Literatura

Ghyanrd, el eslabón perdido



Ghyanrd, el eslabón perdido - Literatura

Este es el último relato corto que escribí en mi «primera época», una etapa en la que la explosión por la literatura que generaba mi propio ser fue una revelación, y prácticamente todo lo que escribía se basaba en el mismo tema. Tras un periodo de descanso (ya habéis visto ese tipo de relatos, como Coxifobia o Enloverado), se destilan mejores relatos, que igualmente publicaré. Sí es cierto que hay 3 relatos de esta hornada «ocultos», especialmente uno de ellos, porque es erótico, y llegó un tiempo que sólo se me conocía por él, jajaja.

Llevaba algún tiempo dándole vueltas a la cabeza: necesitaba estar con alguien con quien compartir su vida, sus sentimientos, sus emociones, sus preocupaciones, sus alegrías, sus esperanzas, todo aquello que cada uno de sus amigos habían conseguido ya y que él no lo veía ni de lejos. En definitiva, lo que quería era envejecer con alguien, pero parecía no hallar a la persona adecuada.

Lo había intentado en multitud de ocasiones, y ni siquiera la buena posición que ocupaba en la sociedad le había servido para que se fijaran en él. Le preocupaba de sobremanera que hubiera llegado a la edad peligrosa y que no hubiera encontrado a nadie con quien poder tener descendencia.

Todo el problema radicaba en que, debido a los inexplicables caminos de la evolución, a su especie, una vez cumplidos los treinta años de vida, el fluido reproductor se le volvía tóxico, de manera que si no era neutralizado cada cierto periodo, terminaba con la vida del individuo en un tiempo infinitesimal. Si se conseguía desalojar en el momento adecuado, el sujeto podría llegar a vivir bastantes años, hasta que su espíritu decidiera que estuviera preparado para “el gran viaje”. Aunque no le importaba realmente demasiado, porque habían descubierto la manera de no depender del Mal de Zchanirdin, mediante métodos artificiales.

Por eso, mientras navegaba camino de las minas de Fhirnat, estaba tan absorto en sus pensamientos que cuando se percató del problema, era ya demasiado tarde: se le había fundido el transductor de impulsos, de manera que no podría regresar a su hogar con la facilidad que caracterizaba al propulsor.

– Vaya. ¿Qué podré hacer ahora?

Las minas de Fhirnat estaban a la mitad de camino de donde se encontraba. Miró a su alrededor en busca de algo conocido que le sirviera de referencia, y se encontró que esa región del espacio había sido muy poco explorada. Ni siquiera en la computadora estelar de la nave había las suficientes referencias a ese sistema como para poder utilizarlo como una fuente fiable de datos.

– ¿Por qué me tendrán que pasar estas cosas precisamente a mí? ¿Es que no hay otro?

Observó en la pantalla de su monitor que indicaba un planeta de reciente formación que albergaba en el interior de su atmósfera las condiciones mínimas para la existencia de vida, y antes de dirigirse hacia él, emitió un mensaje de ayuda por el codificador fasorial, facilitando las coordenadas del planeta en cuestión al mismo tiempo.

– Ghyanrd, Sección Octava. Debidos a problemas en las naves de comunicaciones, deberás esperar unos meses a que puedan rescatarte. ¿Podrás aguantar?

– Sí. Parece que no será demasiado complicado.

Aterrizó en el planeta, comprobando los desperfectos ocasionados en el transductor de impulsos. Si encontraba los materiales adecuados, él mismo podría repararlo y escapar del encierro al que estaría sometido durante varios años, ya que en otra ocasión le había ocurrido algo semejante y transcurrieron dos años hasta que una nave de carga pasó casualmente por su posición y accedió a recogerlo, no sin antes aprovecharse de su situación: le obligaron a fertilizar a cuatro seres de una especie que desconocía, de manera que parte de su propio ser estaría vagando por el universo en forma de un especimen ignoto.

Echó una ojeada al planeta: un acogedor cielo azul le rodeaba por todos lados, y la hierba verde sobre la que se había posado le agradecía mediante débiles murmullos que la pisara con sus botas de asalto. Una bandada de aves de luminosos colores volaban en dirección opuesta a donde él se encontraba, sin duda asustados por la presencia de aquel elemento tan extraño que había bajado del cielo, que con el ensordecedor ruido que el transductor de impulsos emitía, pocos seres no se habrían percatado de su presencia en el planeta.

Le parecía un lugar hermoso. ¡Qué pena que no pudiera estar allí Zynd para contemplar aquello! Aunque si estuviera, tampoco le haría caso.

Zynd era la mujer de la que se había enamorado profundamente. Le había llegado mucho más allá de lo que habían llegado todas las anteriores, pero con la desgracia que lo tenía bastante difícil que ella se interesara por él: por norma general, las mujeres de su sociedad tenían la costumbre de no ponerles las cosas fáciles a los hombres, de manera que si uno  de ellos se sentía atraído por alguna, lo pasaría francamente mal hasta que ella decidiera darle alguna oportunidad.

Fue entonces cuando recordó que debía neutralizar sus fluidos reproductivos. En cierta manera, se podía experimentar cierto placer en hacerlo, pero a él, realizarlo como si fuera una necesidad fisiológica más le  suponía una sensación de lo más desagradable. Ya que si no lo hacía podía morir en poco tiempo, decidió que bajo unos árboles que se alzaban a pocos metros de donde su nave había aterrizado sería el lugar adecuado, mediante la única cápsula de neutralización básica que le quedaba en la bodega de carga de su nave.

