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Hasta Siempre Amiguito

Hasta Siempre Amiguito - Sociedad

Hace unos 6 meses me encontraba en una de mis casi diarias caminatas, cuando de repente sentí unos pasitos que me seguían. Se trataba del personaje de la foto. Feo sin dudas, muy feo, tanto que resulta simpático. Me acompañó hasta la puerta de mi casa, donde se quedó un rato para volver a su vida de perrito libre y callejero. Los días siguientes sucedió lo mismo, y no pasó mucho hasta proveerlo con un recipiente de agua y algo de alimento balanceado en la misma puerta de mi casa.

Si bien él seguía siendo un perrito más de la calle, me esperaba cada mañana para nuestro paseo, porque ya era algo nuestro, que tanto él como yo disfrutábamos muchas veces bajo gélidas temperaturas de invierno.

Ambos nos adoptamos mutuamente en una relación simbiótica: él me acompañaba y recibía algo de agua, comida y afecto.

Cuando se trata de afecto con nuestras mascotas muchas veces la relación parece asimétrica. Yo le daba unas cuantas caricias, pero cuando yo llegaba de trabajar me recibía como una madre a su hijo después de un largo y peligroso viaje. La alegría, expresada en saltos y ladridos, era inmensa.

Las reglas de mi barrio prohiben el deambular de los animales sin sus dueños, incluso exige el uso de collar y correa. Esos elementos eran imposibles de usar en un alma tan libre, entonces decidí dar un paso más y hacerlo ingresar a mi patio, donde tenía unos 500 metros para disfrutar, cercado con un alambrado de un metro y medio de altura. Considerando sus escasos 30 cm del piso a su cruz, el límite parecía imposible de superar.

Sin embargo, al día siguiente volvía de trabajar y el perrito, que se llamó Bolita, mini Chewbacca, Bobi, Tití, estaba fuera y me recibió a los saltos con la alegría de siempre. Tratando de explicarme como hizo para salir no quedaba otra explicación: el multinombrado animalito, de apariencia pekinesa pero cuya raza seguramente no figura en los nomencladores de ningún kennel club, había superado ágilmente el cerco de 5 veces su altura, haciendo alarde de una agilidad digna de un acróbata.

Siendo inútil intentar mantenerlo encerrado, siguió su vida de perrito libre, con parada fija en mi casa, donde a veces aparecía con algún hueso de algún asado de albañiles. Es que en mi barrio había varias obras, y su fealdad llena de simpatía hacía que fuera bien recibido en todas partes.

A la administración del barrio nada le gustaba su presencia, pero todos disimulábamos la infracción a los reglamentos. Era un ser inofensivo… bueno, casi.

En sus incursiones exploratorias, dio con una casa donde vivía una perrita que en ese momento parecía estar en celo. Haciendo alarde de su agilidad y destreza, de su libertad y motivado por un deseo incontenible, saltó la cerca y la perrita se entregó a la hidalguía dejando de lado su fealdad. Fue visto por todos los miembros de la familia, pero cuando ya el hecho estaba consumado.

Su comportamiento tuvo su consecuencia y desde ayer mi amiguito ya no está.

Hasta aquí podríamos pensar en un final trágico, sin embargo el desenlace fue inesperado.

Teníamos que encontrar otro lugar para él. Publicamos en Facebook su foto con la esperanza que alguien más pudiera ver algo atractivo detrás de su apariencia. En realidad tomamos muchas fotos, hasta que pudimos seleccionar alguna que podría llegar a engañar, como se suele hacer en redes sociales.

Los mensajes comenzaron a llegar, deseándonos suerte, diciendo que simpático el animalito, sugerencias sobre castrarlo y comentarios de todo tipo. Hasta que un mensaje nos llamó la atención. Era de la empleada de la casa donde había ocurrido el romance, identificando de forma unívoca al perpetrador. Ese fue un dato curioso, pero que no solucionaba el problema.

Después de algunos otros mensajes, otro nos asombró aún más: “es el perrito de mi hermana, hace seis meses que lo está buscando, ya lo daba por muerto y se llama Chiqui”. Bueno, no le pegamos con ninguno de los nombres.

Así fue como ayer acordamos un encuentro con su dueña de toda la vida. Fuimos caminando con Chiqui, y a unos cincuenta metros, en la noche, se vieron. Chiqui corrió más rápido que nunca, y se fundieron en un abrazo que emocionaría al más rudo.

Hasta aquí el relato, desde mi experiencia personal: una historia de una linda amistad, de momentos compartidos, con un final agridulce. Chiqui seguramente tendrá su relato de sus vacaciones, donde hubo paseos, comida variada y abundante, aventuras, y algún romance. Y del otro lado una historia triste, la de la pérdida y la desesperanza, con un final feliz, muy feliz, del que pude ser testigo.

Moraleja: Hay que cuidarse de lo que se publica en las redes sociales. Uno nunca sabe quién puede estar leyendo. Esta vez todo salió bien, pero no siempre es así.

Otra moraleja: Los titulares engañan muchas veces. Lo aprendí de varios sitios de noticias.

 

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Acerca del autor

Mariano Pagés

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