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G20: Macri Jugando El Juego Que Mejor Juega

G20: Macri Jugando El Juego Que Mejor Juega - Política

La exitosa cumbre de presidentes en Buenos Aires y el elogiado rol del anfitrión, contracara de su devaluada imagen en el ámbito doméstico

 

Desde la llegada a la presidencia argentina de Mauricio Macri a fines del 2015 se generó una bifurcación de dos líneas que se han ido apartando paulatinamente y que llegaron a su punto más equidistante en la pasada reunión del G20 en Buenos Aires. La incomodidad del presidente al moverse en el ámbito local, enfrentando las imprevisibilidades de un país sumamente inestable política y económicamente, se opone a su talento para jugar en el escenario internacional, estableciendo lazos, incluso a nivel personal, con los mayores líderes mundiales. Hay un Macri puertas adentro y un Macri puertas afuera.

En el marco de la reunión del G20, ese selecto grupo de naciones que concentran el 80% del PBI mundial, celebrada en Buenos Aires los pasados 30 de noviembre y 1 de diciembre, el presidente Argentino, además de comandar las reuniones del conjunto, mantuvo reuniones bilaterales con casi todos los mandatarios que visitaron el país colándose en una liga que por momentos pareciera resultar un poquito grande para la Argentina: junto con Sudáfrica son por lejos las economías más insignificantes del grupo.

El mérito de Macri, en ese contexto, es doble. Al menos en lo formal, se codea con las grandes potencias aunque poco tenga que ver en las discusiones en las que estas se concentran. Se posiciona, a su vez, como referente regional avalado políticamente por las mayores economías mundiales, lo cual no es poco en un contexto en el que el proteccionismo y el bilateralismo ganan terreno.

Un presidente como Macri, al frente de uno de los grandes de Sudamérica, es percibido con evidente simpatía a los ojos del establishment político internacional, esperanzado en desterrar definitivamente el populismo de la región, y acercar la trazabilidad de los derroteros de estas naciones al modelo chileno de sobriedad, apertura y estabilidad. Macri, en ese contexto, capitaliza muy bien los ánimos que su irrupción en el escenario latinoamericano generan en el mundo, estableciendo lazos, al menos protocolares, con todas las potencias. Esa cintura política y ese alineamiento internacional se vieron muy reflejados en los desembolsos del FMI de mediados del 2018, el cual salió al rescate de una economía argentina que iba rumbo al colapso, después de dos años de reformas y ajustes económicos graduales que parecen no haber dados sus frutos.

La contracara de la moneda que brilla en los encuentros multilaterales internacionales es la castigada imagen doméstica que Macri cosecha por estos días puertas adentro de su país. Desde el triunfo en las elecciones legislativas de medio término de fines del 2017, la imagen positiva del presidente se ha venido en picada, fuertemente golpeada por la reforma previsional, la persistencia de la inflación, los tarifazos y la profunda devaluación de los últimos meses. La mayoría de estos fenómenos atentan, paradójicamente, contra el núcleo duro de su electorado que es la clase media urbana: ni las clases altas ni las clases bajas, contenidas por los refuerzos en políticas asistenciales, pagan el grueso del costo del ajuste que lleva a cabo el gobierno.

Entonces, es el plano interno el que a Macri claramente más le incomoda. Puertas adentro la política deja de ser protocolar y diplomática para convertirse en un terreno escarpado de negociación con históricos factores de poder con fuerte capacidad de bloqueo, sea este mediante el proceso legislativo en cámaras de diputados y senadores con mayoría peronista, o desde el control de la opinión pública y la calle. La política interna tiene así una carga ideológica mucha más grande que la externa, en la que los actores parecerían focalizarse en crear vínculos que devengan beneficios comerciales. Es ese el juego que el pragmatismo de Macri mejor juega, alejado de las rencillas fundamentalistas internas que históricamente han retrasado a este país.

Para seguir jugando su juego favorito, Macri deberá primero lograr la reelección en el 2019. La persistencia de la figura de Cristina Fernández de Kirchner en el escenario político, factor crucial aglutinador de votos en favor del actual presidente, y un supuesto repunte de la economía en marzo próximo podrían alcanzarle para renovar la confianza puertas adentro por cuatro años más. El apoyo afuera, está claro, ya lo tiene.

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Julián Lambert

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