Antes de adaptarla a su cuerpo, necesitaba utilizar algún elemento vivo que le sirviera como receptor; le habían enseñado que ciertas especies vegetales asimilaban muy bien el papel femenino, por lo que no tendría demasiados problemas, ya que justo en el lugar donde había aterrizado había una frondosa vegetación y, tras buscar desesperadamente el ejemplar adecuado, al fin lo encontró junto a unos árboles frutales de considerables proporciones.

Tardó cosa de unos minutos el colocar en el interior de la cámara del reacondicionador las hojas pulverizadas de la pequeña planta, muy parecida a las que se encontraban a sus recuerdos. Le resultaba extraño que las pudiera haber encontrado con tanta facilidad, pero como se encontraba en una situación muy delicada, decidió que era una de tantas casualidades que le sucedían en su vida.

Experimentó el ínfimo placer que, al ser neutralizado su tóxico fluido reproductor, conllevaba la realización de tal acto, preguntándose al mismo tiempo por enésima vez cómo era posible que al sexo femenino de su especie dicha sustancia le beneficiara al organismo, aparte de permitir la creación de seres nuevos, y a la parte masculina la exterminara con tanta facilidad.

-¡Qué afortunado eres, Sephram! – estaba pensando en su gran amigo, que años antes de su partida se había unido con una conocida suya, la mujer que más le había perturbado en su infancia. Pudo comprobar por su propia experiencia que lo que más deseaba un hombre en su vida era a una mujer, y lo segundo, otro hombre para contarle lo que hacía con ella. Aunque se llevaran muy bien, Sephram debía haber evitado describir tan al detalle la reacción de su esposa al recibir las esencias masculinas, pero quizás por compartir su experiencia o por descuido, no lo hizo, sumiendo a Ghyanrd en la más absoluta de las desgracias.

Pero ahora sería un poco tarde para echarse atrás.  Había decidido que trabajaría como Transporter para las minas de Fhirnat, y así se podría olvidar de todas sus desgracias amorosas; se condenaba a ser un dependiente de los neutralizadores manuales para el resto de su vida, pero era el único camino que le quedaba, ya que tenía que elegir entre eso o ser un espíritu frustrado en el amor.

Lo más curioso del caso era que sólo unos pocos de su especie albergaban este tipo de sentimientos hacia las mujeres, y viceversa. Se daba en muy pocos individuos, y esos eran considerados unos bichos raros, aunque la gran mayoría de las ocasiones lo disimulaban tan bien que la sociedad no se daba cuenta de ese pequeño detalle.

Era demasiado romántico. Eso era lo que le había hecho precipitarse y reconocer abiertamente que sentía algo por ella, sin importarle que ella buscara otro tipo de cosas en los hombres. También, por eso, era un poco imbécil.

 

Mientras pensaba todas aquellas cuestiones que se le ocurrían cuando pensaba en ella, decidió arreglar el transductor y dedicarse a trabajar durante el mayor tiempo posible, porque así había descubierto que era la mejor manera de quitarse de la cabeza esos pensamientos. Abrió la escotilla de la nave y desarmó el propulsor, de manera que pudo comprobar “in situ” que se le había quemado el recubrimiento exterior de la cámara de inyección, sin el cual las temperaturas que se podrían alcanzar tanto en el exterior del propulsor como en el resto de la nave serían tan altas que, si no fuese gracias al mecanismo de protección que lo desactivaba, se hubiera convertido en un pequeño cometa antes de llegar al final de su destino. Si lo hubiera detectado antes, podría haberlo arreglado sin necesidad de aterrizar en el planeta, pero ahora la situación se había complicado extremadamente.

Se puso manos a la obra. Con el propulsor normal, podría volar alrededor del planeta en busca de alguna civilización que le pudiera facilitar algún tipo de material que sirviera de recubrimiento, de manera que abandonó pronto el lugar y se dirigió al sur, siguiendo la trayectoria inversa a la estrella que se alzaba frente a sus ojos.

No sobrevoló demasiado, cuando comenzó a sentir de nuevo cómo su corazón se aceleraba y sus pulsaciones se disparaban hacia el límite. Se le había vuelto a recargar el depósito y debía mineralizar de nuevo su fluido reproductor.

– ¿Cuánto tiempo ha transcurrido? ¿Nueve horas? – se preguntó.

Quizás se tratara del planeta, o de la atmósfera: había demasiada vida a su alrededor. Puede que la especie vegetal que había utilizado en la célula influyera tanto en su organismo que provocara una regeneración del fluido de en vez de realizar su neutralización cada quince días, se debía ejecutar el proceso con una frecuencia mucho mayor de la deseada. Puede que también se tuviera en cuenta que había utilizado la célula en unas condiciones en las que no se había probado jamás, ya que ésta necesitaba un organismo vegetal muy concreto, y no aquella que le resultaba conocida, de un planeta que muy probablemente, si alguna vez habitaran en él seres inteligentes, jamás llegarían a conocer por encontrarse en una galaxia perdida en las profundidades abismales del universo.

