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Historias De Terror: Miradas Extrañas Parte I

Historias De Terror: Miradas Extrañas Parte I - Literatura
Miradas extrañas parte I
Al despertarme, siento una suave luz que me acaricia el rostro con su calor, “hoy será un día soleado”pienso, ya no hay muchos de esos por aquí, en mi realidad la lluvia es lo que más predomina, por eso añoro los pocos días en los que el sol sale triunfante en el Este, y se esconde en el Oeste al anochecer. Este siempre ha sido un pueblo aburrido en el que pareciera que el único color que hay, es el gris. Un gris profundo que existe tanto en los cielos oscuros como en los ojos de la gente que tengo que ver todos los días; si bien se dice que todos guardamos una oscuridad dentro de nosotros, en este pueblo maldito pareciera que sus habitantes expusieran dicha oscuridad para que todos la vieran, lo único que me consuela es que algún día saldré de aquí, con un boleto de tren en mi mano y un “¡hasta nunca!” en mis pensamientos. A penas termine de reunir el dinero que necesito, claro, ese sueño y muchos más serán posibles.
Como la mayoría de la gente, lo reúno trabajando, si bien no es un trabajo glamuroso e interesante, por lo menos me da para comer y ahorrar. El único problema, es que tengo que pasar siempre en frente de una enorme casa que me asusta profundamente, lo que más me perturba en mí caminar cotidiano es la mirada extraña de un niño, de cabello rubio, y ojos verdes faltos de pureza e inocencia, que me observan con intriga y curiosidad desde una ventana rota. Es una casa vieja y lúgubre, pero en realidad sé muy poco de esta y del niño que en ella habita. Al ser un pueblo tan cerrado nadie dice nada de nadie, la historia de las cosas es relativa a lo que conoces de estas; en mi caso, lo único que sé, es que esa casa ha estado ahí por más de 60 años, pasando de dueño en dueño dejando una estela de soledad y desencanto a lo largo del tiempo. Siempre ha tenido una gran reja oxidada de más de tres metros de alto, con rosas de hierro entrelazadas en los barrotes, con un pequeño jardín de flores marchitas en la entrada, que se conecta a unas escaleras de madera que llevan a la entrada principal. La casa además cuenta con una inquietante cantidad de gatos, que la merodean día y noche. Todo un caso si me preguntan, pero al perder el interés en aquella casa que solo despertaba una vaga curiosidad en mí, me doy cuenta que no debo preocuparme por cosas que no me afectan directamente, aunque me gustaría conocer a ese niño, hay algo en su mirada que a veces no me deja dormir por las noches.

Al pasar del tiempo mi desesperación por largarme de este sombrío lugar al que la gente llama “hogar”aumenta, hasta que finalmente mi voluntad e ímpetu me otorgan lo que siempre quise: un boleto de tren y una esperanza de un futuro desconocido y prometedor. Al dirigirme a la estación de tren, siento que algo me llama, algo que me impide irme todavía. Mis pensamientos son ahogados y entorpecidos por una voz distinta a la de mi conciencia, una voz que se convierte en un grito de desesperación.

Confundida y un poco aturdida me dirijo al baño. Ya por fin sola, me lavo la cara y me quedo mirando fijamente en el espejo, pero algo no está bien, mi imagen reflejada en el espejo está acompañada de alguien más, el niño. El niño de la ventana, me mira desde una esquina con un rostro deformado y quemado, con sus brillantes ojos que solo expresan rabia y dolor, rápidamente salgo del baño ahogada del miedo sin siquiera entender que pasa, empiezo a perder la cordura, y miles de preguntas se hacen en mi cabeza. Ninguna puedo responderla con claridad. De repente siento que una mano me toca la espalda y del susto me tropiezo y caigo al piso. Pero al levantar la mirada me petrifico al notar que algo se abalanza contra mí. Continuará……

Siento una suave luz que me acaricia el rostro con su calor al despertarme, “hoy será un día soleado” pienso, ya no hay muchos de esos por aquí, en mi realidad la lluvia es lo que más predomina, por eso añoro los pocos días en los que el sol sale triunfante en el Este y se esconde en el Oeste al anochecer. Este siempre ha sido un pueblo aburrido en el que pareciera que el único color que hay, es el gris. Un gris profundo que existe tanto en los cielos oscuros como en los ojos de la gente que tengo que ver todos los días. Si bien se dice que todos guardamos una oscuridad dentro de nosotros, en este pueblo maldito pareciera que sus habitantes expusieran dicha oscuridad para que todos la vieran. Lo único que me consuela es que algún día saldré de aquí, con un boleto de tren en mi mano y un “¡hasta nunca!” en mis pensamientos. A penas termine de reunir el dinero que necesito claro, ese sueño y muchos más serán posibles. Y como la mayoría de la gente, lo reúno trabajando, si bien no es un trabajo glamuroso e interesante, por lo menos me da para comer y ahorrar. El único problema, es que tengo que pasar siempre en frente de una enorme casa que me asusta profundamente. Lo que más me perturba en mí caminar cotidiano es la mirada extraña de un niño, de cabello rubio, y ojos verdes faltos de pureza e inocencia, que me observan con intriga y curiosidad desde una ventana rota. Es una casa vieja y lúgubre, pero en realidad se muy poco de esta y del niño que en ella habita. Al ser un pueblo tan cerrado nadie dice nada de nadie, la historia de las cosas es relativa a lo que conoces de estas. En mi caso, lo único que sé, es que esa casa ha estado ahí por más de 60 años, pasando de dueño en dueño dejando una estela de soledad y desencanto a lo largo del tiempo. Siempre ha tenido una gran reja oxidada de más de tres metros de alto, con rosas de hierro entrelazadas en los barrotes, con un pequeño jardín de flores marchitas en la entrada, que se conecta a unas escaleras de madera que llevan a la entrada principal. La casa además cuenta con y una inquietante cantidad de gatos, que la merodean día y noche. Todo un caso si me preguntan, pero al perder el interés en aquella casa que solo despertaba una vaga curiosidad en mí, me doy cuenta  que no debo preocuparme por cosas que no me afectan directamente. Aunque me gustaría conocer a ese niño, hay algo en su mirada que a veces no me deja dormir por las noches. Al pasar del tiempo mi desesperación por largarme de este sombrío lugar al que la gente llama “hogar” aumenta, hasta que finalmente mi voluntad e ímpetu me otorgan lo que siempre quise: un boleto de tren y una esperanza de un futuro desconocido y prometedor. Al dirigirme a la estación de tren, siento que algo me llama, algo que me impide irme todavía. Mis pensamientos son ahogados y entorpecidos por una voz distinta a la de mi conciencia,  una voz que se convierte en un grito de desesperación.

Confundida y un poco aturdida me dirijo al baño. Ya por fin sola, me lavo la cara y me quedo mirando fijamente en el espejo, pero algo no está bien, mi imagen reflejada en el espejo está acompañada de alguien más. El niño, el niño de la ventana, me mira desde una esquina con un rostro deformado y quemado, con sus brillantes ojos que solo expresan rabia y dolor, rápidamente salgo del baño ahogada del miedo sin siquiera entender que pasa. Empiezo a perder la cordura, y miles de preguntas se hacen en mi cabeza. Ninguna puedo responderla con claridad. De repente siento que una mano me toca la espalda y del susto me tropiezo y caigo al piso. Pero al levantar la mirada me petrifico al notar que algo se abalanza contra mí. Continuara……
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