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Literatura

Flores Para Florentino

Flores Para Florentino - Literatura

Angela lo miró por última vez; Los ojos del anciano se movieron imperceptiblemente hacía la puerta. La amplia ventana trajeada de nostalgia se abalanzaba sobre el diminuto florero azul con sencillas flores silvestres, que días antes, sostenía cepillos y viejos peines que hace bastante tiempo no acariciaban ningún cabello, pero allí estaba, ocultando la tristeza de su agonía, estimulando la vida que se alejaba en  veloz carrera.

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 La inquietante angustia del rostro del progenitor, viajaba por la memoria de la mujer mientras recorría kilómetros de carretera gris, hoyada por las protuberantes raíces de árboles cercanos y las tremendas fallas emergidas del escarpado terreno.  El cielo no ocultaba nada, el sol brillaba como de costumbre, la naturaleza recuperaba su energía perdida la noche anterior, cuando morían los tonos verdiazules de su pletórica belleza, llenando de esperanzas a la pequeña niña que habitaba aquel cuerpo de mujer madura, que avanzaba casi levitando hacia la lejana ciudad.  Volvió dos días después, con los ojos pincelados de tristeza.  Angela vestida de llanto y de ropa oscura, empujada por la mañana de severos cambios, con la garganta seca de aspirar desesperanzas.

Allí estaba el padre, tendido sobre aquellos cortes de madera, separado de la vida por un cuadrado y transparente espejuelo, que mostraba su reposada e inexpresiva faz  recién afeitada, entre el ínfimo espacio del aire y la tierra, en el silencio de los que duermen para siempre, con el cuerpo extendido hacia donde no alcanza la vista.

El camino fué recorrido nuevamente sobre duras suelas y amargos círculos de caucho, con gruesos nudos en la garganta y lágrimas amarradas en los pañuelos.  Brazos encadenados seguían la trayectoria  triste de  trajes oscuros , mientras hombros varoniles mecían la pesada caja caoba que se movía lentamente al vaivén de una música ciega.

Fué así el viaje… húmedo y silencioso entre columnas rotas de nichos olvidados y escaleras desprovistas de peldaños.  Francas extensiones de baldosas ocultas e hilos enjutos de largas enredaderas.  Pequeños y grandes espacios  asumiendo lo irreversible del tiempo, en despegadas tablillas que rosaban abandonadas cruces portando nombres olvidados y fechas invisibles.  Horas de espanto y maleza fértil.

El último adiós se hizo evidente sobre la vidriada lámina de tres milímetros. Las lágrimas rodaron cuesta abajo sin ninguna discreción desde los cinco rostros femeninos reviviendo los coloridos pétalos deshidratados que ya formaban parte del largo desconocido camino.Angeles Encasa/M.F.

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Angeles Encasa

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