Literatura

Historias De Terror: Miradas Extrañas Parte Ii

Historias De Terror: Miradas Extrañas Parte Ii - Literatura

“Señorita déjeme ayudarla”, me dice un dulce anciano al ayudarme a levantarme.
“Disculpe no era mi intención asustarla, solo quería decirle que su tren está a punto de salir. Llevo trabajando en esta estación más de 30 años y todos los días me sorprende ver cómo la gente se distrae y pierde el tren.”
“No se preocupe, muchas gracias me iré enseguida” respondo aun aturdida.
“Aunque presiento que usted perderás este tren apropósito o ¿me equivoco?”
“Emmm, ¿por qué lo perdería?” le pregunto un poco disgustada.
“Porque luce como alguien perdida, que necesita ayuda y no sabe cómo pedirla”
Mi mente quedo en blanco. Sin darle una respuesta al anciano, salí corriendo hacia cualquier sitio que me otorgara soledad y calma. “Ojala pudiera esconderme bajo mi propia piel, bajo mi propia mente, bajo mi propio miedo…”, pienso.
Mis pies se dirigen hacia el mismo lugar que mi razón, hacia la locura. Me detengo de un frenazo, y al alzar la mirada observo a donde me ha llevado esta desesperación: a la vieja casa de mis pesadillas. No se cómo llegue ni por qué estoy aquí. Es como si algo me llamara, algo oscuro.
Sin pensarlo dos veces, decido enfrentarme a lo que me está llamando, al niño, al horrible niño. Al llegar a la entrada me sorprende notar que la reja por primera vez está abierta. No hay gatos a la vista, solo un silencio perturbador que es interrumpido por el chillar de la oxidada reja al abrirla. Al aventurarme dentro del jardín de la entrada escucho un suspiro lejano que deriva del interior de la casa, rompo una vez más el silencio con mi voz temblorosa gritando: “¿QUIEN ERES?”, no hubo respuesta alguna. El corazón se me acelera mientras mi mente crea miles de preguntas que no tienen respuesta. La casa por dentro es fúnebre, con un estilo victoriano sutilmente acompañado con telarañas y moho que decoran las paredes. Escucho una voz nuevamente, pero no es un lamento, es una risa burlona que se ríe de mí, de mi miedo. La risa se intensifica y cada vez más la sentía más y más cerca, hasta que al voltear: veo en el techo una sombra que me asecha. Corro lo más rápido que puedo, al subir las escaleras viejas de madera, ni el ruido que hacen las tablas al pisarlas me distraen de mi propia incredulidad al no saber de qué estoy huyendo. Al subir el último escalón, me escondo en uno de los cuartos de arriba. Curiosamente, esta parte de la casa está muy oscura, e impregnada con un olor a carne quemada. La puerta del cuarto se abre lentamente, y una pequeña manito se asoma por el marco de la puerta. Al entrar, la figura etérea del niño va materializándose ante mis ojos. Empieza a tararear una macabra canción: “los niños malos mueren, los niños malos mueren, los niños malos mueren”. Se repite una y otra vez, pero el sonido lo produce sin mover los labios. Su mandíbula se estira hasta su pecho, rajándose las comisuras de sus labios. Se acerca hacia mí señalándome con sus dedos cadavéricos. Me hundo en una esquina intentando escapar,  sus ojos verdes marchitos dejan caer una lagrima. Una lagrima que cae en cámara lenta y que me permite ver un reflejo en ella. De repente una luz muy intensa me ciega, pero cuando recupero la visión, el niño ya no está.

 

 

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pedronieves14

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