Fue entonces cuando recordó lo que Sephram le comentó en una ocasión:

» Las células son imperfectas: cuando se realiza la reconversión de la secreción reproductiva, si es llevada a cabo por métodos artificiales, no resulta tan efectiva como cuando es experimentada por dos miembros de sexos opuestos, ya que es precisamente la parte femenina, mediante la intervención de su voluntad y de su mente, la que permite otorgar a su compañero el tiempo estimado para el siguiente proceso. Estamos condenados a depender de ellas.

– Pero de algo servirán, ¿no?

– Sirven, pero es ínfimo. Así que procura encontrar pronto a alguien a la que de verdad le importes, porque de no ser así tendrás que depender el resto de tu existencia de las células regenerativas, o bien ser un esclavo absoluto de aquella de la que quieras depender, ya que si ella te quiere realmente, permitirá que los intervalos de existencia sin peligro para tu propia vida sean mucho mayores que el que se determinó en el Consejo de Poder.

– Pero ya sabes que muy pocas reconocen que haya amor entre su pareja, sino que están unidos por objetivos económicos, políticos, administrativos…

– Eso es lo que se dice, aunque no es del todo cierto. Whyans me ha contado muchas cosas al respecto, y quien tiene todo el poder son los miembros femeninos del Consejo que, hace muchas generaciones, debido a que los miembros masculinos de su especie ejercían demasiada influencia sobre ellas, practicaron una mutación en sus propios genes para que todos sus descendientes tuvieran que padecer las mismas condiciones de habitabilidad: los especímenes masculinos tendrían que cargar con el “Mal de Zchanirdin” durante los siglos venideros, mientras que los femeninos, ya tenían suficiente con el dolor que provocaba sus intervalos de fertilidad, aparte de ser las que sufrían todo el proceso de traer las nuevas criaturas a su mismo plano existencial.

En ese momento, y más fuerte que nunca, recordó a Zynd: lo había intentado todo con ella, pero siempre estaba más pendiente de desviar su atención hacia otras cosas que dirigírsela a él. Por su posición, aunque no fuera uno de los descendientes directos de la clase dominante, tenía cierta influencia, de ahí que pudiera llevar su propia nave de carga. Pensaba que tan malo no era como para que se sintiera tan desplazado. Ella tampoco no era nada del otro mundo, sino que más bien pasaba desapercibida al resto de la sociedad, pero en su mirada, en la forma de actuar ante ciertos aspectos de su vida cotidiana, en su delicada sonrisa… le había llegado tan hondo que le era completamente imposible olvidarla.

Volvió a recordar a su querido amigo. Parecía como si, desde algún lugar, le estuviera escuchando, por lo que no dejaba de consolarlo.

– Whyans, en una de las tantas veces que hemos hablado sobre el dichoso tema, me ha asegurado que no sólo los hombres tenemos ese problema tan específico con nuestro cuerpo, sino que ellas necesitan también el intercambio; no de una manera tan necesaria como nosotros, pero sí para preservar el equilibro del suyo propio. De ahí que cuando se realiza la unión, el goce sea superior al experimentado por cada uno por separado.

 

Desde las alturas, observó una serie de individuos que se movían sin orden ni concierto, en una llanura situada unos mil quinientos metros más abajo de su posición.

Detuvo la nave y, mientras activaba los recursos de automantenimiento del sistema, observó la colonia de seres bípedos en la que se había fijado. Si lograba acercarse a uno de ellos, quizás le sirviera para poder seguir viviendo un poco más de tiempo, hasta que viniera la nave de rescate o pudiera arreglar lo suficiente la suya propia como para poder volver a casa.

Examinó detenidamente los individuos: una parte de ellos eran masculinos, ya que hacían uso de una excesiva brutalidad a la hora de someter a los otros ejemplares, menos corpulentos, que se encontraban con ellos. No tenían ningún reparo en tomarlas de los brazos y obligarlas a llevar a cabo sus más bajos instintos de perpetuación que, en esos primeros años de estar completamente dominados por la naturaleza, dominaban sobre cualquier otro impulso, excepto el de comer y el de dormir.

Tenían un cierto parecido con su especie, pero con una mayor cantidad de pelo por el cuerpo. Eso significaba que, aunque no eran la única especie existente en el universo, sí podían darse las mismas condiciones de habitabilidad en planetas situados en distintos lugares del espacio físico en el que habían sido creados.

Los machos, por denominarlos de alguna manera, aparte de tener sus cuerpos recubiertos de pelo, denotaban una ausencia total de inteligencia, ya que basándose en gruñidos, empujones y golpes se abrían paso hacia las hembras que les interesaban. Su aspecto morfogenético era muy similar al suyo, con claro aspecto humanoide, mucho más bajos que él pero fuertes y con el sistema muscular completamente desarrollado. Debían haber salido hacía pocas generaciones del estado de animal que los había distinguido de sus propios congéneres.

Las hembras, por otro lado, eran iguales de bajas que los anteriores, pero un poco menos corpulentas. Su principal característica era una sobredimensionamiento de sus formas, que les otorgaba una obesidad demasiado grande para sus propios gustos, aunque no se daba en todas ellas: un pequeño grupo se mantenía a la expectativa, claramente dominadas por las más fuertes, que les impedían participar en la orgía que estaba teniendo lugar unos metros más allá.

