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IT – CAPÍTULO DOS (Crítica)



IT – CAPÍTULO DOS (Crítica) - Cine y Televisión

La adaptación a la pantalla grande de la primera mitad de «It» (Eso) de Stephen King (2017) fue tan aclamada por la crítica que rápidamente se convirtió en la película de terror más taquillera en la historia de Estados Unidos. Sin embargo, esto nunca fue ninguna garantía de que el «Capítulo dos» estuviera a la altura de su antecesor.

El director argentino Andy Muschetti y el guionista Gary Dauberman decidieron dividir la novela de terror más vendida de King (1986) en dos partes que se lanzarían con dos años de diferencia. Esa fue una elección acertada debido a que el material escrito supera las 1.100 páginas.

Sí, “It Capítulo dos» es esencialmente una historia sobre un grupo de adolescentes marginados que se unen para derrotar sus miedos, aquí literalmente representados en un payaso que mata niños llamado Pennywise (Bill Skarsgård, en otra actuación efectiva). Pero también es una historia sobre el recuerdo y el paso del tiempo, y cómo a menudo construimos nuestras identidades, tanto individuales como colectivas, en función de lo que estamos dispuestos a aceptar de los traumas pasados.

«It Capítulo dos» comienza donde dejó «It» en 2017. El Club de los perdedores, como se llamaban a sí mismos los siete inadaptados, aparentemente derrotó al monstruo al que llamaron It en las alcantarillas de Derry, en Maine. Ellos hacen un pacto para regresar si alguna vez It vuelve a torturar y matar a los niños del pueblo, pero solo Mike Hanlon (Isaiah Mustafa) se queda en Derry. En cambio, los otros seis niños crecen y se dispersan por el país, olvidándose de los acontecimientos de su infancia debido a una especie de amnesia viral que afecta a todo aquel que abandona el pueblo.

 

Cuando los asesinatos comienzan de nuevo 27 años después, depende de Hanlon reunir al resto por última vez, de lo contrario, ellos y los niños del pueblo enfrentarán muertes inminentes y horrorosas. En cuanto al guión, se han realizado ajustes al material escrito para agregarle motivación a la trama, y para conectar los temas del pasado con la homofobia y el racismo contemporáneos y resurgentes. Pero en la práctica, esto termina siendo un paseo por la casa de la risa con sustos sangrientos y bromas inoportunas que carece del corazón de su predecesora.

La entrega de 2017 se refería principalmente a las versiones infantiles del Club de los perdedores, pero aquí los vemos como adultos, con un reparto regular que compensa en parte las impactantes actuaciones en la primera mitad. Eso también complica las representaciones, ya que ciertas cosas que los niños decían o hacían se sienten desagradables en las manos y bocas de los adultos.

Bill Denbrough (James McAvoy) es un novelista exitoso pero frustrado y, como se señaló, el sustituto de King se enfrenta con el director de su última adaptación cinematográfica (interpretado de forma breve y divertida por Peter Bogdanovich). Beverly Marsh (Jessica Chastain) es una diseñadora de ropa de Chicago atrapada en una relación abusiva muy parecida a la de su padre. Wiseguy Richie Tozer (Bill Hader) es un personaje con un secreto que no puede contárselo a nadie. Ben Hanscom (Jay Ryan) es un antiguo niño con sobrepeso convertido en arquitecto, cuya llamativa apariencia esconde inseguridades de larga data. Eddie Kaspbrak (James Ransone) sigue siendo un hipocondríaco neurótico bajo el pulgar de su figura materna. Y Stanley Uris (Andy Bean) es un contador apacible que no está dispuesto a rememorar los recuerdos enterrados en Derry.

 

Con un elenco tan variado, sin mencionar a los villanos, cónyuges y ciudadanos de Derry, todo se siente como acelerado en pos de darle su merecido al malo antes de que expiren las tres horas que dura la película. Incluso muchas escenas se sienten como desvíos modulares de un inevitable y climático regreso a las alcantarillas. Allí, el ingenioso y psicodélico final del libro de Stephen King (que no voy a delatar) se reduce a una serie de escenas de acción y gritos. Pero no es una falla del material escrito, sino de la capacidad (o incapacidad) del director para equilibrar los giros y vueltas de este paseo salvaje y finalmente hueco.

Cuidado: los primeros minutos de la película presentan algunas de las imágenes más alarmantes y chocantes de una película de terror convencional. Una brutal paliza homofóbica, violencia doméstica que revuelve el estómago, niños en peligro (y pedazos de ellos) y otros traumas simulados forman parte de la lista del director para ponernos al límite y mostrarnos de lo que es capaz. Todo está inmaculadamente filmado y diseñado, pero a veces se siente barato y falla en honrar esas imágenes e ideas perturbadoras con algo que tenga sentido.

El humor juega un papel más importante en esta película que en la original. A menudo, lo terrorífico contrasta con lo absurdo, con una diferencia de milisegundos segundos, pero este efecto es más insensibilizador que liberador de presiones. ¿Qué es lo mejor que podemos ver después de observar a una niña triste y vulnerable morir en las fauces de Pennywise, el payaso que cambia de forma? Un video viral de un cachorro, por supuesto. Este es un truco que el director intenta varias veces, y que no funciona en ninguna de ellas.

CALIFICACIÓN: 6,5/10

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