro mucho, muchísimo, en que no me dé la risa. Estoy a tan solo otro alumno de distancia de él. Pongo mi mejor cara de póquer y le doy una oportunidad.

– Vo…voy a enumerar, o sea, a enu…enumerar las di…diez cla…claves pa…ra es…es…cribir un cu…cu…ento.

Ya eran las siete.
A las siete y diez he fingido una llamada urgente, me he levantado y me he ido. Él todavía iba por el punto tres.

No sé qué conocimientos tendrá esta gente para poder enseñar a escribir. Sé que no les he dado la oportunidad de mostrármelo, pero, por 12.000€ podían haber escondido al tartaja en el armario y sacarlo cuando todos hubiésemos pagado (yo ni en sueños) porque os aseguro que al irme he visto caras de envidia entre el resto de asistentes.

Seguiré buscando cursos gratis.
Y a ser posible, on-line.

Madrid, 23 de abril de 2013

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R.R.Barrera

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