Ghyanrd decidió que aquel grupo apartado era el más adecuado para sus intereses, ya que al encontrarse a una cierta distancia muy probablemente opondrían menos resistencia, cosa que en realidad no le preocupaba, ya que dominaba una técnica de combate muy depurada que – en caso extremo – sería capaz de poner en práctica si se veía amenazado.

Abrió la escotilla de la nave y, de un salto, descendió sobre la fresca hierba sobre la que había aterrizado la nave. No dispuesto a dejar que lo pillaran desprevenido, tomó sus armas y se dirigió hacia aquel grupo más aislado, prestando atención a cada uno de sus miembros.

El corazón le palpitaba ruidosamente, acelerado por la presencia en su cuerpo de las encimas que estaban comenzando a ahogar el oxígeno que transportaban sus células sanguíneas. Sólo disponía de unos minutos antes que el aporte energético que tenía almacenado se consumiese definitivamente, y eligió a una hembra que le recordaba a Zynd.

Su altura sería de unos cincuenta centímetros más baja, pero en sus ojos se vislumbraba la llama de la inteligencia, al igual que le sucedía a las otras congéneres que se encontraban a su lado. Le parecía extraño, ya que según el ordenador de su nave no se había detectado signos de construcciones ni nada por el estilo. Quizás se había encontrado con el primer eslabón del despertar de una especie inteligente.

Ese sería su gran día. Se acercó hasta ella, descubriendo que se lo ponía demasiado fácil: se encontraba desnuda, por lo que no tendría mas que hacerse con la situación y desahogarse en ella. Se abalanzó sobre su peludo cuerpo y, mientras la sujetaba con sus enormes brazos, imaginó en su mente la persona de Zynd: sus largos cabellos dorados, junto con esos luminosos ojos verdes que lo miraban con esa alegría desorbitante que eran capaz de transmitir, y su parduzca piel tan peculiar de las mujeres del Cinturón Oriental; aquellas manos tan suaves y delicadas, sus muslos de terciopelo y sus cuatro esbeltas glándulas de lecticina…

La bípeda dejó escapar un aullido de dolor mientras  él introdujo en ella su órgano reproductor, de manera que los miembros de su tribu comenzaron a concentrarse a su alrededor, observando a Ghyanrd durante la neutralización del Mal de Zchanirdin. Como las hembras no lo atacaron, él culminó sobre su presa el acto, recuperando el equilibro de su propio cuerpo. Pero fue entonces cuando se percató que los que estaban situados a unos trescientos metros de su posición se habían dado cuenta de su presencia, avanzando hacia él con intenciones no demasiado cordiales: en sus expresiones faciales se denotaba una maldad innata, acentuada por la impresión haber descubierto un intruso en la tribu que se estaba aprovechando de sus ausencias para abusar de sus mujeres, aunque éstas fueran consideradas como meros errores de la naturaleza, ya que no se adaptaban lo más mínimo a sus preferencias sexuales y evolutivas.

 

Ghyanrd recogió sus armas, enfrentándose a la pandilla de energúmenos que querían capturarlo. Estableció, debido a su instrucción militar a la que lo había sometido en sus primeros años de adiestramiento, las bases de su ataque: con toda probabilidad, si disparaba sobre el más fuerte de ellos, todos los demás se verían frenados por la caída de su jefe, ya que así funcionaban las reglas de la evolución. Pero si utilizaba una de los maravillosos proyectiles de miriaplasma, no tendría que preocuparse por el resto.

Así, decidido a exterminar a aquellos bestias, desplegó el contenido de su bolsillo posterior sobre la hierba, activando el pequeño detonador en dirección al grupo.

Observó que las componentes del grupo más pequeño se habían dispersado en la selva amazónica que se extendía a su espalda, diseminándose entre los árboles, las pequeñas grutas que se escondían tras la intensa vegetación e innumerables escondrijos a los que él no podría tener acceso.

Antes que el proyectil de miriaplasma hiciera su efecto, contempló los ojos de aquellos humanoides: estaban completamente desprovistos de inteligencia, por lo que ninguno de los muchos naturalistas que poblaban el sistema, si alguna vez se llegaban a enterar de su percance en ese planeta desconocido, no podrían presentarle ante el Consejo de Poder como el responsable de haber aniquilado a una especie inteligente. Aunque sí podían someterle a la más severa pena que existía, al haber usado una especie inferior para desmineralizar su cuerpo del Mal de Zchanirdin.

El proyectil de miriaplasma impactó en el centro del grupo atacante, despedazando todo aquello que se encontró a su paso, hasta alcanzar el radio máximo en el que la materia que componía el artefacto se detendría, formando el llamado Círculo de Fuego: una esfera de diez metros de radio en la que calentaba adiabáticamente todo cuanto se encontrara en ella, a una presión infinitamente superior que la que se podía encontrar fuera del Círculo. Todo cuanto hubiera en su interior, era energéticamente desintegrado al desaparecer instantáneamente el Círculo de Fuego, intentando equipararse con la presión circundante en una paradójica situación imposible de realizar en la naturaleza.

