Literatura

El Inesperado – Segunda Parte

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El Inesperado – Segunda Parte - Literatura

Habló el señor trajeado el cual se presentó como Ángel Villanueva, el alcalde, tal como él suponía. En pocas palabras le expuso que el motivo de encontrarse con su casa hecha trizas era porque después de haber estado meses intentando dar con su paradero por activa y por pasiva no lo habían logrado. Dedujeron que no regresaría o que incluso habría fallecido, por lo que procedieron a la demolición del inmueble el cual, según le explicaron, iba a ser reconstruido para dar cabida a un centro cívico. Tampoco se molestaron en buscar posibles familiares puesto que sabían perfectamente que no tenía.

Su mente empezó a divagar en el punto de la conversación donde al parecer no lograron dar con él. Lo más seguro fue cuando decidió tomarse un año sabático e ir a recorrer mundo. Claro, no hacía más de una semana entera en el mismo lugar por lo que era bastante complicado dar con su persona.

Tanto el alcalde como el párroco le dijeron que si en algún momento hubieran tenido la más remota posibilidad, la más remota idea, el más puro indicio de que iba a regresar jamás se les hubiera pasado por la cabeza obrar de la manera con la que lo hicieron. De ninguna manera.

Les dijo que a esas alturas qué más daba, ya era demasiado tarde. Nadie iba a devolverle su hogar, así que para qué andarse con excusas y otras bagatelas. Eso sí, pidió una reunión para la mañana siguiente en el ayuntamiento a primera hora. Quería ver con sus propios ojos los papeles por los cuales se atestiguaba que allí iba a erigirse un centro cívico. Seguidamente les comunicó que iría a la fonda a pedir hospedaje y se despidió.

Tanto Don Segis como el Sr. Villanueva lo vieron alejarse y acto seguido se miraron con cara de circunstancias. Por descontado que no iba a construirse ningún centro cívico ni absolutamente nada que se le pareciera. La casa del Sr. Dávila se había derruido para poder pasar por allí una carretera que haría más corta la distancia entre el pueblo y la gran ciudad.

Así que había que darle largas y posponer la reunión unos días, los suficientes para falsificar unos documentos. No era tarea fácil, le informó Don Segis a Don Ángel, conocía a Braulio de su estancia anterior en el pueblo y, o su carácter se había suavizado con los años, o sería un hueso duro de roer. Por no hablar que el trabajo de falsificación no sería cosa de coser y cantar. Además, tenían que tener en cuenta otra traba que se les cernía: el Sr. Dávila era hombre de negocios habituado a lidiar con documentos varios día sí, día también. A buen seguro sabría diferenciar un papel original de una pura imitación.

Don Ángel le dijo al párroco que no era momento de pensar en eso, se había hecho tarde y era hora de regresar. Ya se le ocurriría algo, como hacía siempre. Seguro que mañana después de haber consultado con la almohada veían las cosas de diferente manera.

Llegó a la fonda y pidió una habitación individual. Cogió la llave y marchó raudo a descansar, pero no podía conciliar el sueño. Se había creado tantas expectativas, tantas ilusiones en pos de de su regreso. Y ahora… Ni que decir tiene que pediría daños y perjuicios, faltaría más, aunque ya nada volvería a ser lo mismo.

Abrió la maleta, sacó sus pertenencias y las puso en el armario. Cogió el pijama y los enseres del baño y se dirigió al mismo para asearse un poco. Había sido un día largo y duro.

Cogió uno de los libros que había traído consigo, quizás un poco de lectura le serviría de ayuda para vencer ese insomnio del que padecía. Media hora más tarde se metió en la cama; no consiguiendo su propósito,  pero ya no eran horas de estar con luces encendidas.

A la mañana siguiente, muy temprano, ya se encontraban en la taberna el párroco y el alcalde. Habían quedado pronto para poder hablar sin ser interrumpidos por terceras personas. Bueno, por cierta persona para ser más claros. Sentados en la misma mesa del día anterior, el párroco era hombre de costumbres, Don Segis manifestaba al Sr. Alcalde que estaba cometiendo uno de los mayores pecados. Su fe no le permitía mentir y en dos días había utilizado la mentira varias veces y…las que quedaban.

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