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Abro los ojos. El sol ha comenzado a deslizarse entre las hendiduras de la envejecida ventana. Mi cuerpo tumbado boca arriba, recibe el cálido vestigio de la avanzada mañana.  ¡Debo haber dormido por mucho tiempo! mis aletargados párpados, se niegan a abrirse completamente. Viro la mirada hacia el cúbico despertador a mi diestra; ¡parece haberme fallado una vez mas!  De repente, sin esperar a ver el último número de las diez y cuarenta y … Doy un salto casi suicida enredada en el tracto  digestivo del cuerpo de sábanas que maniataban mis miembros impidiéndome colocar los pies sobre el deslucido piso de linóleo, que de acuerdo a mi impresión, semejaba un inmenso tablero de ajedres donde yo debía ser una de las tantas piezas.   Quizás “uno de los tantos peones”, dado el estrecho  movimiento que me permitía la inmensa maraña de trapos a mi alrededor.  Me libero de las cobijas instantáneamente improvisando un enrevesado escape. ¡Ya era tarde! mi cabeza yacía al filo de la realidad, debajo de la descascarada mesita de noche; entre viejas sandalias y un cúmulo de ropa sucia que no he podido lavar debido al alto costo de los productos de limpieza.  Cargando un intermitente dolor en la nuca que me impidió el movimiento por unos cuantos segundos, pude restablecerme con pena y sin gloria vociferando palabras subidas de tono, culpando a las patéticas circunstancias de mi penosa  realidad financiera so penar de esperar el futuro discurso de mi jefe al verme pasar a deshoras por su vidriada oficina mientras limaba los contornos de un dramático “cuento nuevo”.  El de “la abuelita enferma”, ya estaba bastante trillado.

Después de tomar un baño terriblemente frío y ” a perolita limpia” me dirijo a la destartalada cocinita eléctrica de una hornilla que me mira siempre silenciosa con su ojo herrumbroso  de pequeño cíclope compasivo, a preparar  el veintiúnico  menú del día.  Un guayoyito de “café sospechosamente artesanal” con una acartonada sardinita que una vez fue hermosamente tornasolada y de reojo, unos cuantos trozos de verdura “oxidada”, de hace unos cuantos días, que cayeron sobre la sartén como un puñado de piedras de preciosas.

Me acerco azorada a mi exclusivo ropero; una vieja estructura ladeada de fórmica blanca  deformada por las filtraciones de la abandonada azotea. Dándole vueltas una y otra vez a los cuatro pantalones bluyins que se cubrían unos con otros tratando de disimular cada una de sus “heridas de guerra”, me miraban con sus lánguidos botones deseando recuperarse de su avanzado estado de gravedad. Pero sonrío y escojo el de rodillas al aire, que se me hace ver a la moda con sus innumerables hilos raídos.

Continuara…

 

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Angeles Encasa

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