El calentamiento adiabático de una zona sólo se podía producir a elevadas presiones, ya que la cualidad principal de un proceso de esas características es la ausencia de calor, provocando que los seres vivientes sintieran una abrasión de sus cuerpos no sólo en la superficie de su piel, sino también en el interior de sus órganos vitales: corazón, pulmones, estómago… Si el fenómeno desaparecía con demasiada lentitud, el individuo experimentaría una larga agonía de la cual, con el equipo adecuado, podría salir con vida. Pero en el caso de una desaparición instantánea, como ocurría en las armas termodinámicas que habían inventado los de su especie, la transferencia térmica era de una magnitud tan considerable que no se percatarían de su desaparición del mundo energético. Ni siquiera, en el caso de tener espíritu, les quedaría algo: toda la energía que se encontrara en el interior del Círculo de Fuego, era reabsorbida por el sistema vital de la naturaleza para recuperar el estado de equilibrio en el que solía encontrarse.

Los humanoides dejaron de existir en un abrir y cerrar de ojos, mientras que Ghyanrd se ocultaba junto a unas rocas cercanas, para poder describir con pleno detalle el proceso que sólo algunos afortunados habían tenido la oportunidad de observar en sus vidas.

– ¡Uff! No me extraña que prohibieran su uso tras la guerra – exclamó.

 

Su siguiente pregunta fue intentar averiguar cuándo tendría que volver a hacer uso de alguna de aquellas homínidas, que parecían no haberse visto demasiado afectadas por su presencia. Pero mientras comprobaba que su organismo continuaba en perfecto funcionamiento, decidió establecer en aquella selva que se extendía ante sus ojos el campamento base.

Colocó la nave en una posición estratégica, de manera que no se pudiera acercar nadie sin ser visto, y realizó las mediciones oportunas para conocer cuánto tiempo podría subsistir en ese planeta sin la ayuda de la tecnología. Obtuvo inmediatamente la respuesta del ordenador de a bordo:

– Probabilidad: cero por ciento.

Miró con incredulidad el altavoz por donde el cerebro electrónico de la nave de carga se comunicaba con el piloto, dejando claro que no dejaría que ninguna máquina lo desanimara en la decisión que había tomado, porque la otra posibilidad que le quedaba era la que ésta le sugería: que siguiera el camino hacia las minas de Fhirnat sin el transductor, aún sabiendo que se tardarían veinte años en recorrer la distancia con el propulsor estándar.

De pequeño, cuando aún creía que era el centro de todo lo conocido, le entusiasmaba la idea de ser un explorador, pero ese sueño al crecer se tornó a oscuro cuando le hicieron ver que la época de los aventureros solitarios había finalizado miles de siglos antes que él naciera, ya que dependían de los miembros femeninos de su especie para viajar largos intervalos de tiempo; con la ayuda del transductor se conseguía un desplazamiento multidimensional desde cualquier punto del universo, sin necesidad de invertir en ello más tiempo del necesario.

Así pues, siempre que tuviese a algún ejemplar femenino que le permitiera reiniciar la cuenta atrás periódica con la que controlar el Mal de Zchanirdin, no habría demasiado problema, ya que por los alimentos, en un planeta como ese, tan rebosante de vida, no constituía un problema. Lo que debía comprobar era cuánto tiempo disponía hasta que volviera a tener necesidad, por lo que no dudó en conectarse al equipo médico de a bordo y éste, el cabo de unos minutos y tras un exhaustivo reconocimiento médico, le comunicó la feliz noticia: debían transcurrir veinte días para que hiciera uso del reacondicionador. Evidentemente, no se había percatado que no le hacía falta.

Él sabía que, en el pasado, su especie evolucionó en la selva, rodeada de los múltiples recursos naturales que le ofrecía el entorno. Muy probablemente, ese conocimiento estaría perdido en alguna neurona de su cerebro, solapado por la comodidad que le confería el uso de sistemas electrónicos, así como autómatas y demás herramientas. Debía reencontrarse consigo mismo.

Para ello, antes de nada guardó su uniforme cuidadosamente en el interior del compartimento de carga, sellándolo provisionalmente hasta que encontrara otro lugar mejor, quedándose completamente desnudo.

En un principio, todo fue incomodidad, pero gracias al buen tiempo reinante y las cálidas temperaturas de la región, poco a poco se fue olvidando de lo extraño de su situación. Sólo la firme convicción de restaurar su instinto de supervivencia en un medio desconocido fue el que le permitió perder toda la vergüenza que le impedía mostrar su desnudez.

Sólo así le pareció mucho más fácil acercarse a las homínidas, ya que ellas estaban acostumbradas a ver a los miembros masculinos de su especie tal y como venían al mundo, con la diferencia que él no tenía tanto vello por el cuerpo, aunque su piel oscura le confería un cierto consuelo; por lo demás, su largo cabello rizado le crecía tan abundantemente que pronto parecería uno más, con la única excepción de la parte de su rostro que había heredado de su madre, unos ojos intensamente azules  que contrastaban con el resto de los bípedos que caminaban por la superficie del planeta.

Mucho antes de agotar el plazo, diez días después de estar con “Primera”, se le puso a tiro “Segunda”. Le resultó extraño, ya que era nuevo en él eso de ejercitarse más veces de lo necesario, y lo atribuyó al hecho de que, en un planeta como en el que se encontraba, en el que la Naturaleza se podía sentir con cada uno de los nervios del cuerpo, la creación de nuevas formas de vida era un hecho plenamente constatado, también le afectaría a su propio organismo.

