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Fui esclava sexual de la élite de Europa a los 6 años (Parte 2)



Fui esclava sexual de la élite de Europa a los 6 años (Parte 2) - Cine y Televisión

“Después de cuatro años de supervivencia en la red, cuando tenía 10 años, un nuevo invitado trajo a su hijo de 20 años: alto, elegante, rubio y de ojos azules. Avanzó audazmente hacia mí. Sonreí, y me llamó pequeña zorra. Nunca, desde la primera vez que me habían llevado a una orgía, cuatro años atrás, había expresado mis verdaderos sentimientos. Estaba furiosa.

“¿Crees que me gusta estar aquí?» dije con desdén.

Esta interacción dio inicio al año más intenso de mi vida, en el cual, más que nunca, me sentiría amada, vista y comprendida, y sería más maltratada que nunca, todo por el mismo joven. Un año después, cuando él ya había terminado conmigo, yo ya no era útil para la red, y me iban a matar. Cuando mi tortura comenzó, él se quedó viendo, riendo.

Esta era la tercera vez que todo mi ser se llenaba de una fuerza de otro mundo. Un orgullo feroz enderezó mi cuerpo. Me pusieron un cigarrillo encendido en el antebrazo. Mi cuerpo enérgico se aferró a eso en puro desafío. Pensaba “¡No te necesito!” y todo lo que podía ver era la energía detrás del océano turbulento del azul de sus ojos, y el amor a pesar de todo el dolor que me había infligido.

Me llevaron a un cuarto pequeño, y me ataron a una mesa de carnicero. El hombre que me torturó fue uno de los acusados en el tristemente célebre Caso Dutroux, el cual, cuando estalló la noticia en 1996, se pensó que haría volar en pedazos la red belga de pederastas. Sin embargo, ocho años después, solo Marc Dutroux recibió cadena perpetua. Debí haber muerto esa noche en 1974 en esa mesa de carnicero, pero me salvaron la vida en el último minuto.

Mientras me torturaban, el joven había estado negociando con el personaje político que era el jefe de la red. Hicieron un trato: él trabajaría para el político, extendería sus sombríos servicios a cambio de mi vida. Esta buena acción finalmente le costaría su propia vida. En este medio, cualquier pizca de humanidad es una debilidad mortal.

Me perdonaron la vida, y me dijeron que me callara para siempre. Me tomó 40 años antes de que pudiera hablar”.

CONTINÚA EN LA PARTE FINAL…

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Acerca del autor

Gonzalo Van Soplates

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