Literatura

El Inesperado – Parte Seis

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El Inesperado – Parte Seis - Literatura

Sabía que después de esa llamada podía estar tranquilo, tanto los hombres como las mujeres que trabajaban en Editorial Dávila eran de su plena confianza. Algunos llevaban allí años y años. Se acordó de Vicente y sonrió. El empleado más veterano de la editorial del cual a veces pensaba que tenía la misma antigüedad en la empresa que El Quijote.

Bien, ahora ya lo había dejado todo encaminado hasta donde él podía hacer, su llamada a la editorial y su concreción de reunión con su letrado al día siguiente, el cual se quedaría para ver junto a él los documentos y darles su visto bueno…o no.

Decidió ir a pasar un rato al cine y despejarse. Total, de momento, no podía hacer nada más.

Se dirigió a la Sala Cinemax, miró la cartelera y se decidió por “Tú eres tu poder”, la verdad es que tenía buena pinta. Pagó los seis euros que costaba la entrada, compró una bolsa de cacahuetes, una botella de agua y entró en la sala. Mientras la película no comenzaba tuvo tiempo de sumergirse en sus pensamientos, aunque no por mucho tiempo. Enseguida se apagaron las luces y dio comienzo la retahíla de tráileres de otros films que precedían siempre. Anotó mentalmente dos de ellas para la próxima ocasión.

Dos horas más tarde salió del cine. La verdad es que no le terminó de convencer lo que vio. Mucho título bonito, mucho actor de renombre, pero nada de sustancia.

Al dirigirse hacia la fonda, se encontró con los propietarios de la droguería cerrando el establecimiento

—Buenas noches, ¿qué tal han ido hoy las ventas?

—Hola. No han ido mal, si se tienen en cuenta las circunstancias, que quiere que le diga.

— ¿Perdón? No le entiendo, ¿tan mal va la cosa? No me lo pareció el otro día cuando vine.

—Hay productos que por suerte la gente solo los encuentra aquí, como el desinfectante que usted se llevó. Pero he de decir que desde que abrieron el supermercado nosotros, como otros muchos comerciantes, nos hemos visto relegados a un segundo plano. No sé como el Sr. Villanueva pudo permitirlo. Bien, si lo sé. O por lo menos me lo figuro.

—Intereses monetarios, ¿no es así?

—En efecto y, para ser más concretos, sus intereses. Ese no ha mirado por el beneficio del pueblo jamás desde que está aquí. No como Don Paco, el alcalde que teníamos antes, ese sí era todo un caballero. Y ahora si no le molesta debo marchar, la familia me espera. Pase buena noche.

—Igualmente, salude a su familia de mi parte.

—Así lo haré.

 

Camino de la fonda estuvo meditando sobre lo que le había dicho el de la droguería: un alcalde movido por intereses económicos, ¿lo sería también el centro cívico que supuestamente iba a construirse en lo que había sido su hogar? No, eso no era posible. ¿O sí?

Se acostó temprano, necesitaba descansar bien si al día siguiente quería estar despejado y poder narrarle con todo detalle a su abogado todo lo que le habían referido Don Segis y Don Ángel.

En ese momento, mientras él intentaba conquistar al bueno de Morfeo, el párroco y el alcalde se encontraban en la posada tomando un buen vino y poniéndose al corriente de sus descubrimientos o, mejor dicho, de sus no descubrimientos.

—¿Cómo que no has dado con el gabinete legal de Editorial Dávila?

—¿Qué quiere? Me han dicho que esa era una información confidencial que no facilitaban telefónicamente. Si era por una causa de extrema necesidad, como así les he referido, el letrado estaría dispuesto en recibirme dentro de una semana, ahora se encontraba de viaje de negocios.

Pero no le han referido un nombre, algún dato, no se…

—Ya le he dicho que no y eso que he insistido. Esta vez mi poder de persuasión que usted conoce no ha funcionado. Tendremos que pensar en otra cosa.

—Pues ya me contará que hacemos. Un momento…podría ser que…

—¿Qué? Cuente, ¡me tiene en ascuas! ¿Qué está pensando?

—¿Y si lo de asesorarse hubiese sido una especie de farol? Me refiero a que Don Braulio lleva unos años retirado y el bufet era el que asesoraba a la editorial no a las personas que formaban parte de la misma, ¿me entiende?

—Sí, podría ser, pero no me fio. Usted conoce un poco más a Don Braulio que yo, qué duda cabe. Aunque las dos o tres veces que he tratado con él no me ha parecido hombre de andarse con jueguecitos ni de lanzar faroles como si estuviese echándose una partida de mus.

—Sí, puede que tenga usted razón

—Sé que la tengo, por eso debemos pensar en algo y rápido. No quiero imaginarme lo que podría pasar si se entera de nuestras verdaderas intenciones.

—A ver deje, que tengo una ligera idea…Bien, ¿lo resumimos en visitas al palacio de la justicia durante los próximos meses?, ¿quizás años?

—No ponga ese tonito, no le veo la gracia por ningún lado y no entiendo como usted puede verla. Recuerde que tambien es parte interesada, ya le dije que la iglesia se llevaría un buen trozo de este pastel.

—No hablo así porque me parezca gracioso sino para quitarle hierro al asunto, no me malinterprete Don Emilio. En ningún momento he pretendido tomármelo a broma.

—Eso espero, Padre, porque no lo es en absoluto. Si ese hombre nos pilla no quiero ni pensarlo. Y ahora me va a disculpar pero es día de pleno en el Ayuntamiento y debo marcharme. Le mantendré informado.

Cuando el alcalde abandonó el lugar Marta, desde detrás de la barra, se quedó observando al cura mientras secaba y daba brillo a las copas. No sabía que se traía entre manos con el alcalde pero seguro que nada bueno. Desde que Don Emilio se hizo cargo del pueblo como su primer representante las cosas no habían ido muy bien, pero ahí seguía sorprendentemente, pensó. Y es que, o una de dos, o sus convecinos eran seguidores del dicho “más vale malo conocido que bueno por conocer” o el Sr. Villanueva había logrado estar donde estaba a base de promesas varias a las personas adecuadas. Y ella estaba más a favor de lo segundo que de lo primero. Veríamos como se avecinarían las elecciones el año próximo, a ver si se presentaba el Sr. García y esta vez lograba superar a Don Emilio.

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