Así pues, mantuvo relaciones con ese ejemplar femenino, adelantando la cuenta atrás de su peculiar modo de existencia, concediéndose otro semiperiodo más de vida. Pero no fue el último, ya que durante los treinta años siguientes, comprobó que su apetito sexual no había disminuido en absoluto, ejercitándose incluso varias veces al día.

Una de las cosas que más le costó era diferenciar a cada individua, ya que si ésta se encontraba en estado de gestación de otro ser no le beneficiaba en absoluto, de manera que debía buscar a otra que le proporcionase la reacción química necesaria para poder subsistir. Eso fue lo que provocó que, aunque al principio era muy recio a hacerlo, sus sentimientos se fueran despedazando con el tiempo: no podía llegar a establecer lazos afectivos de ningún tipo, ya que en el momento que inseminara a la receptora, no podría usarla hasta que su organismo recuperase su equilibrio. También descubrió que la única manera por la cual se le permitía seguir viviendo era precisamente esa, ya que si en alguna ocasión arrojaba su fluido reproductor fuera del receptáculo vaginal de la hembra en la que estaba realizando su proceso vital, se invalidaba la operación y tenía que volver a comenzar de nuevo, con la dificultad que acarreaba para su propio organismo.

A veces, ocurrió que volvía a utilizar a la misma hembra que había empleado en otra ocasión, y aunque intentó llevar la contabilidad con las que había estado en una, dos tres, o incluso cuatro regeneraciones, al cabo del tiempo perdió la cuenta, contando únicamente a las que le ayudaban en difícil proceso de su ciclo vital.

 

Uno de tantos días que se encontraba explorando un pequeño lago situado al norte de la caverna en donde había ocultado la nave, vio acercarse a una criatura muy linda, agazapada entre las ramas de una enorme planta carnívora. Si no se daba cuenta de su situación, terminaría allí mismo con sus días. No pudo resistir la tentación, y justo un instante antes que las enormes fauces del vegetal se hicieran con ese sabroso bocado, él seccionó de cuajo, con la ayuda de un pequeño puñal de blameoste, el tallo central de la planta, cayendo a un lado y derramando su savia a su alrededor.

“Once Mil Trescientos Cuarenta y Una” miró a Ghyanrd con unos ojos que le llegaron al alma. No imaginaba que un ser de esas características pudiera hacerle sentir un sentimiento de esa magnitud, y durante unos minutos se contemplaron los dos, absortos, sin desviar sus miradas.

Él se sintió explorado hasta el último rincón de su espíritu, encontrando en ella algo que sabía que existía en aquel planeta: ¿eran capaces de amar? No podía comprenderlo.

El ejemplar femenino desvió su mirada, irguiéndose de la posición en la que se encontraba: era mucho más alta de lo que parecía en un principio, de una estatura casi igual que la de Ghyanrd. Unos ojos muy grandes, con un iris completamente negro que contrastaba con el resto, lo exploraban minuciosamente, y en sus hombros pudo advertir que la mujer que tenía frente suya no era de ese planeta, ya que los hombros estaban completamente desarrollados, así como la medida de su cerebro era mucho mayor que tenía “Primera”. Su piel, aunque recubierta de vello, no era tan oscura como la del resto de los homínidos, y lo que le sirvió para deducir que no pertenecía a ese mundo: llevaba sus senos, así como la parte inferior del tronco, tapados por trozos de piel de algún tipo de animal.

 

Ella contempló al primer ejemplar masculino que había hecho algo completamente distinto que todos los demás: en vez de pensar con la entrepierna, la había salvado del descuido tan drástico que podía haber causado en su vida el no permanecer atenta a la enorme planta que creía que se trataba de una simple palmera. Y el cuchillo que llevaba, evidentemente no lo había fabricado en ese planeta, ya que el brillo que emitía al incidir sobre él la luz del sol le revelaba su procedencia: de más allá del Cinturón de Orkam. Debía sonsacarle información, pero ¿cómo? ¿Hablaría o era simplemente una ilusión? Porque iba completamente desnudo. Pero aquellos ojos azules también le llamaban poderosamente la atención. Hacía mucho tiempo que no usaba una técnica que le enseñaron cuando era todavía una niña, ya que con los homínidos de ese planeta no había nada que hacer, pero si se encontraba con lo que parecía ser, sí podría servirle de alguna utilidad.

 

– ¿Quién eres? – preguntó Ghyanrd. Había pasado tanto tiempo desde que no se dirigía a nadie, que creía que no lo llegaría a hacer en el resto de su vida. No esperaba que le pudiera contestar, pero lo hizo.

– Soy Domfhyk.

No había abierto los labios. Eso quería decir que ella podía leer de su mente cuanta información deseara obtener, aparte de constituir toda una ventaja en el proceso de comunicación, ya que no tenía ni idea si era capaz de entenderlo.

Aquello le sorprendió tanto que fue la primera alegría que había tenido en mucho tiempo: el hecho de poder mantener una conversación con alguien inteligente era algo que deseaba más que nada en la vida, aunque cuando se había visto tan solitario y estuvo tentado de no volver a experimentar el proceso de regeneración de su fluido vital, cuando llegaba el momento no parecía tan fácil tener el control de su propia mente y decidir terminar de una vez por todas con la triste pena que estaba padeciendo.

