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Literatura

Influencia de la poesía en los pueblos

Influencia de la poesía en los pueblos - Literatura

La poesía y la filosofía muestran el ánimo de un pueblo y repercuten en este. Muchos de los principales literatos estadounidenses del siglo XIX –Walt Whitman, Ralph Waldo Emerson, Henry Thoreau y Louisa May Alcott– fueron trascendentalistas. Se basaban en la idea hinduista de la unidad entre el ser humano y la divinidad: nuestra alma, el atman, era una chispa del gran atman. Otra influencia fue el idealismo trascendental de Kant. Para este, el yo es activo, da espacio, tiempo y sentido al mundo perceptivo. Esto significa que, hasta cierto punto, el yo es creador de este mundo, idea que desembocará en el idealismo del alemán Fichte, para quien el Yo ha creado el No-Yo o mundo. No había mejor forma de divinizar al ser humano y ensalzar su actividad creadora, ya que el Yo no es una cosa, sino una actividad que solo se pone obstáculos para superarlos. El pueblo alemán y el estadounidense estaban en consonancia con estas ideas, creciendo en los planos político, militar y económico. El trascendentalismo refleja el optimismo de estas naciones. Walt Whitman dice en su Canto a mí mismo: Divino soy por dentro y por fuera, y santifico todo lo que toco y me toca, El aroma de estas axilas es más fino que las plegarias. Esta cabeza es más que las iglesias, las biblias y todos los credos. Si algo hay que yo venero más que las otras cosas, ese algo es la extensión de mi cuerpo y cada una de sus partes…  

Una especie de panteísmo, mezclado con los ideales democráticos norteamericanos, hace que el autor vea que todas las cosas tienen el mismo grado de divinidad: “Creo que una hoja de hierba no es menos que el camino recorrido por las estrellas, y que la hormiga es perfecta, y también lo son el grano de arena y el huevo del zorzal, y que la rana es una obra maestra, digna de las más altas, y que la zarzamora podría adornar los salones del cielo”. Y agrega: Dije que el alma no es más que el cuerpo y que el cuerpo no es más que el alma, y que nada, ni Dios, es más que uno mismo. 

Ese mismo estado de ánimo lo muestra William Ernest Henley en Invictus 

No importa cuán estrecho sea el portal,
cuán cargada de castigos la sentencia,
soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma. 

En 1898, Estados Unidos y España se enfrentan en una guerra que es una verdadera paliza. España pierde sus últimas posesiones: Cuba y Filipinas, sin casi oponer resistencia. De esa debacle nace la generación del 98. Uno de sus representantes, Antonio Machado, escribe desconsolados poemas como Del pasado efímero:  

Este hombre no es de ayer ni es de mañana, 
sino de nunca; de la cepa hispana 
no es el fruto maduro ni podrido, 
es una fruta vana 
de aquella España que pasó y no ha sido, 
esa que hoy tiene la cabeza cana. 

 

Y agrega en Españolito: 

Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.
Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón. 

 

No se puede ser un poeta feliz y triunfal en medio de una sociedad triste y en decadencia. Un colombiano, Guillermo Valencia, recoge magistralmente ese sentimiento en Las razones de don Quijote. El poeta encuentra a don Quijote en las calles de América. El hidalgo le habla de las glorias caballerescas y se lamenta de la realidad que vive su país. Al final, Valencia compara el dolor de don Quijote por su España con el de Jesús por Jerusalén: 

Y recordé a Jesús en su queja doliente: 

Jerusalén que así tus profetas lapidas, 

Con cuánto amor combé mis alas dulcemente 

Como hace el ave tierna con sus proles transidas 

Para darte calor y arrullarte en mis brazos, 

Pero tú no quisiste… Y por las calles desiertas 

Entre el silencio se oye el rumor de unos pasos 

Y el sollozar de un hombre por las glorias ya muertas. 

 

Los poetas latinoamericanos de entonces, por muy modernistas que sean en la forma, se refugian en epopeyas pasadas. Cantan a Caupolicán, a los caballos de los conquistadores… pero temen el expansionismo norteamericano, en el que José Enrique Rodó ve el rostro materialista del monstruo Calibán, opuesto al espiritualismo de Ariel. América Latina es la cultura, el espíritu, frente al materialismo vulgar de los nuevos imperialistas. Rubén Darío dice al presidente Roosevelt: 

Eres los Estados Unidos, 
eres el futuro invasor 
de la América ingenua que tiene sangre indígena, 
que aún reza a Jesucristo y aún habla en español  

 

Y ante el avance norteamericano opone, como Rodó, la cultura contra la barbarie, la poesía contra las máquinas, las antiguas tradiciones contra el materialismo, la religión contra la ambición: 

Mas la América nuestra, que tenía poetas 
desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl
que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco, 
que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió; 
que consultó los astros, que conoció la Atlántida, 
cuyo nombre nos llega resonando en Platón, 
que desde los remotos momentos de su vida 
vive de luz, de fuego, de perfume, de amor, 
la América del gran Moctezuma, del Inca, 
la América fragante de Cristóbal Colón, 
la América católica, la América española, 
la América en que dijo el noble Guatemoc
«Yo no estoy en un lecho de rosas»; esa América 
que tiembla de huracanes y que vive de Amor, 
hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive. 
Y sueña. Y ama, y vibra; y es la hija del Sol. 
Tened cuidado. ¡Vive la América española! 
Hay mil cachorros sueltos del León Español. 
Se necesitaría, Roosevelt, ser Dios mismo, 
el Riflero terrible y el fuerte Cazador, 
para poder tenernos en vuestras férreas garras. 
Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios! 

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Acerca del autor

Luis Alberto Solórzano Sojo

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