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El Inesperado – Parte 3

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El Sr. Villanueva le dijo que hiciera el favor de tranquilizarse, todo era por un buen fin. Unos buenos millones de euros que irían muy bien al pueblo, por no hablar de las grandes ventajas que supondría la construcción de  esa carretera al comunicar con los pueblos de alrededor, y, principalmente, con la capital. Dirían a Braulio que el conserje del consistorio, encargado al mismo tiempo de los archivos del mismo, no los encontraba. Manifestarían que tardaría unos días en buscarlo…que tenía que tener en cuenta las otras funciones que desempeñaba el muchacho, tales como: coger el teléfono, la correspondencia, fotocopias…Le pedirían al Sr. Dávila un poco de comprensión hacia el muchacho, de pocas luces y un poco despistado.

Tres cuartos de hora después apareció el susodicho. Se notaba que no había dormido mucho, la verdad. Pidió un café con leche y dos bollos, cogió una silla de la mesa contigua y se sentó junto al cura y el máximo mandatario del pueblo.

Después de los buenos días de rigor les pidió si le habían traído los documentos, tal como habían acordado. Entre Don Segis y el Sr. Villanueva le narraron la fábula que habían perpetrado, y, sorprendentemente, consiguieron convencerle.

Les preguntó que cuántos días serían exactamente, necesitaba ver esos papeles a la mayor celeridad posible para contactar con sus abogados y que ellos le asesoraran al respecto. Don Segis le dijo que no se preocupara por eso, en el consistorio el Sr. Villanueva contaba con los servicios del mejor gabinete de la comarca y podía hacer uso de él. Don Braulio manifestó que no ponía en tela de juicio en ningún momento la profesionalidad de los letrados del ayuntamiento pero que, si no les sabía mal, prefería contar con el asesoramiento de sus propios letrados.

Se terminó el desayuno, se despidió educadamente y se marchó. El Sr. Villanueva le preguntó al párroco si, por algún casual, de su etapa anterior en la villa conocía quienes eran los picapleitos de Don Braulio. Éste respondió que, años atrás, todos sus asuntos los llevaba Don Cesar Mejía. Pero habiéndose éste retirado del mundo de la abogacía no sabía ahora mismo quién podía encargarse de los asuntos legales del Sr. Dávila.

El alcalde manifestó que eso era una de las cosas que tenían que saber a la mayor presteza posible. Si lograban descubrir quienes eran los abogados de Don Braulio siempre podían hablar con ellos, aumentar la minuta que les abonaba y…

Don Segis no daba crédito. Si no había entendido mal, lo que proponía Don Ángel era hablar con esos señores y que le dijeran a su representante que los documentos eran verídicos, aunque no lo fueran. La mirada del alcalde confirmó sus sospechas. En efecto: eso era lo que pretendía.

Precisamente en ese momento, Braulio Dávila, estaba entablando conversación con, Cándido Venezuela, su abogado personal, contándole los pormenores de todo lo acaecido. El letrado le manifestó que al día siguiente estaría en el pueblo y podrían hablar más detenidamente sobre el asunto, en estos momentos tenía que dirigirse a los juzgados. Tenía una vista dentro de una hora y, el tráfico en las grandes ciudades era rebelde. Por no hablar del tiempo que, lo más seguro, perdería buscando aparcamiento.

Así que, se despidieron, y quedaron en verse en la fonda a primera hora de la tarde. Ya tenía una parte del problema solucionado, porque no estar asesorado era un verdadero problema. Si había logrado ser alguien en el mundo de los negocios era porque siempre había tenido detrás esa mano experta que le decía que camino debía seguir y que línea podía o no podía cruzar.

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