Sintió cómo de su mente extraían la información de cómo se llamaba, y antes que él se diera cuenta, ella pronunció su nombre en voz alta, con la misma entonación que Zynd usaba.

– Ghyanrd. Me gusta.

– ¿Quién o qué eres?

– Eso ya no importa. Soy tan vieja que lo único que deseo antes de morir es mantener una conversación inteligente con alguien que no piense con su miembro reproductor.

– Oye, a mí me sucede lo mismo. En treinta años que llevo en este planeta, lo más que he podido oír ha sido a un pájaro que imitaba perfectamente mi voz.

– Pues no pareces hayas envejecido.

– Lo mismo te digo. Dices que eres muy vieja, pero te puedo asegurar que aparentas tener unos veinte.

– Es este planeta: todos los seres nacidos en él envejecen y mueren, pero si vienes de fuera, el tiempo no afecta a tus células y siempre conservas el mismo aspecto, a menos que tu cuerpo se deteriore por causas ajenas a la Naturaleza, tal y como iba a suceder con la planta carnívora.

– ¿Me estás diciendo que no parezco tener sesenta años?

– Sí. Para que te hagas una idea, he traído a este mundo más de cuatrocientas criaturas en los cuarenta años que llevo vagando por la superficie.

– Pues tú serías la Once Mil Trescientos Cuarenta y Una homínida que conociera de no ser porque eres completamente distinta a como son todas las demás.

 

Aquel encuentro supuso una auténtica revolución tanto para Ghyanrd como para Domfhyk, ya que estuvieron durante siete días, con sus noches incluidas, hablando de los múltiples capítulos de las aventuras que habían vivido. Justo cuando él comenzó a sentir en su interior la necesidad del Mal de Zchanirdin, ella le sugirió:

– Hazlo conmigo. De verdad, llevo esperando este momento desde que mi nave se estrelló contra las montañas situadas a más de dos mil kilómetros de aquí, muriendo en el acto todos los tripulantes y dejándome en la más absoluta de las soledades. He recorrido un largo camino hasta encontrarte, y en él he estado a punto de dejarlo todo, pero no tuve la fuerza necesaria para acabar con mi vida. Así pues, el destino ha querido que tú y yo estemos aquí en este instante. Ahora te mostraré mi verdadera personalidad.

Ghyanrd se quedó traspuesto. Domfhyk comenzó a experimentar una serie de cambios fisiológicos, de manera que todo el vello que cubría su cuerpo fue desapareciendo paulatinamente, así como su pelo oscuro fue adquiriendo una tonalidad blanquecina; sus ojos cambiaron también de color, pasando desde el negro azabache aun hermoso verde esmeralda, y sus rasgos faciales se tornaban en los frágiles y delicadas formas de una Consejera.

– Sí, Ghyanrd. Soy una de ellas, en concreto, de las descendientes directas de Zchanirdin, precursoras de la mutación que obligó durante tantas generaciones a los hombres de nuestra especie a depender de nosotras. En un principio, estaba completamente de acuerdo con la medida adoptada, pero al depender nosotras también de ellos lo hicimos mal desde el principio.

» Cuando caímos en este planeta, me di cuenta de lo que representaba, y descubrí que la única forma por la que podía librarme de ese mal era apareándome con los animales con los que tuviera un cierto parecido fisiológico. Ahora sé que nada de lo que aquí ocurre es por casualidad.

– ¿Qué es lo que quieres decir con eso?

– Muy probablemente, esa “casualidad”, o como quieras denominarla, nos ha traído a este mundo por una razón que todavía no alcanzamos a comprender, provocando un salto en la especie que, de no haber intervenido, hubiera tardado muchos millones de años en producirse. Es la única explicación plausible de todo lo que no ha sucedido. Y ahora, que según ese misterioso destino nos ha reunido, supongo que ya no le somos útiles y los ejemplares que hemos creado pueden continuar ellos mismos su propio camino evolutivo.

Siendo la primera vez que lo realizaba con una de su propia especie, Ghyanrd tomó en brazos a Domfhyk, dejándose llevar por la calidez de su cuerpo. Se sintió un poco puerco, pero ella lo tranquilizó, conduciéndolo hacia un estado que nunca había logrado llegar con ninguna de las homínidas. Fue entonces cuando, de algún lugar de su dormido corazón, despertó el sentimiento de amor que creía que había olvidado, sintiéndose completamente correspondido por esa mujer con la que había podido compartir en siete días sus últimos treinta años.

Se le vino a la mente lo que, en más de una ocasión, mientras se lamentaba de sus desgracias amorosas, Whyans le decía que “no te preocupes. La tuya está ahí, esperando que la conozcas, ¿o es que te crees que no la tendrás? Tarde o temprano, te llegará”. Ahora, cuando muy probablemente estuvieran vagando por el espacio sus cuerpos sin vida, recordaba lo que había querido a su pareja preferida, Sephram y Whyans.

Ambos sintieron la correspondencia mutua que se estableció en el momento en el que su fluido vital se polarizó en el interior de Domfhyk, creando un campo energético a su alrededor que hizo temblar el suelo en el que se encontraban; él compartió en ese mismo instante todo su ser con ella, juntándose los dos en algún lugar del espacio al que no habían tenido acceso jamás. Comprendió que estaba tan profundamente enamorado de ella que el mero hecho de separarse de esa cálida y afectiva unión le iba a reportar un daño psicológico difícil de olvidar.

