Literatura

Hoy hacía un día estupendo

Hoy hacía un día estupendo - Literatura

Aquí va otro intento de relato de ficción, que he hecho muy rápido e intentando que tenga algún sentido.

Hoy hace un día estupendo. La mañana se ha levantado de buen humor, al menos para mí. Paseo por una calle de esas totalmente peatonales, y me encuentro con muy poca gente, como es de esperar en un día de trabajo cualquiera. Simplemente paseo, porque no tengo nada que hacer ni adonde ir. Al girar en la esquina me encuentro con una pequeña terraza de cafetería, con unas cuantas mesas y sillas vacías. No hay nadie. Y el día está tan estupendo que lo que me apetece es sentarme en una de esas sillas y no hacer nada. Me siento y a los pocos segundos una camarera se presenta ante mí para tomarme nota. Solo pido un café, pero al instante me siento culpable. Un simple café por estar sentado en esta terraza, al sol, y que encima vengan y te lo sirvan, me hace sentir culpable. Como si estuviera robándole a alguien, o como si estuviera abusando de la confianza de una desconocida. Pero ya es tarde, aunque puede que más adelante pida algo más que un café.

La camarera me sirve el café y le doy las gracias. Se vuelve para dentro de la cafetería. No sé si dentro hay más clientes, pero me extrañaría con el día que hace fuera. Seguro que hay más trabajo dentro que fuera, así que no le doy más importancia. Ya volverá otra vez por aquí y le pediré algo más para quitarme esa culpa que llevo ahora. Pasan los minutos y voy disfrutando del café y de la tranquilidad del día. No puedo estar mejor. En la calle pasan muy pocos coches, pero al rato viene un ruido irritante que se siente de muy lejos. Es una de esas motos que siembran ruido allí por donde pasan. Siempre me he preguntado en qué piensan las personas que van encima de esas motos tan ruidosas. Qué pretenden con ello. ¿No notan lo molesto del ruido que hacen sus motos? Por unos momentos pierdo la paz que llevaba desde el comienzo del día, pero el motorista ruidoso pasa rápido y me olvido de la sensación.

Sigo aquí, en esta silla, en una terraza vacía, con una taza de café ya vacía. La camarera no ha vuelto por aquí, pero tampoco me preocupa demasiado. No tengo prisa. En ese momento veo a tres tipos vestidos con traje y corbata. Caminan los tres juntos hablando y haciéndose gestos mientras se dirigen los unos a los otros. Es una conversación a tres bandas y me pregunto si de verdad se están entendiendo entre ellos. Uno de ellos se para y señala una de las mesas que hay vacía en la terraza de la cafetería. Señala justamente la que hay al lado de la mía, cómo si no hubiera más mesas y sillas vacías alrededor. Se sientan los tres, no sin antes dedicarme el clásico buenos días de rigor, al cual yo también respondo de la manera rutinaria. Mi mañana empieza a venirse un poco abajo, aunque solo un poco.

Los tres hombres, que por lo que presiento deben trabajar juntos en una oficina, un banco, por ejemplo, siguen la conversación que llevaban cuando los vi aparecer en la esquina. No hago mucho caso de lo que hablan porque trato de seguir pensando en nada, disfrutando de la tranquilidad de un día como este. Pero ya no es lo mismo. Hace unos minutos estaba yo solo, y salvo por lo de la moto ruidosa, había estado muy tranquilo y relajado. La camarera aparece entonces para tomarles nota, y en un abrir y cerrar de ojos ya está volviendo dentro. No me ha dado tiempo a pedirle algo más, porque no quiero marcharme de aquí habiendo solo consumido un simple café. Me daría vergüenza marcharme así.

Al rato vuelve la camarera con una bandeja llena de algunas cosas, no muchas, pero al menos no trae un simple café. Por lo que puedo ver los tres tipos de al lado han pedido algo más que café. Un par de bocadillos y un sándwich, y también agua. Empiezo a notar familiaridad entre los tres hombres y la camarera. Seguramente no es la primera vez que vienen por aquí. Lo más probable es que trabajen cerca y vengan habitualmente a pedir lo mismo de siempre. Lástima que me quedara pensando en esto, porque otra vez se me escapa la camarera. Podría levantarme e ir hasta dentro para pedir, por ejemplo, uno de esos bocadillos que han pedido los de al lado, pero si voy dentro la camarera pensará que yo creo que está haciendo mal su trabajo, y eso me hace sentir otra vez culpable. Así que me limito a seguir sentado esperando otra ocasión mejor.

Intento volver a mi estado de paz y tranquilidad, el mismo que tenía cuando estaba paseando hace unos minutos. Pero los tres tipos de al lado están hablando y así no hay quien se concentre en la nada. Empiezo a irritarme, poco a poco, y cada vez más. Estos tres desconocidos me han arruinado mi mañana. Ojalá viviera en un pueblo de esos que están despoblados, en el que no se oye ni una mosca y uno puede pasear sin encontrarse con nadie. Pero no esa sí, y mi nivel de irritación llega a su máximo nivel. No solo no paran de hablar a un volumen excesivo, si no que además uno de ellos se ha encendido un cigarrillo. Odio a la gente que fuma a tu alrededor. Primero se lo encienden y luego te preguntan si te molesta que fume. Es un intento muy egoísta de pasarle el problema al de al lado. Claro qué molesta, siempre ha molestado, pero una vez encendido, nadie va a decirlo, porque quedaría como un auténtico gilipollas. Y esa es la estrategia. Encender y luego preguntar.

Ante este nuevo escenario se me quitan las ganas de seguir allí sentado, respirando el humo tóxico de un tipo al que no conozco. Se me pasan las ganas de pedir más que un café, pero la camarera no viene, y tampoco quiero entrar a pedir la cuenta. Debería hacerlo, pero me hace sentir otra vez culpable. Así que espero. Mientras lo hago no dejo de pensar en el cigarrillo y en su dueño. Se acaba de comer un bocadillo que por la pinta que tiene, deber estar muy bueno. Ha saboreado un estupendo café con leche, porque lo he olido desde mi mesa. Y el tipo lo remata todo con un tóxico cigarrillo. Es como si después de beber un estupendo y refrescante vaso de agua, te bebieras un chupito de gasolina.

Por fin aparece la camarera, que viene directamente a mi mesa. Supongo que habrá pensado que después de todo el tiempo que ha pasado, me apetece algo más, pero no es así. Le pido la cuenta y acto seguido pregunta a la mesa de al lado si quieren algo más. Creo que uno se ha pedido otro bocadillo y también un vaso de agua. El que fuma no parece querer más nada, pues ya tiene entre sus dedos un estupendo trozo de veneno que quiere compartir con sus compañeros y con el que quiera, como yo. Al poco rato la camarera aparece con una bandeja de la que coge un plato con un apetitoso bocadillo y un vaso de agua. A mí me da la cuenta, que pago al instante sin esperar ni siquiera la vuelta, que total, son unos pocos céntimos. Me he quedado con ganas de comer algo, pero estos tres tipos, a los que no conozco de nada, me la han quitado. Mi tranquilidad se va un pozo oscuro y profundo, y mientras me alejo del lugar, me hago una pregunta, ¿por qué siempre consigo irritarme de esta manera tan absurda?

 

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Acerca del autor

perher

2 comentarios

  • Y suerte que no fue uno solo que se puso a hablar con el móvil casi al lado de tu oreja, ya fuese por afán de notoriedad, o por pobreza intelectual o por simple mala educación. Una vez una de estas todavía me siguió (yo me levanté y me fui para no oírla) para preguntarme algo. Ni me la miré.

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