Se fijó en su rostro: era hermosa, mucho más que ninguna de las mujeres que hubiera conocido; pero aparte de eso, era inteligente, y lo que le parecía más importante, se sentía correspondido porque de su mente le llegaban los mismos sentimientos que generaba él en la suya.

Permanecieron abrazados durante varias horas, comulgando con todas sus experiencias, hasta que Ghyanrd descubrió en uno de los recuerdos de Domfhyk la imagen de la nave en la que llegó al planeta: había quedado parcialmente destruida, pero parte de ella podía seguir siendo aprovechable, ya que la zona donde se encontraban los propulsores no había sido dañada, y eso significaba que todavía tenían una oportunidad para escapar.

Estaba harto de tener que estar pendiente de lo que comer, de permanecer atento a todo lo que se moviera a su alrededor, de no poder dormir tranquilo, y de no poder descansar lo suficiente como para permitirse pensar en las cosas que había dejado atrás, como la lectura: añoraba tanto un buen libro con los que entretenerse, que durante todo el tiempo de reclusión en el planeta se había aprendido el manual de memoria que todas las naves de carga llevan para el caso en el que la nave sea atrapada por un campo de energía electrostática en un cúmulo de estrellas, que estaba escrito con un lenguaje técnico tan enrevesado y tan difícil de leer que poder recitarlo de memoria le sorprendió enormemente.

 

El viejo impulso de salir del planeta le suministró la energía suficiente como para separarse de Domfhyk, comprendiendo ella al instante que sus días de reclusión se habían terminado: la nave de Ghyanrd únicamente necesitaba el transductor de impulsos, un buen limpiado y reparar algunas partes que se hubieran deteriorado con el paso del tiempo.

Al amanecer del siguiente día, despegaron con la nave hacia el lugar donde se encontraban los restos de la de Domfhyk, recorriendo en varias horas lo que ella tardó años caminando. Cuando llegaron, se había acumulado en su alrededor una gran cantidad de materia vegetal, pero las partes vitales de la nave todavía se encontraban en una zona completamente segura.

Tomó el transductor de impulsos, montándolo en la nave con la agilidad que había adquirido a base de largos años de esfuerzo continuado por intentar que funcionara con otro tipo de recubrimiento, y al accionar el chequeo automático del sistema, una sonrisa se dibujó en su rostro.

– Domfhyk, ¿te apetece volver a tu mundo?

– Sería un sueño hecho realidad.

– Pero antes… ¿Te gustaría permanecer unida a mí durante el resto de nuestra vida?

Sabía que lo que estaba haciendo era mucho más que una declaración de amor, ya que implicaba una completa dependencia de ella, aparte de realizar “La Conjunción”, a través de la cual él se serviría de ella y viceversa para progresar en el camino que la evolución de su especie les había marcado.

Ella se quedó pensativa durante unos instantes: ya no era ninguna niña, pues la infancia se perdía en el momento en el que se traía un nuevo ser al universo, y ella había llevado el papel de una Consejera hasta los límites plausibles de la existencia, aunque no de su propia especie. Aquel miembro de su sociedad le estaba pidiendo que realizaran el ritual de unión, por medio del cual ella no podría tener relaciones con ningún otro integrante masculino, al igual que él tampoco lo podría hacer con ninguna otra, y pensó que era lo mejor que le podía estar sucediendo.

Le enseñó a Ghyanrd su brazo derecho, para que llevara a cabo el ritual. A todos los hombres se les instruía en esa enseñanza, de manera que tomó su puñal de blameoste y le produjo un corte, no demasiado profundo, pero sí lo suficiente como para que derramara parte de la sangre que recorría su cuerpo. Él realizó la misma operación en su brazo izquierdo, extrayendo de él la vena  y la arteria que debería unir con las de ella, para que el aporte sanguíneo fuera completo en los dos cuerpos.

Antes de comenzar la transfusión, se conectaron al equipo médico de la nave, para prevenir cualquier improvisto, y comenzó el delicado procedimiento: ella debía hacer pasar toda su sangre al cuerpo de él, al igual que él, para que sus organismos se identificasen plenamente como un mismo individuo y tuvieran la misma coordinación en cuanto a ciclos se tratase.

Y así, después de todo aquel sufrimiento durante los años que permanecieron en ese planeta, Ghyanrd pudo encontrar a la persona que andaba buscando, con la que volvió a su dominio de existencia, aunque cuando lo hizo, de sus amigos y conocidos pocos quedaban ya con vida.

 

En aquel raro planeta, la sabiduría del Destino obró de una forma completamente imprevista: con objeto de poder crear una especie inteligente que dominara a todas las demás, no dudó en servirse de otra especie, modificada genéticamente, para llevar a cabo una mutación que permitiría, al cabo de pocos miles de años, preguntarse esa misma creación por qué no se consigue encontrar al eslabón perdido de su especie, eslabón que jamás podrán encontrar ya que desapareció del planeta en busca de su propio destino mucho antes que la inteligencia hiciera aparición en las mentes de los primeros humanos.

 

 
(R) 1.997 Alejandro Cortés López.

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Ale Cortés

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